UNA GANGA

*Primer escrito para el quinto mundial de escritura. Consigna: una casa encantada.

UNA GANGA
-Ciento cincuenta mil pesos por una casa rural de mil metros cuadrados. No me pueden negar que es una ganga.
-Lo más seguro es que no tenga techo y esté toda para reformar; eso a lo mejor te supondría el doble.
-No lo creo; en las fotos se ve en perfecto estado.
-Chicos: les presento a Raúl, el único pendejo que confía en las fotos que cuelgan las inmobiliarias. Esa casa lleva años anunciada. ¿No se te ha ocurrido pensar que cuando nadie la compra será porque ha de tener algún defecto? Nadie regala nada.
-Eso ya lo sé, Carlos; pero no me digas que a ti no te pica la curiosidad. ¿De verdad no sientes el menor interés? Precisamente el hecho de que nadie se haya decidido a comprarla todavía la hace más atractiva. Claro que nadie regala nada; eso no necesito que me lo digas. Pero una casa rural perdida en el bosque, con esas dimensiones y por ese precio, es un misterio que sólo por eso vale la pena desentrañar. Porque, díganme ustedes, ¿no les parece idílico este lugar? ¿Se imaginan lo que tiene que ser vivir acá, pasar las noches tumbados en medio del bosque, contemplar las estrellas en un cielo despejado, alejados de todo el ruido y de toda la contaminación de la ciudad, sin esos vecinos que se la pasan gritando y con la música a todo volumen?
-Sin contaminación, sin hospitales. Sería maravilloso tener una urgencia y no tener más remedio que bajar el monte a la carrerra.
¡Vamos, Carla! ¡No chingues! ¡¿Tú también? Eso sí que no me lo esperaba. ¡Con lo romántica que eres! A ti te encanta el campo. ¡¿Cuántas veces me has dicho lo romántico que sería hacer el amor en un bosque, en medio de la naturaleza!? Siempre me decías que eso sería muy bello; que sería como volver a los orígenes, a nuestras pasiones más viscerales; que hacerlo en medio de la naturaleza era una idea que te excitaba mucho.
-¿En qué momento te he dado permiso para divulgar mis fantasías sexuales?
-¿No me irás a decir que te molesta que lo haya comentado? Al fin y al cabo, entre nosotros cuatro no hay secretos, y menos de ese tipo. No creas que lo que he dicho se lo comento a cualquiera. Lo he dicho aquí porque hay confianza. Hay momentos en que temo ser el único que se abre y va directo al grano, sin exclusas, como diría Benedetti.
-¡Oye! ¡¿Qué carajos estás diciendo!? ¡¿A qué viene eso ahora!?
-Cariño, no te pongas así; no hace falta hacer dramas. Es sólo que desde el primer día sabes lo que siento por ti; y con ustedes dos también he hablado. Me callo cosas por respeto a todo el mundo, ustedes incluidos; lo saben muy bien. Por eso digo que creo que soy el único que no tiene pelos en la lengua. ¿Por qué no puedo decir abiertamente que me muero de ganas por hacer el amor con mi novia en medio de este bosque, y que me gustaría tenerlos a ustedes dos como espectadores y testigos de nuestra pasión?
-¡Raúl!
-¿Pero qué dije ahora? Ese mismo pensamiento me lo expresaste tú hace meses; la única diferencia es que yo se lo he comunicado a nuestros amigos.
-La verdad es que la idea tiene su morbo. De hecho, creo que si no aceptas estoy dispuesta a ocupar tu lugar.
-¡Laura! ¡¿Tu quoque, filia mihi!?
-Cariño, cálmate; estás muy tensa. Ya ves que entre nosotros el sentimiento es muy profundo; y que con nuestros amigos hay algo más que una buena amistad. Tienes que relajarte; y yo tengo el remedio que necesitas.
Con la zurda le apartó unos mechones rebeldes que le cruzaban la cara y posó sus labios en los de ella mientras ambos cerraban los ojos. Ella, anulada por el tono sensual que empleaba él, con su voz dulce, se dejaba llevar, entregada a un deseo que había mantenido oculto durante mucho tiempo, pero que ahora se desataba, primero con timidez, a la par que él le acariciaba con la diestra la correspondiente nalga y luego empezaba a desabrocharle la blusa; después, con un respirar cada vez más agitado, con una pasión más arrebatadora. Los amigos, que asistían gozosos a aquella escena inesperada, se sentaron en el suelo para contemplar el espectáculo que les brindaban los otros mientras se cruzaban miradas de complicidad, ansiando unirse al desenfreno.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

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