SÓLO LA PUNTITA (II)

-¡¿no me vas a dejar en paz!? ¡¿Vas a seguir insistiendo con el tema!?

-¡Vamos, Adán! ¡¿Qué te cuesta!?

-¡Eva, por favor! ¡Padre nos vigila! Puede que nos haya expulsado de su lado, pero ya sabes que él lo ve todo.

-¿Y después de lo que nos ha hecho todavía te importa lo que opine ese viejo verde? Adán, deberías tener un poco más de personalidad y no dejar que los demás piensen por ti y te digan lo que tienes que hacer y lo que no. Por otra parte, el hecho de que el viejo nos observe me da morbo.

-¡Eva, por favor! ¡Un respeto! ¡Es mi padre! ¡Y también es el tuyo, por mal que te pese!

-Habla por ti, querido; yo no considero padre a alguien que me hace lo que me ha hecho él. Y tú tampoco deberías, si te tuvieses una mínima estima. ¿No te das cuenta de que te comportas como una marioneta en sus manos? ¿No te importa lo más mínimo lo que te haga? ¿Siempre vas a ser igual de sumiso?

-¿Y qué quieres? ¿Que pase a hacer lo que tú dices?

-¡No, cariño! ¡Quiero que pienses por ti mismo; que lo cuestiones todo! ¡Hazme caso si tengo razón e ignórame si crees que no la tengo! ¡Es así de simple!

-Creo que tienes razón.

-Así me gusta. Y ahora metemela y que nos vea ese viejo verde si quiere; eso me excita.

Aquella tarde Eva y Adán se unieron por primera vez; ella gritó de pasión, y sus aullidos de placer espantaron a las fieras salvajes que merodeaban por la zona. Él, por su parte, que al principio se había mostrado tan reacio, acabó gozando de las curvas y de las redondeces de ella; se sintió embriagado por sus gemidos de tigresa en celo y por sus gestos de placer. Ella disfrutaba con sus movimientos, con sus besos, con su lengua; su cuerpo vibraba y estimulaba un deseo que ardía en ambos. Desde entonces Adán ya no puso más reparos; comprendió cuán acertadas eran las palabras de Eva. Lo que no entendía era cómo podía haber pasado tanto tiempo sin conocer el sexo, sin penetrar en esa cueva sagrada, sin desentrañar ese oscuro secreto que ella tan celosamente guardaba.

Pero hubo un día en que Eva sintió que su cuerpo le pedía un descanso; que ya no era zanahoria lo que le pedia, ni leche condensada, sino una comida más consistente; y su cuerpo, hasta entonces ligero y esbelto, empezó a engordar. Adán, al principio tan reacio al sexo, ahora no comprendía los reparos de ella; se sentía despechado y frustrado. ¡Cuánta leche condensada perdida en medio de la vegetación! ¡Y lo peor era que había sido ella quien lo había incitado!

-¡No hay quien te entienda, la verdad! ¡Al principio no me dejabas en paz; me insistías en follar! ¡Y ahora que soy yo el que tiene ganas, me cierras las piernas! ¡Y cómo te has puesto! ¡No dejas de comer!

-¿Y qué quieres que le haga? ¡Tú también has cambiado! ¡¿Que no dejo de comer!? ¡¿Pero qué te has creído!? ¡¿Acaso te has visto!? ¡La barriga te cae por debajo de las canicas! ¡Tienes el ganso medio dormido! ¡Y eres incapaz de cazar más de lo que podría cazar una rata con el hocico atrofiado! ¡Así qea cállate y déjame que coma lo que me dé la gana! ¡Y cuida más a tu ganso! ¡La leche le sale cortada! ¡Y tú antes no querías saber nada de sexo!

-Ya, pero antes no sabía lo que me perdía; antes me bastaba conmigo mismo, Verte gozar conmigo, sentir mi cuerpo dentro del tuyo, verte sudar; que nuestros fluidos se mezclen… Todo eso es inmensamente mejor que un capricho manual de dos minutos. Y ahora, después de haberme hecho conocer algo ante lo cual el paraíso de padre se queda en una mierda de codorniz, me dejas a pan y agua.

-Pues lo siento mucho, pero de momento es lo que hay.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

07/09/2021.

2 comentarios en “SÓLO LA PUNTITA (II)

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