HO CHAO

Texto para el grupo Escritura semanal, del eqquipo Nada nos detiene. Consigna: El chino de mi barrio:

«Te engañan como a un chino». Cuántas veces hemos oído decir esa expresión. En mi infancia se convirtió en motivo de mofa; el pobre chinito como un tipo ingenuo a quien se le podía tomar el pelocomo a un giri le clavan casi mil pesetas por una tapa y una caña, del mismo modo que hace dos mil años clavaron a aquel energúmeno que se paseaba por Jerusalén con aires revolucionarios y que ambicionaba convertirse en rey de los judíos. «Engañar a un chino». ¡Qué obsoleto que se ha quedado ese cliché!

Cuando el señor Ho llegó a nuestro pueblo con su figura oronda y bonachona, con sus ojos rasgados, que le restaban expresividad, todos nos sentimos seducidos por aquel espécimen de lo que conocíamos como «raza amarilla», una raza muy laboriosa, llegada de muy lejos, allende los mares; lo considerábamos un animal exótico, como un canguro o un perezoso. Lo mirábamos a distancia, con curiosidad; algunos de forma descarada, y no sólo los niños. Pero a él no le importaba. Siempre sonreía con una aparente ingenuidad que nos transmitía confianza.

La tienda de ropa que había en mi barrio había cerrado hacía tres meses. Quién lo iba a decir. «Almacenes Lucía» había sido una tienda muy respetada; ahí nos habían comprado la ropa nuestros padres cuando éramos pequeños; y ahí había seguido yendo a comprar por una mezcla de costumbre y nostalgia. Creo que algo de nosotros murió con aquel inesperado cierre. Pero ahora, tres meses después del fatídico suceso, nos enteramos de que alguien les había comprado el local a los hijos de la difunta modista; y ese alguien no era otro que el señor Ho. Durante semanas vimos decenas de operarios entrar y salir de aquel lugar para adaptarlo al nuevo negocio que al parecer iba a abrir el nuevo propietario. Según algunos, se trataría de una tienda de souvenires, donde, aparte de nuestros símbolos nacionales, figurarían los chinos como tierra hermanada.

Todos cambiamos de opinión y nos sentimos entusiasmados cuando los operarios emplazaron aquellos dos dragones rojos eesculpidos en piedra maciza, custodiando las puertas de lo que ya se anunciaba como «Restaurante Ho Chao». La forma de arriba había adquirido tintes sinuosos y ondulantes, y el local era decorado con los colores rojo y verde, con motivos orientales. Unos pocos interpretaron aquello como una ofensa; como una afrenta a la memoria de la difunta señora Luisa y como un desafío a nuestras propias tradiciones. Sin embargo, la mayoría nos adaptamos; vimos aquello como el curso natural de la vida. Además: se trataba de una cultura nueva, que por fin había llegado a nuestro pueblo, y lo había hecho de la mano del bondadoso señor Ho. El día de la inauguración, hasta los detractores acudieron. Y todos sucumbimos cuando vimos aquel precio tan suculento: bufet libre por mil pesetas.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/07/2021.

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