EL OTRO CASTILLO (XXXVI)

Fue así cómo consiguió el puesto de mensajero. Regresó a casa muy entusiasmado, hasta diría que orgulloso. Bien es cierto que ha descuidado la zapatería, pero, ¿qué importa si eso se compara con un trabajo en el castillo y la posibilidad de relacionarse con gente influyente y ascender? Eso era lo que él pensaba. Pero no por una cuestión de ambición, no. Si usted llegara a sospechar tal cosa de Barnabas, sería muy injusto con él. Barnabas es la persona más inocente y delicada que pudiera conocer, como evidencia el aprecio que siente por usted. Si le importa ascender y codearse con poderosos no es por ambición, como le decía, sino por ayudar a la familia a salir de este aprieto. Y su felicidad al ver que sus esfuerzos van dando frutos nos llena de alegría a mi hermana y a mí; del mismo modo que nos produjo un gran dolor verlo llorar cuando usted le reprochó una supuesta negligencia que en realidad no lo era.

Por eso le digo que es usted muy injusto y muy ingrato, señor K. Primero lo fue conmigo, cuando me abandonó en la Posada de los Señores y me hizo regresar sola a casa. ¿Y todo por qué? Por esa camarera. Antes teníamos muy buena amistad con ella, como con el resto del pueblo, hasta que sucedió lo que mi hermana ya le ha contado; entonces cortó el trato con nosotros de la noche a la mañana y se sumó a la defenestración. Nunca creí que pudiera haber alguien así. El resto del pueblo nos ignora; ella nos odia. Ha sido una gran decepción. Es fría y calculadora; sólo piensa en su propio beneficio. Y pretende erigirse en paladín de no sé qué a nuestra costa.

-Señorita Olga, le ruego que tenga la bondad de no hablar así de mi prometida. Comprendo que obré mal, y le pido humildemente perdón por lo que hice, así como por el trato hacia su hermano. Pero Frieda es mi prometida. No acierto a comprender lo que pasó entre ustedes; sólo tengo sus versiones. Ustedes se han portado muy bien conmigo, pero Frieda es una mujer fabulosa, y nos vamos a casar.

Olga iba a decir algo cuando oyeron golpes en la puerta.

-Amalia, ¿tendría la bondad de abrir, por favor? Temo que mis ayudantes me estén buscando. No consigo deshacerme de ellos -dijo K.

-Buenas noches, ¿qué desea?

-Buenas noches. Soy uno de los ayudantes del señor agrimensor. ¿Se encuentra aquí por casualidad?

-No, caballero. Vino hace horas en busca de mi hermano, pero se fue enseguida.

-Comprendo. Por favor, si lo ve, ¿podría decirle que lo estoy buscando? Muchas gracias.

Tras decir aquellas palabras salió. Amalia cerró la puerta y relató el encuentro.

-¿Sólo había uno? ¡Qué raro! Ésos dos son como siameses; van juntos a todas partes. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que se ha hecho tardísimo; Frieda tiene que estar preocupada. Disculpen, pero, ¿no podrían dejarme una vara de mimbre o algo por el estilo? Cuando salga de su casa quiero tener algún arma para azotar a ese cretino.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

20/06/2021.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s