EL DÍA DE PHIL CONNORS

*Relato presentado al Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene. Cuarta consigna: alguien está aburrido hasta que algo cambia su suerte:

Tanto tiempo deseando unas vacaciones, y ahora los días se le antojaban terriblemente tediosos. El ser humano es un ser contradictorio en sí mismo; y lo peor de todo es que su disconformidad lo incapacita para ser feliz. A decir verdad, ello no era más que una reacción inconsciente, una racionalización para excusar nuestra propia impotencia, nuestra propia incapacidad de sentirnos plenos.
Siempre se quejaba del poco tiempo que le dejaba libre el trabajo; de los nervios por llegar puntual a la oficina, del agobio del papeleo, de los chistes malos de Carlos, de la risa escandalosa de Juliana, que de repente lo sacaba de sus pensamientos y lo desconcentraba. Todos los días tenía que llamarle la atención a Santiago por fumar en el edificio.
Siempre había sido el bicho raro. Lo fue durante su infancia, cuando su tímidez enfermiza le impedía relacionarse con los demás niños, y lo era ahora de adulto, cuando apenas toleraba intercambiar un saludo cordial con los compañeros del bufet; no se sentía a gusto con ellos; se sabía diferente. En ese aspecto, al menos, el frenético ritmo de trabajo le ofrecía una excusa perfecta para rechazar acudir a las cenas de empresa.
Llegaba a casa nervioso y cansado; sacaba de la nevera algún preparado, cenaba mientras escuchaba un poco de jazz y después leía durante una hora unas páginas del libro que tenía sobre la mesita de noche, hasta que sentía que los párpados le pesaban.
Cuántas cosas habría hecho de haber tenido tiempo, de no haber sido esclaavo de un trabajo que aborrecía. Podía haber viajado; habría ido a todos esos lugares que ansiaba conocer; a esos lugares que había descubierto en las películas y en las novelas latinoamericanas. Buenos Aires, Montevideo, Veracruz… México le seducía. Conocer la tierra de Fuentes, de Cortázar, Díaz Mirón… Todo aquello se le presentaba como un paraje idílico y romántico lleno de historia.
Pero no. Cuando le dieron vacaciones mantuvo un tren de vida insulso. Se acostaba tarde, después de haber visto cualquier bodrio que echaran por la televisión y de haberse enjuagado la mente con dos horas de lectura. Se levantaba a mediodía, con desidia; se servía café y acto seguido volvía a echarse en la cama, sin ganas de salir hasta que bajara el sol y el calor fuera un poco menos asfixiante. Cuánto echaba de menos los días de oficina; esos días en que sus compañeros lo alteraban con su sola presencia y se sentía presionado por los clientes que acudían en pos de un pleito, a menudo por las razones más absurdas. ‘A ustedes lo que les hace falta es un par de hostias y un buen polvo. Si quieren, las hostias se las pego yo; el polvo se lo pagan ustedes’, se decía cuando le acudían con pavadas. Pensaba en aquello y se decía que semejantes palabras también eran aplicables a él mismo. Sólo que por el momento no tenía a nadie que le pegara las hostias. En cuanto al polvo, nunca había sido partidario de pagar por sexo; le parecía algo denigrante, tanto para la mujer como para el cliente.
Y México seguía esperando. Pero eran muchas horas de vuelo; medio día. ¿Soportaría un vuelo tan largo? Sería agotador. Y no conocía a nadie allá; estaría completamente perdido. ¿Y si lo secuestraban? Los secuestradores primero se encabronarían por ver que habían raptado a un pobre desgraciado cuya vida no importaba a nadie y por quien nadie pagaría ni un solo peso, y luego se retorcerían de risa antes de coserle en cuerpo a balazos.
Al caer la noche salía a dar un paseo por el casco antiguo de la ciudad, siempre buscando la soledad, el silencio y la oscuridad, el ambiente perfecto para su alma taciturna, para recogerse en sus reflexiones, huyeundo de las multitudes. Sabía que al día siguiente todo sería igual, sin cambios aparentes. De niño había visto una película de Bill Murray con esa temática. Le encantaba ese actor. Lo que no esperaba era llegar a desempeñar ese papel. Puestos a interpretar uno, prefería ser el cazafantasmas romántico Peter Venkman, antes que el recluso Phil Connors.
Aquella noche, no obstante, algo cambió. La soledad de su paseo se interrumpió cuando se cruzó con Rebeca, una de las pocas personas a quienes consideraba dignas. Era una compañera del instituto con la que ni siquiera había tenido trato en su día, y que por ello se le revelaba con un halo de misterio que la hacía encantadora. Nunca se había atrevido a dirigirle la palabra; lo paralizaba la actitud de ella, que frente al griterío de los otros chicos se mostraba serena, seria, con un porte majestuoso que imponía respeto. En clase la veía siempre sentada en primera fila, con su larga cabellera que le caía en graciosos bucles sobre la espalda. Él se sentaba dos filas más atrás sólo para contemplarla con calma; aunque en varias ocasiones ello le conllevó una distracción y en otras tuvo que dar un giro inesperado cuando ella se giraba con algún motivo.
Cuando empezó la Universidad se enteró de que ella se había ido a Alemania a buscarse un futuro prometedor. No le extrañó. Sabía que esa chamaca llegaría lejos.
Ahora, sin embargo, se la cruzaba en medio de aquella noche solitaria. Para mayor sorpresa, ella se le acercó. El despertador dejaría de sonar a las seis de la mañana con esa música pegadiza y estúpida.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

19/08/2021.

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