MIS PEQUEÑAS INGENUIDADES

Escrito para el grupo Nada nos detiene, presentado a la página Escritura semanal. Sexta consigna, tercera opción: Todas las personas que no voy a ser:

Creo que de niño me entusiasmó la idea de ser periodista; ganarme la vida a la par que recorría el mundo. O tal vez no; tal vez sea una distorsión de la memoria que me hace retrotraer mis deseos de la adolescencia a una etapa anterior de mi vida, excesivamente precoz. Pues durante la adolescencia yo,, como la mayoría, era muy idealista y un soñador romántico. Estaba convencido de que me convertiría en un periodista de éxito, de gran fama; que viajaría por los cinco Continentes y aprendería mucho sobre los más diversos temas; y, además, que participaría de ese cuarto poder que es el que controla y difunde la información. ¡Qué ingenuo que fui! Primero me llevé el desengaño de comprobar que mi media, escandalosamente baja, me cerraba las puertas de mi soñada carrera. Y años después, ya con una dosis mayor de cordura y de sensatez, entendí que el periodismo, lejos de ser un cuarto poder y ejercer su labor de manera independiente, recibía muchas presiones y no se había convertido más que en la puta de los gobiernos.

Lo que sí recuerdo claramente como un deseo de la infancia era dedicarme a la docencia, como mi padre; y, más concretamente, a la filosofía, como él. Mi pueril enteendimiento no sabía lo que quería; ignoraba qué era eso. Sólo sabía que la persona a la que más adoraba, aquélla que era el centro de mii vida, se dedicaba a enseñar filosofía; y yo quería emularlo. A veces veía a mi hermano mayor hacerle preguntas sobre Kant, sobre Nietzsche y sobre otros. Yo no sabía quiénes eran ésos, pero veía el apasionamiento con que le respondía mi padre y la relación tan íntima que se establecía entre ambos, y no me cabía la menor duda de que debía dedicarme a eso. No importaba que no comprendiera nada; sólo tenía diez años. Tenía tiempo sobrado para aprender lo que entonces se me escapaba. Y para comprender que no entendía nada. Eso sí: mi padre no ha dejado de ser el centro de mi vida.

Cuando accedí a la Universidad cambió mi horizonte de expectativas. Como estudiante de filología clásica, entonces pensaba que podría ser docente de latín y de griego y realizar el gran sueño de mi padre, que disfrutaba con estas lenguas como si descifrara jeroglíficos, pero que no había podido estudiar la carrera porque dicha materia no estaba en su ciudad cuando era joven, y la escasez de recursos le impedía mudarse. Pero también ese sueño se me escapó. Si yo compartía con mi padre la pasión por la cultura y las civilizaciones antiguas, carecía en cambio de su habilidad para dominar la sintaxis. De todos mis fracasos, ése fue el que más me dolió.

Y mi anhelo más reciente, surgido apenas terminé la Universidad, fue convertirme en escritor, publicar libros y obtener reconocimiento.. ¡Cuánta vanidad por mi parte! ¡Y qué inmaduro por aspirar a tales cosas con esos años! Tuve que esperar unos cuantos años más para despertar y darme cuenta de que carecía de la fuerza y del talante para trazar bellas historias.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

01/07/20021.

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