HO CHAO (V)

El testimonio de los niños los dejó a todos horrorrizados. No cabía dudar de los chamacos; las caras de los chinos, esas caras tan imperturbables e inexpresivas, de repente se habían hecho clarividentes; el nerviosismo de los Chao delató su cuulpabilidad. Acuciados por la rabia, los comensales que habían conseguido mantener la serenidad y no habían perdido la compostura se dejaron llevar por un sentimiento de venganza. No hizo falta mediar palabras para que actuaran como un solo cuerpo. Nadie quería saber nada de las autoridades; el procedimiento era demasiado lento. Desde que se ponía la denuncia hasta que se celebraba el procedimiento y salía la sentencia, los chinos podrían desaparecer; y la sentencia, por muy dura que fuera, sólo les obligaría a pagar una elevada suma y, como mucho, a pasar unos pocos años en la cárcel, que con buena conducta se reducirían a unos meses. Eso era una burla, un insulto. Nadie estaba dispuesto a tolerar eso.

Hubo un momento en que alguien, sin apartar la mirada de los Chao, llevó la mano a la mesa y agarró un cuchillo. Aquélla era la sseñal. Todos tenían clavadas las sangrantes pupilas en los chinos, pero identificaron el gesto y lo imitaron. Los Chao, que temieron por sus vidas, retrocedieron con pasos lentos, sin apartar la mirada de sus atacantes, hasta meterse en el interior. En la cocina podrían apostar una brava defensa, amparados por grandes cuchillos y por por toda clase de utensilios que podrían emplearse como armas. Algunos de los clientes salieron del establecimiento y lo rodearon, con la idea de cortarles la fuga por la puerta trasera. Pero la opción de sitiarlos era impensable. Aquello no era una guerra convencional; los Chao pedirían ayuda y las propias autoridades intervendrían para sacarlos de aquel encierro. Se imponía la necesidad de actuar rápido.

Entonces fue cuándo alguien cogió una de las bandejas de comida y la vertió frente al mostrador, junto a la puerta que daba a la cocina. Muchos siguieron su ejemplo. En cuestión de unos pocos minutos, toda la comida yacía esparcida por el suelo; y, lo más importante, el aceite impregnaba el piso y se introducía en la sala donde permanecían resguardados los Chao. Entonces los comensales retrocedieron hasta la puerta sin apartar la mirada de la cocina. Desde la entrada, cuando tuvieron la seguridad de que todos los suyos habían salido del restaurante, alguien prendió una cerilla y la dejó caer con gesto displicente. A partir de ahí no quedaba más que esperar a que el fuego se propagara.

En cuestión de unos minutos, cuando la vorágine de las llamas abrasaba el establecimiento, antes de que el cuerpo de bomberos pudiera hacer nada por aplacar el incendio, antes de que la propia policía llegara, los chinos salieron corriendo por la puerta trasera. Huían de una muerte para encontrarse con otra. Ahí estaban los nuestros armados con sus cuchillos. Ése fue el final de los Chao.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/07/2021.

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