EL NUEVO CASTILLO (XXXVIII)

Sin responder, Arthur le dio la espalda y emprendió el camino de la escuela. K sabía cuán importante era que lo alcanzara antes de que pudiera hablar con Frieda; que por lo menos se asiera de su brazo para que, ya ante su prometida, su palabra se impusiera a la de su ayudante; a la de ese ayudante que ahora se mostraba tan hostil y desafiante. Sin embargo, una vez más notó que le flaqueaban las fuerzas, que se le quebraban las piernas en la nieve; se desplazaba con movimientos lentos y torpes, mientras Arthur se alejaba veloz sin echar la mirada atrás.

Cuando, después de una hora de pesados andares, llegó a la escuela, Frieda estaba sola en el aula, con la lumbre apagada, envuelta por las mantas. K entró sigilosamente y se tendió a su lado, mas ella no dormía; sólo aguardaba su llegada con la complicidad de la oscuridad, para evitar que la abrazara y tener ella la iniciativa. En cuanto sintió que se había acostado, se levantó y prendió un fósforo en la lamparilla. La estancia quedó envuelta por una luz ocre; el rostro de Frieda, con las blancas mejillas marcadas por lágrimas secas y con los ojos cansados, aparecía enmarcada por un fondo que presagiaba la tragedia.

-Espero que lo hayas pasado bien con la Barnabas -dijo con voz acusadora, mientras clavaba en K una mirada de odio-.

-Frieda, por favor, ya sé lo que te habrá dicho ese malvado de Arthur. Pero no tengo nada con esa mujer. Fui allí sólo para ver a mi mensajero.

-Ya. Por eso has llegado a las dos de la madrugada -ahora su voz era cansada, desconsolada-. Mi madre tenía razón; sólo querías utilizarme. Me lo dijo desde el principio. Me dijo que lo que te importaba era llegar al castillo; que yo no era más que un instrumento para entablar contacto con Klamm, y que luego me abandonarías.

K intentó protestar, pero Frieda no dejó que interrumpiera su soliloquio. Con su voz decepcionada y lúgubre, con su aspecto de Sibila, continuó:

-Lo dejé todo por ti. Dejé a Klamm, dejé mi trabajo de camarera en la Posada de los Señores y te seguí hasta aquí, cuando mi madre me tenía reservada una buena habitación. En la Posada ya han encontrado otra camarera, una chica joven; se llama Pepi, es del servicio de habitaciones. Quién sabe si me devolverán el empleo si me presento ahora, después de cómo los dejé.

-¡Frieda, por favor! ¡Escúchame! ¡Arthur es un embaucador! ¡¿Cómo puedes creerle -exclamó K fuera de sí, tratando de romper el encantamiento de Frieda. Ésta, no obstante, mantenía el mismo tono cansado, a la par que seguro, con los ojos entrecerrados, impasible- !?:

-¿Embaucador? Hay que ser cínico para decir eso. Conozco a Arthur desde hace muchos años; él y Jeremías son grandes amigos míos. ¿Y pretendes que sea a ti a quien crea, después del comportamiento que has tenido esta tarde frente a Lassemann y después de lo que me has hecho esta noche con la Barnabas?

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

25/06/2021.

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