FALSO POSITIVO (II)

Cuando yo nací, la dictadura se había suavizado un poco. Sus medidas habían llegado a poner en peligro los niveles de población; no sólo por la cantidad de gente que moría ejecutada por el color de su cabello o por no ser hábil con la diestra; o como consecuencia de esos tratamientos a que los sometían. Es que, además, muchas parejas renunciaban a tener hijos ante la mera posibilidad de que nacieran defectuosos, como los calificaba el régimen, y tener que pasar por el duro trance de ver cómo los propios médicos se apropiaban de la criatura para entregarla a las fuerzas de seguridad para su eliminación.

La actitud de los jóvenes puso en jaque a la dictadura, que vio descender abruptamente la curva de nacimientos y escasear la mano de obra. Al principio se trató de forzar a las personas a que trabajaran más; cuando sus cuerpos ya no respondieron, se presionó a los jóvenes para que tuvieran descendencia. Pero los jóvenes, extenuados psicológicamente por el régimen opresor, no podían ceder; se les agotaban las ganas de vivir. Entonces el gobierno comprendió que no le quedaba más remedio que suspender las penas de muerte y abolir los tratamientos químicos. Por otra parte, sería más útil emplear a los pelirrojos y a los zurdos como población de segunda, como mano de obra barata. Se les cerraba el acceso a los estudios superiores; para ellos reservaban los trabajos más duros y los peor pagados.

Pese a todo, mis padres fueron muy cautos. Nunca revelaron el embarazo; y cuando ya no había manera de ocultarlo, mi madre dejó el trabajo y se mudaron de pueblo. Y ahí, en un pueblo rústico y despoblado, nací en una casa grande, aunque un tanto vieja, pero coqueta y romántica. Mi madre pasó meses encerrada; nadie en el pueblo sabía siquiera de su existencia. Y ahí, en medio de la más absoluta soledad, sin un médico siquiera, tan sólo asistida por mi padre, dio a luz. Pero no pudo soportar el parto en tales condiciones; murió entre fuertes dolores, según supe.

Mi padre sorteó la situación lo mejor que pudo. En un pueblo tan pequeño hacía lo posible por mantener mi existencia en secreto; me dejaba en el desván, donde los lloros quedaban amortiguados por los gruesos muros; iba hasta el pueblo vecino a comprar pañales y ropa, y me daba leche y papilla. Lo más complicado fue deshacerse del cuerpo de mi madre. Aquello debió de ser una gran prueba física y emocional; y cuanto más lo pienso, más lo admiro por cómo se expuso a ser ejecutado por aquel doble crimen: supuestamente, por matar a su esposa y tratar de darle sepultura; y después, por tener una hija a escondidas.

Una noche mi padre cargó en el maletero del coche el cadáver de su esposa y salió hasta un campo lo más alejado posible. Estuvo cavando durante meedia hora, según me dijo; luego vació una botella de ácido y volvió a tapar el agujero antes de regresar a casa en el más absoluto silencio.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

27/07/2021.

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