UN PASO INFRANQUEABLE

*Relato presentado al quinto Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene. Quinta consigna: un personaje lleva a cabo algo que nunca hubiera creído poder realizar:

Siempre se había tenido como una persona de altas miras; se consideraba a sí mismo como un ser dotado de un talento excepcional, que, si no había llegado más lejos, había sido por la envidia de otros, por la mala fortuna del destino y por el odio visceral que le dispensaban todos los dioses, que con toda seguridad habían aparcado sus diferencias con el único fin de frenar sus aspiraciones y hundirlo en el más insondable de los abismos. Esta idea le llenaba de gozo; se reconfortaba al pensar que si no había conseguido sus objetivos había sido simplemente por el rencor con que lo miraban seres superiores, los únicos que podían hacerle frente. En cuanto a los hombres, los despreciaba como seres inferiores con los cuales se veía obligado a convivir por el designio de los hados; sabía que su lugar en realidad debía hallarse entre los inmortales.
Quizá fuera debido a una actitud sobreprotectora por parte de sus padres; quizá debían haberle impulsado más a relacionarse con los demás chamacos de la escuela, en vez de tenerlo encerrado en casa por temor a que recibiera algún golpe o sufriera algún accidente. Aquella sobreprotección le hizo considerarse un elegido; y todo lo que había afuera, un peligro. Empleaba el tiempo en leer los libros de la biblioteca paterna. Cuando se veía forzado a asistir a escuela, lo hacía a regañadientes; eludía el contacto con los compañeros, que a su vez lo marginaron y se mofaron de él.
La situación se agravó cuando empezó la secundaria. Los padres, ajenos a lo que ocurría, veían con agrado la férrea disciplina del hijo; cómo se sentaba a la mesa con una gélida mirada después de regresar del instituto y cómo tan pronto terminaba se encerraba en su dormitorio. Ni siquiera notaron nada diferente aquella tarde que volvió despeinado y con la camisa sucia; había tenido una pelea. En el patio un chico se le había acercado para recriminarle su actitud solitaria y su mirada adusta; y él, impertérita y adusta mirada, le respondió: «He leído a Cervantes, a Dostoievski, a Balzac, a Proust y a Nietzsche. ¿Acaso sabes quiénes fueron?». El otro entendió que aquello era una invitación tácita a que le partiera la cara; y, generoso, se prestó a cumplir sus deseos.
Sin embargo, a pesar de que el paso de los años había contribuido a reforzar su ego, la adolescencia llegó para entablarle el primer gran conflicto de su existencia. Por primera vez sintió que no se bastaba a sí mismo; que las hormonas le jugaban malas pasadas y que sentía una irrefrenable atracción por las mujeres. Comprendió que se enfrentaba a un gran dilema. Debía renunciar a su soberbia; o, al menos, aprender a dominarla. ¿Qué mujer toleraría ese tono, ese carácter? Por otra parte, aquello le supuso una profunda crisis existencial; se dio cuenta de que todo su esquema de valores, todo en cuanto había creído, comenzando por sí mismo, se venía abajo; que nada de cuanto había gozado tenía sentido por sí mismo si le conllevaba aquella soledad que de repente se le antojaba inaguantable; si seguía sin conocer el amor, el placer sexual.
Tardó unos años en reponerse de aquella crisis, mas para el último año ya lo había conseguido, merced a la ciclópea fuerza de voluntad que le otorgaban las hormonas. Los padres, que antaño veían complacidos su disciplina e ignoraban las manchas de tierra y los rasguños tras una pelea, ahora observaban horrorizados que su hijo regresaba apestando a alcohol y a tabaco; y que varias noches, además, ni siquiera dormía en casa. Una mañana su madre dio un grito de espanto cuando, mientras limpiaba la habitación del hijo, encontró en la mesita de noche una caja de preservativos. Su bebé, el que siempre comía de su pecho, ahora bebía de otros senos.
Fue en una de aquellas noches de desenfreno cuando conoció a una mujer muy hermosa; una mujer que con sus lindos ojos verdes y con su radiante sonrisa pronto lo hechizó. Había algo en ella que lo paralizaba; algo que le decía que la dulzura con la que le hablaba era sincera. Con la inexperiencia y con la pasión de un adolescente se dijo que esa mujer sería para él; que haría lo que ella quisiera.
Llevaban dos horas sentados en la mesa de aquel local, mirándose fijamente y platicando mientras el alcohol corría por sus venas. Él se sentía embriagado, pero no tanto por las cervezas como por la risa enloquecedora de ella. Sabía que eso eran los prolegómenos de una noche vibrante; una noche en que conocería cada rincón del cuerpo de ella; y que ése sería el principio de una nueva vida. Ella había acabado de serenarse después de una larga carcajada cuando, con un tono dulce y con los ojos entrecerrados, mientras se llevaba una mano a la cabeza para apartarse un mechón rebelde, le preguntó:
-¿Has leído a Coelho?

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

20/08/2021.

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