SÓLO LA PUNTITA (VIII)

-¡Vamos, Adán, cariño! ¡¿Qué te cuesta!?

-¡Me parece mentira que me pidas eso, Eva! ¡Soy tu marido! ¡¿Cómo me pides que coja también con otra!?

-¡¿Pero Adán, cariño, ¿no lo entiendes!? ¡Si en el fondo te encanta! ¡Tú mismo me lo has dicho! ¡¿O no eras tú el que se quejaba cuando dejamos de tener sexo!? ¡¿O no eras tú el que gemía de placer cuando me daba el vasito de leche de buenas noches!?

-¡Eso es distinto, Eva! ¡Una cosa es coger contigo, que es algo maravilloso! ¡Y otra cosa muy distinta que me pidas que lo haga con Lilith! ¡Esa mujer no está bien de la cabeza! ¡Además: es una loba insaciable!

-¿Y cómo puedes decir eso, si no te la has cogido ni una sola vez? ¿Acaso no se merece una oportunidad? ¿Y qué es eso de que no está bien de la cabeza? ¿No será más bien resentimiento viril, porque nunca pudiste domminarla y porque saliste espantado en busca de ese viejo asqueroso?

-¿Por qué quieres que lo haga?

-Porque creo que es una buena mujer; es muy agradable. Bien pensado, si no fuera por ella, yo no estaría aquí. Además: si gozas conmigo, imagínate con dos. Otro hombre en tu lugar se sentiría afortunado. Y ten en cuenta que yo no siempre puedo. Dime, cariño, ¿no crees que dos son mejores que una?

El tono exigente con que Eva había abordado el tema, combinado hábilmente con ruegos y mimos, y finalmente culminado con ese final tan sugerente, donde le auguraba a su esposo una fuente de placer incalculable, surgió su efecto. Aquella noche lo celebró con su esposo; y al día siguiente, Lilith, que durante tanto tiempo había perseguido a aquel hombre tan reacio y por cuyo rechazo llegó a considerarlo impotente, gozó finalmente del anhelado sueño y gimió con toda la pasión acumulada durante milenios. En lo sucesivo todo fue más fácil. Adán ya no ponía objeciones; las dos mujeres se alternaban todas las noches para yacer en el lecho con el hombre hasta que caían extenuados y saciados. Aquel ritmo lo mantuvieron durante semanas; hasta que una noche, cuando era el turno de Lilith, en pleno coito apareció Eva. Adán se sintió desconcertado, aunque sabía que no estaba haciendo nada malo; había sido ella quien había insistido. Él paró y la miró atónito.

-Sigue, cariño; sólo quiero mirar.

Dijo Eva con una sonrisa que acompañó con un tono dulce y lascivo. Al mismo tiempo, se agachó y besó a Lilith en los labios como lo había hecho ella aquella tarde. Entonces, tal como dijo, se sentó a contemplar el espectáculo y a ver cómo gemía su amiga; más pronto no pudo contenerse. Se levantó, volvió a besarla en los labios y le pasó la lengua con ávido deseo por los senos. Adán, paralizado, la miraba hacer; la observaba inclinada sobre la otra, jugueteando con la lengua, que recorría traviesamente su cuerpo mientras Lilith se estremecía de placer. Veía aquello y se sentía tremendamente excitado por aquel arrebato de lujuria entre sus dos mujeres fatales. La una, ahí tendida, gimiente, pasiva; la otra, que reclinada sobre ella le ofrecía el trasero, la devoraba con una sensualidad y un arrebato como el que lo acometía a él cuando se unía a una de sus esposas. Pero entonces, excitado como se sentía, no podía continuar, paralizado por la emoción que le producía tan bella imagen. Eva se percató.

-Te gusta lo que ves, ¿verdad? -preguntó sensualmente, con una sonrisa picaresca, mientras se giraba para mirar a su marido-. Pero no te quedes ahí parado, que no puedo hacerlo todo yo sola. Tú sigue; no la hagas esperar más -y, llegándose hasta los ojos de Lilith, que la miraba jadeante-. ¿Qué, cariño, a que te gusta?

Sin aguardar la respuesta, volvvió a descender hasta sus senos y siguió devorándolos, mientras Adán volvía a cabalgar sobre ella. Aquélla fue la noche de un polvo memorable; la primera noche en que los tres gozaron salvajemente.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mii soledad.

16/09/2021.

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