UN MISERABLE

Escrito para el grupo Escritura semanal, del equipo Nada nos detiene. Novena consigna, segunda opción: Mi estrato social:

Me siento incapaz de ubicarme en ningún aspecto. No sé si ello se deba a mi depresión, que me hace sentirme extraño en todas partes, como una pieza equivocada de un rompecabezas que no encaja por más vueltas que se le den, por más golpes que reciba por tratar de acoplarla.

Económicamente no puedo decir que viva deprimido; no soy pobre. Aunque mi situación tampoco es boyante. Creo que soy lo que normalmente se conoce como clase media, esa especie de cajón de sastre donde se agrupan personas muy diferentes que desempeñan los más diversos oficios y ganan lo suficiente como para tener una vida desahogada. Es gente que vive con ilusiones fatuas; que derrocha sus ingresos de manera estúpida, pues se deja llevar fácilmente por las modas y los medios de propaganda de una manera acrítica. Viven con ilusión de ser clase acomodada, sin darse cuenta de que están más próximos a caer en la miseria. Aspiran a codearse con los poderosos y su vanidad los ciega.

No. Aunque mi situación económica sea ésa, no puedo considerarme parte de esa chusma que a diario se embriaga frente a un televisor y grita mientras ve un partido de balompié; ni de esos idiotas que a falta de luces presumen de músculos o de un patinete; o de esos cretinos que se pasan el día frente a la pantalla del móvil mientras ignoran a quienes están a su lado y ríen con carcajadas estertóreas y dementes por las mayores sandeces.

Por suerte tampoco pertenezco a la clase baja, ésa que tiene verdaderos problemas para pagar los recibos y para comer. Pese a todo, soy consciente de que el día menos pensado podría caerme de la barra por la que camino y pasar a engrosar las filas de los desarraigados, de los miserables.

Pero tampoco pertenezco a los adinerados. Como ya he dicho, soy clase media, pero me siento muy distinto de los míos. Por tener ciertas luces me siento emparentado con la clase elevada. ¿Es esto soberbia? Probablemente. Pero… ¿Acaso no tengo motivos para ser soberbio? Quisiera que aquéllos con los que comparto clase tuvieran un poco de juicio, en vez de dejarse llevar, y que lo cuestionaran todo; y para eso quisiera que leyeran más, en vez de relacionarse con una máquina que, aunque estúpida, es más inteligente que ellos.

Sin embargo, si intelectualmente tengo la soberbia de considerarme de clase elevada, por ideales nunca podría considerarme como ellos; esa idea me repugna. Esa gentuza sin escrúpulos es impresentable. Basta pasar por delante de una mujer enjoyada, que alza la cabeza con prepotencia y desprecio al cruzarse con personas que por su atuendo demuestran tener un menor poder adquisitivo, para que la sensación de asco que ello me produce me supere.

Visto así, ideológicamente me siento más próximo a los desarraigados. Yo tengo un techo, pero no tengo una clase. A decir verdaad, no tengo nada. Soy un miserable.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

07/07/2021.

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