EL OTRO CASTILLO (XXXVII)

Olga le entregó el atizador del fuego.

-Gracias; esto me vendrá bien. ¿No hay una puerta trasera por donde pueda salir sin que ese idiota me vea? Preferiría sorprenderlo. Sería muy violento que me vieran salir.

Las dos mujeres lo guiaron hasta el jardín; K se encaramó a un muro y permaneció ahí unos minutos, oteando la calle en medio del frescor de la noche. El pueblo se hallaba envuelto en las tinieblas; tan sólo alcanzaban a distinguirse las siluetas de los edificios gracias a las tímidas luces de gas de los faroles que pendían de las paredes y la lumbre de una luna que aquella noche se presentaba en toda su majestuosidad. K alcanzó a divisar a un hombre que deambulaba con parsimonia por las calles. Desde lejos no lo distinguió. Suponía que era su ayudante, que lo buscaba con terca obsesión, aunque aquel hombre parecía más alto. Intrigado, dio un fuerte silbido; el otro alzó la mirada en su dirección y se le acercó. K saltó del muro a su encuentro.

-¿Quién eres?

-Soy Arthur. ¿No me reconoces?

-¿Arthur? ¿Mi ayudante? ¿Eres el mismo que ha estado a mi servicio en los últimos días? A fe mía que no te reconozco. ¿Y dónde está tu compañero?

-Jeremías ha ido al castillo a solicitar que lo releven del servicio. Está muy harto de ti; y yo también, francamente. ¡Es que no aguantas ni una broma! ¡La emprendiste a golpes con él y le hiciste mucho daño; y luego nos dejaste fuera del colegio; sin importarte que nos muriéramos de frío! ¿Y todo por qué? Porque dijimos la verdad. Tú, en cambio, estabas dispuesto a sacrificar a Frieda, a quien tanto dices amar, y a permitir que nos azotaran. Curioso el concepto que tienes del amor. Nosotros la conocemos desde niños. Poco después de que te fueras nos abrió y le ayudamos con la limpieza. Pasamos la tarde con ella mientras te esperaba, pero tú no llegabas; al final se desesperó. Le dije que saldría en tu busca; ella sabía que estarías aquí. Vine mientras Jeremías se encaminaba al castillo, pero yo también voy a solicitar el relevo.

-Creo que eres demasiado duro con tus palabras -respondió K, que se sentía intimidado por el tono enfurecido y por el discurso del otro. Había perdido la soberbia con que solía tratarle; ahora, en cambio, se mostraba mucho más conciliador-. En primer lugar, como ya le expliqué a Lassemann, en modo alguno sacrifiqué a Frieda; sabía que no tomaría represalias contra ella. En cuanto a mi actitud con vosotros, desde el primer díahabéis sido un incordio; no me dejábais ni un momento de intimidad con Frieda. Lo de aquella noche ya fue demasiado; Jeremías no tenía que haberse acostado junto a ella. A decir verdad, ésta es la primera vez en que te veo como una persona madura y sensata. En prueba de ello voy a romper esta vara de mimbre delante de ti; la había cogido para azotarte.

-¿Esperas que ese gesto me conmueva? ¿Que me ablande? Ya es tarde, agrimensor. Voy a solicitar el retiro.

-Yo de ti no iría tan deprisa. Aunque solicites el retiro, falta que te lo concedan, y no estoy seguro de que eso pase; ni siquiera creo que se lo hayan concedido a Jeremías, y menos en un plazo de tiempo tan corto.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23/06/2021.

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