MOMENTOS ESTELARES

*Escrito presentado al quinto Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene. Sexta consigna: buscar la pequeñez de lo bello dentro de los grandes horrores.

Era tan difícil encontrar gente con la que se sintiera unido, personas que realmente valieran la pena a su juicio… Cuando tomaba el metro sentía aquella sensación de hastío; una sensación que era mayor cuanto más atestado estaba el subte. Aquellos jóvenes que subían al vagón o que sencillamente ya estaban dentro cuando él accedía le provocaban el más absoluto desprecio. Se trataba de jóvenes que se carcajeaban y platicaban a gritos, sin la menor consideración por los demás; jóvenes con la cabeza rapada que solían vestir sin camiseta para lucir sus bíceps y sus abdominales, orgullosos de sus cuerpos de efebos, con una gorra cuya visera apuntaba hacia la nuca, con un cigarrillo apagado que reposaba sobre una oreja, ansiosos por encenderlo y sumergirse en el mundo alucinógeno de la nicotina; jóvenes cuyas estridentes risas eran un fiel reflejo de su elevada estulticia; jóvenes que se refugiaban en medio de la pantalla del celular para ver imágenes y vídeos de un contenido más bien grotesco; jóvenes que escuchaban una música infernal y detestable a todo volúmen; jóvenes que eran incapaces de ceder su asiento a una persona anciana o minusválida. Sentía que el mundo estaba definitivamente perdido; que las nuevas generaciones, alienadas, eran incapaces de tener valores, de pensar por sí mismas; que todas eran víctimas fáciles de los medios, sin la menor capacidad crítica.
En medio de su soledad hallaba el placer entre sus libros, buceando en sus lecturas. Al caer la noche era cuando en mayor plenitud se sentía, rodeado por el silencio y la oscuridad, entregado por completo al libro que en ese instante tuviera entre las manos, sin ningún ruido que le molestara; sin ninguna imagen que le perturbara aquella paz.
Pero hasta que caía la noche había muchas horas francas; y entonces solía viajar en metro, siempre acompañado por un libro. La lectura era complicada en medio del general alboroto; era difícill concentrarse; a menudo tenía que leer los párrafos varias veces. Cuando por casualidad hallaba a alguien con un volumen, la imagen lo llenaba de gozo; pensaba que por fin había encontrado a un igual y se refugiaba a su lado, con el libro abierto de par en par. Era un consuelo comprobar que aún había personas con inquietudes intelectuales; bichos raros como él en un mundo de ignorantes que ni sabían escribir una coordinada. Quizá no todo estuviera perdido; quizá aún quedaran unas pocas islitas para resguardarse de tanta estupidez; unos cuantos fueguitos, como diría Galeano.
En sus paseos buscaba los lugares retirado;, a menudo jardines, zonas arboladas, donde se pudiera sentir compenetrado con la naturaleza, respirar el aire puro. Se le dibujaba una sonrisa en los labios tan sólo al observar la alegría de un perro cuando corría para cazar una pelota, o cuando con toda espontaneidad se le plantaba encima y empezaba a lamerle las manos sin siquiera conocerlo; era una explosión de bondad y de ternura muy bella. Recientemente había aprendido a apreciar a los gatos, que con su independencia también le manifestaba cariño; como esa gata doméstica que había conocido tiempo atrás, que cuando lo veía salía a su encuentro y restregaba su cuerpo contra las piernas de él con un dulce ronroneo de placer. Otra imagen que lo embriagaba era el cariño que manifestaban los padres por sus hijos; como aquella madre que estaba sentada en el metro junto a su hija, aguardando el transbordo. El parentesco era obvio; ambas de un rubio intenso, ambas con la misma sonrisa preciosa. La madre la miraba y le hablaba con dulces palabras, invitándola a subir al vagón del tren que venía como una gran aventura; y la niña asentía con la cabeza. Esas muestras de cariño eran muy hermosas. Como la niña que paseaba cogida de la mano de su madre y cuando lo vio, sin conocerlo, le saludó con su bella y cándida sonrisa y con su voz angelical. Contagiado por la ternura de la criatura, él le devolvió la sonrisa y el saludo con la voz aflautada, como la de ella; y la madre, divertida por el gesto espontáneo de su hija y por la reacción del desconocido, rió. Sólo el cariño de los padres puede producir hijos tan excepcionales.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23/08/2021.

2 comentarios en “MOMENTOS ESTELARES

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