EL OTRO CASTILLO (XXXIX)

-¡¿A qué viene eso ahora!? ¡Creía que lo de Lassemann ya estaba zanjado! Lo estuvimos hablando esta tarde, derraste unas lágrimas y todo se aclaró. ¿Te acuerdas?

-Sí; lo recuerdo perfectamente. Pero lo que ocurrió esta tarde adquiere otro color visto a la luz de lo que has hecho esta noche. Lo corobora; me confirma que no eres el hombre que yo creía, que no me mereces.

-¡Frieda, cariño, por favor! ¡Te digo que no ha pasado nada con esa mujer!

-Déjalo, K; no insistas. Mañana me iré con mi madre. Todo esto ha sido un gran error.

A la mañana siguiente Frieda regresó a la Posada del Pueblo. Pese a ello, K no se resignó a su pérdida. No había dormido apenas; la tensión de la noche y el grave peligro en que se encontraba su relación le impidieron conciliar el sueño. Con las piernas cansadas y los párpados pesados siguió a su prometida, esperando que cambiara su fatal suerte. Sin embargo, apenas llegó a la Posada se encontró con el primer obstáculo cuando la posadera se le plantó en medio del camino:

-Sabía que esto pasaría. Se lo advertí a mi niña, pero la pobrecita no es más que una tonta romántica que se ha dejado embaucar por el primer forastero. Lo que de ninguna manera imaginé fue que la dejarías por la Barnabas; la peor humillación que podías causarle a mi pequeña niña. ¡Y pensar que te acogimos cuando llegaste! ¡Que mi esposo te permitió pasar la noche en la taberna!

Clamó la voluminosa mujer en tono patético. En sus palabras se mezclaban la lástima por aquélla a la que consideraba su hija y el desprecio por aquél a quien tenía delante, que la miraba entre intimidado por el fuerte carácter de la matriarca e indignado por aquel trato injusto. Ella, por su parte, lo contemplaba con el ceño fruncido, desafiante.

-¡Señora, usted es nuevamente injusta conmigo, para varias! ¡Siempre lo ha sido! ¡Habla sin saber! ¡Se deja llevar por habladurías que le convienen para confirmar los prejuicios que desde el primer día tiene contra mí! ¡Ahora viene Frieda a hablarle de una supuesta infidelidad y usted la cree! ¡Pero es que yo no he cometido ninguna infidelidad! ¡Ni la propia Frieda puede acusarme de eso, porque, aparte de que no he hecho nada de lo que se me acusa, es que no me ha visto! ¡Claro! ¡Era imposible que me viera hacer algo que no he hecho! ¡La pobre se desesperó por mi tardanza de anoche, porque fui a ver a mi mensajero, y sacó sus propias conclusiones; y después de enviar a buscarme a uno de mis ayudantes, éste le dijo aquellas calumnias, porque está resentido conmigo! ¡De manera que lo que Frieda tiene es información de segunda mano; y usted, de tercera! ¡Pero es que, además, yo a usted no tendría que darle ninguna explicación, porque esto es entre Frieda y yo, y usted no pinta nada!

-¡Pero serás insolente! ¡¿Quién te has creído que eres para hablarme así!? ¡Quiero a Frieda como si fuera mi propia hija; lo que le concierne a ella también me concierne a mí! ¡Y ese tono confirma que tengo razón! ¡¿Quién te has creído que eres para gritarme!?

-¡¿Y quién se ha creído usted que es para gritarme a mí y juzgarme sin saber!?

Ambos tenían el rostro enrojecido y bañado en sudor. Sus gritos habían llegado hasta el interior de la taberna. Frieda se unió a ellos.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

26/06/2021.

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