EL OTRO CASTILLO (XL)

-Madre, por favor, no le haga caso; no vale la pena que pierda los nervios. Usted regrese a la taberna, que los tiene a todos preocupados con sus gritos. Déjeme que yo me encargue.

Y entre nosotros no hay nada que hablar. No esperaba que me siguieras. Ahora márchate; no quiero montar un escándalo y tener que hacer que te echen a patadas. Vete con la Barnabas y con tu querido mensajero -dijo Frieda a K con una mirada de desprecio, con el ceño fruncido, después de que la posadera los dejara a solas.

-Pero Frieda, cariño, ¿por qué me tratas así? ¿Por qué no confías en mí? No me concedes la posibilidad de hablar, siquiera.

-Ya hemos hablado suficiente. Las palabras de anoche bastan. Ahora vete.

La voz de Frieda sonaba áspera; no parecía admitir réplica. K, paralizado,, parecía querer responder algo, pero sólo conseguía balbucear unos sonidos confusos cuando Arthur apareció al fondo de la escalera que comunicaba con la bodega.

-¿Frieda, puedes venir, por vavor? Me encuentro mal; creo que me ha subido la fiebre. ¡Ah, señor agrimensor! ¡Está usted ahí! Por favor, venga con nosotros y continúen la plática; yo no les molestaré. Me encuentro mal, ¿sabe? Enfermé cuando nos expulsó del aula y nos dejó en el patio en medio de todo el frío que hacía. Pero no se quede ahí y venga.

Frieda le lanzó una mirada prohibitiva y le dio la espalda para descender las escaleras en busca de aquél que ahora era su protegido. A K la aparición de su antiguo ayudante y su actitud le pillaron por sorpresa, y no supo reaccionar. Aquél que hacía apenas unas pocas horas se le había mostrado osco y desafiante ahora, sin embargo, adquiría una aactitud humilde y respetuosa ante aquélla que hacía menos de un día había sido su prometida. Era un comportamiento perverso, que pretendía dejarlo como a un ser inocente maltratado por un déspota. ¿No le había tuteado? Pero ahora retomaba el trato de usted, sumiso, bondadoso. Si, pese a todo, K hubiera insistido en que también él se encontraba mal, en que también a él le dolía la cabeza, Frieda habría cedido y le habría permitido acompañarla a la bodega; pero ése no era su carácter. K era directo; nunca había sabido mentir ni tener una actitud cínica; y sabía que ésa era su debilidad.

Salió de la Posada sin una idea cabal de adónde dirigirse cuando se encontró con Barnabas. Lo vio acercarse presuroso, mientras él mismo no sabía cómo tomarse la aparición de su mensajero precisamente en aquel instante y en aquel lugar, después de que su casa fuera de alguna manera culpable de la ruptura de su relación. Pero no quería ser injusto con el muchacho. Sabía que era inocente, igual que sus hermanas; y éstas, además, le habían informado acerca de la extrema sensibilidad del joven. El chamaco, sudado y jadeante por la carrera, se plantó frente a él.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

30/06/2021.

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