FALSO POSITIVO (COMPACTO)

Admito que aquella noche había bebido. Salí con un amigo, fuimos a la discoteca y tomé un par de copas. Pero ahí acabó todo. Antes de conducir siempre me aseguro de estar sobria; no soy tan inconsciente como para ponerme al volante estando borracha; y menos aún como para permitir que lo haga Carlo. Él tolera el alcohol peor que yo. Cuando subimos al coche, su aspecto era cómico. Sólo esperaba que no vomitara.

Lo que de ninguna manera creí que pudiera ocurrirme aquella noche, cuando a las cuatro nos subimos al coche para regresar a nuestras casas, ocurrió: un coche patrulla que vigilaba aquel fin de semana nos dio el alto, a pesar de que condducía a velocidad moderada y no había cometido ninguna irregularidad vial. Deduje que el problema era la poca visibilidad nocturna y la imagen que ofrecía Carlo. Era como si llevara un cadáver de copiloto. Cuando paramos, un hombre y una mujer se nos acercaron. Él tomó la palabra:

-¡¿Qué, señorita!? ¡¿Volvemos de fiesta -me preguntó con sarcasmo-!?

-Agentes, no he cometido ninguna irregularidad; estoy sobria.

Mis palabras no servían de nada. Pese a no conducir deprisa, pese a no tener las pupilas dilatadas, pese a que no se me trabara la lengua, la mujer me acercó el aparato para hacerme la prueba de alcoholemia.

-¿Dice que no está borracha? Pues ha dado positivo.

No era posible. Aquello me desconcertó; no supe reaccionar. Sólo horas más tarde, ya encerrada en este gélido calabozo, rodeada por sus gélidad paredes y sin posibilidad de escapar, sin la presión intimidatoria que me producían aquellos dos agentes tan hostiles, que con sus miradas de desprecio anulaban mi capacidad de reflexión, recordé que la medicación que estaba tomando podía arrojar un falso positivo.

-¿Qué podías esperar? ¡Si viste como una puta! ¡Y es pelirroja!

Era obvio que estaba perdida. Cuando tales palabras, cargadas de un fuerte machismo, las profería una mujer, que supuestamente tenía que haberme comprendido y apoyado, estaba claro que me iban a detener. Habría esperado ese comportamiento de parte de él, que, pese a su agresividad, fue más moderado que ella; pero nunca de una mujer. Esa mujer, al igual que todas las que pertenecían al cuerpo de seguridad -eufemismo para no decir cuerpo de espionaje- había perdido todos sus sentimientos. El sistema la había anulado y despojado de toda su femineidad; y ella, para verse aceptada en el cuerpo opresor donde trabajaba, había renunciado a su personalidad, hasta el punto de desarrollar una agresividad mayor que la de sus colegas masculinos, para así compensar la supuesta deficiencia que suponía el hecho de ser mujer y demostrar que era tan digna del pueesto como ellos. De hecho, su cara y todo su cuerpo eran casi tan viriles como los de él.

¿Cómo se podía atrever esa mujer a cuestionar mi atuendo? Aquella noche usaba un vestido negro sin mangas muy corto y ceñido, que me marcaba las curvas. A parte de eso, me había pintado los labios; nada más. Pero creo que fue el pintalabios y el color rojizo de mi cabello lo que les llamó la atención enmedio de la oscuridad de la noche. Hacía décadas que el gobierno había proscrito el color rojo como un signo de fuerte personalidad y de rebeldía; un pelirrojo quedaba automáticamente estigmatizado por el solo hecho de serlo. El pretexto era asociar el rojo con el color del diablo. Por ello eran perseguidos, igual que los zurdos. Debían someterse a un tratamiento químico que les provocaba graves lesiones cerebrales o ser exterminados.

Cuando yo nací, la dictadura se había suavizado un poco. Sus medidas habían llegado a poner en peligro los niveles de población; no sólo por la cantidad de gente que moría ejecutada por el color de su cabello o por no ser hábil con la diestra; o como consecuencia de esos tratamientos a que los sometían. Es que, además, muchas parejas renunciaban a tener hijos ante la mera posibilidad de que nacieran defectuosos, como los calificaba el régimen, y tener que pasar por el duro trance de ver cómo los propios médicos se apropiaban de la criatura para entregarla a las fuerzas de seguridad para su eliminación.

La actitud de los jóvenes puso en jaque a la dictadura, que vio descender abruptamente la curva de nacimientos y escasear la mano de obra. Al principio se trató de forzar a las personas a que trabajaran más; cuando sus cuerpos ya no respondieron, se presionó a los jóvenes para que tuvieran descendencia. Pero los jóvenes, extenuados psicológicamente por el régimen opresor, no podían ceder; se les agotaban las ganas de vivir. Entonces el gobierno comprendió que no le quedaba más remedio que suspender las penas de muerte y abolir los tratamientos químicos. Por otra parte, sería más útil emplear a los pelirrojos y a los zurdos como población de segunda, como mano de obra barata. Se les cerraba el acceso a los estudios superiores; para ellos reservaban los trabajos más duros y los peor pagados.

Pese a todo, mis padres fueron muy cautos. Nunca revelaron el embarazo; y cuando ya no había manera de ocultarlo, mi madre dejó el trabajo y se mudaron de pueblo. Y ahí, en un pueblo rústico y despoblado, nací en una casa grande, aunque un tanto vieja, pero coqueta y romántica. Mi madre pasó meses encerrada; nadie en el pueblo sabía siquiera de su existencia. Y ahí, en medio de la más absoluta soledad, sin un médico siquiera, tan sólo asistida por mi padre, dio a luz. Pero no pudo soportar el parto en tales condiciones; murió entre fuertes dolores, según supe.

Mi padre sorteó la situación lo mejor que pudo. En un pueblo tan pequeño hacía lo posible por mantener mi existencia en secreto; me dejaba en el desván, donde los lloros quedaban amortiguados por los gruesos muros; iba hasta el pueblo vecino a comprar pañales y ropa, y me daba leche y papilla. Lo más complicado fue deshacerse del cuerpo de mi madre. Aquello debió de ser una gran prueba física y emocional; y cuanto más lo pienso, más lo admiro por cómo se expuso a ser ejecutado por aquel doble crimen: supuestamente, por matar a su esposa y tratar de darle sepultura; y después, por tener una hija a escondidas.

Una noche mi padre cargó en el maletero del coche el cadáver de su esposa y salió hasta un campo lo más alejado posible. Estuvo cavando durante meedia hora, según me dijo; luego vació una botella de ácido y volvió a tapar el agujero antes de regresar a casa en el más absoluto silencio.

Mi padre me hizo ver aquello como si fuera un juego; yo debía permanecer escondida para que nadie me encontrara; y él, por su parte, se encargaba de llevarme todo lo que pudiera hacerme falta de comida y de ropa. Por las noches me leía cuentos. Era un gran narrador; conseguía que me metiera en todas esas historias y que me entusiasmara. Era como estar viviéndolas. A menudo le pedía más, aunque ya fuera tarde; y él muchas veces seguía y me leía otro cueento, o volvía a leerme el de hacía unos días.

A los cinco años tuvo lugar el primer suceso traumático de mi vida cuando mi padre me anunció que debía ir a la escuela. Salir de casa se me antojó como una gran novedad, pero también como algo peligroso; mi padre se había preocupado por mantenerme aislada por algún motivo. Pero él se encargó de nuevo de enddulzarme la situación. Me dijo que era muy importante que no le llamara papá; que nadie debía saber que era su hiija. Me tiñó el cabello de rubio y el año anterior a mi escolarización fuimos a la policía, donde declaró que me había encontrado abandonada, dormida junto a los contenedores de la hidroeléctrica donde trabajaba, y solicitó que le dieran mi custodia. Entonces me di de bruces por primera vez con la mentira. No sólo la de mi padre, sino la que tuve que decir yo misma, después de haberla ensayado durante días.

Desde entonces toda mi vida sería una gran mentira. Por aquella supuesta adopción recuperaba el derecho a llamarle papá, pero nada más; no podía decir siquiera que llevaba el cabello teñido; que en realidad no era rubia, sino pelirroja. Había aprendido a desconfiar de todo y de todos, aunque aquello también tenía su atractivo; sentía que vivvía una aventura como ésas que me leía mi padre, pero más intensa.

Cuando cumplí los diecisiete mi padre me contó la verdad. Yo llevaba tiempo dudando de todo, No entendía que las calles estuvieran atestadas de policías; ni que en la escuela todos fueran rubios o morenos, cuando en la calle había visto niños pelirrojos, igual que yo, escarbando en la basura, u hombres pelirrojos también, que se encargaban de recogerla y de la limpieza de la vía pública; ni por qué en la escuela todos eran diestros. Yo misma había tenido que aprender a escribir con la derecha. Mi padre me lo presentó como un reto, y acepté gustosa; pero me costó muchísimo.

Tras la confesión de mi padre lo comprendí todo. Entonces me quedé helada. Durante diecisiete años había vivido bajo la espada de Damocles, en una constante tensión, para que yo pudiera estudiar y tener un futuro; y mi madre había dado su vida para que no me descubrieran.

Ahora estaba a punto de ingresar en la Universidad; estudiaría una ingeniería, para ser una buena pieza del engranaje estatal, y el color de mi cabello debía permanecer en secreto, incluso para mis amigas; incluso para los chicos con los que me acostaba.

Disimular ante los chicos se me hacía especialmente complicado; me veía forzada a teñirme el vello púbico. Pero conseguimos mantener la farsa. Ahora bien: una farsa semejante no puede mantenerse durante toda la vida; eso es algo agotador para cualquiera. Tarde o temprano acaba por conocerse la verdad. Las drogas son los grandes desinhibidores. La primera noche que me emborraché con mis amigos bajé la guardia, y en un alarde de confianza les confesé que mi color natural era ése tan denostado por la dictadura. Por suerte comprendieron mi largo silencio y admiraron que hubiera conseguido burlar al régimen durante tantos años.

Cuando recuperé la sobriedad me asusté por aquel arrebato de sinceridad. Desde entonces viviría atrapada, expuesta a la delación, a que cualquiera se fuera de la lengua. Por suerte para mí, nadie lo hizo; y la única explicación que encuentro a día de hoy es que todos estaban tan borrachos o más que yo. De otra manera, por muy buena voluntad que tenga uno, siempre acaba soltando el comentario en una plática distendida, con unas copas de más, tal como había heccho yo. Con la diferencia de que yo me jugaba la vida y la de mi padre. Pero no. No pasó nada.

Y después de tantos años engañando a la dictadura, aquella noche, deseando por una vez ser yo misma, celebrar mi licenciatura por todo lo alto, salí de casa con mi color natural. Cuando Carlo me vio, al principio no podía dar crédito; se quedó paralizado,sin palabras. Tuve que preguntarle qué le pasaba aantes de que se decidiera a abrazarme y a comerme la boca. Y minutos más tarde, ya en la discoteca, hubo un momento de tensión cuando todos vieron que un chico normal llegaba con una chica defectuosa. Cuando se sumaron nuestros amigos ya me diluí entre la masa y todos volvieron a dejarse llevar por la música.

Sin embargo, algo debió de pasar aquella noche; es lo único que se me ocurre que pueda explicar la presencia del coche patrulla y que nos pararan. Alguien debió de avisarles de aquel flagrante delito contra la raza. Lo peor de todo era si investigaban y descubrían que yo, ese ser impuro, había cometido aquel horrible crimen en connivencia con mi padre durante veinticinco años.

-¿Y tú? ¿Puedes conducir?

-¡Pero si está peor que ella!

-¡Está bien! ¡Sal del coche y pídete un taxi! ¡Lárgate antes de que cambie de opinión y te enchirone como a tu amiga, degenerado!

Carlo, a pesar de la borrachera que llevaba encima, salió espantado al oír el tono brusco del hombre, que con él se había mostrado más violento que conmigo. En cuanto a Carlo,, entiendo la situación difícil en que se encontraba, pero nunca habría pensado que se desentendería de mí. Creí que avisaría a mi padre, que buscaría ayuda, que haría lo posible por sacarme de estas mazmorras. Después de dos días comprendí que no arriesgaría ni un pelo por salvarme.

Me esposaron y me trajeron a la comandancia general, donde me torturaron. Para escarnio mío me raparon la cabeza y me la sumergieron varias veces en agua helada durante intervalos de unos diez segundos, con breves instantes para dejarme respirar. Por suerte no me violaron. A tanto no se atrevían; no iban a mezclar sus cuerpos con el de un ser inferior.

Me despojaron de mis ropas y las quemaron. A cambio me dieron un mono naranja y me encerraron en esta celda, donde ya no sé ni el tiempo que llevo. Una pierde la noción de los días y las noches cuando permanece continuamente encerrada entre cuatro paredes ciegas, sin el menor resquicio por donde asome un poco de luz, por donde corra una mínima ráfaga de aire, por donde se escuche otro ruido que el de mi propia respiración y mis pensamientos.

Tengo que dormir en el suelo, contra una de las esquinas, con las piernas encogidas para darme calor. Por el día, si encienden la luz, me siento y paso así las horas, a la espera de que me introduzcan por la rendija de la puerta un platillo con una comida escasa y en dudoso escaso; acaso se trate de las sobras del rancho de los agentes. Estoy segura de que ni siquiera a sus perros les darían esta comida.

Sin luz, sin capacidad para desplazarme más que a lo largo de siete metros cuadrados, más los viajes que pueda hacer al inodoro contiguo a la celda para calmar la ansiedad, sin poder oír otra voz que la de algún guarda, creo que no aguantaré mucho más tirmpo. Siempre duermo en tensión; a menudo me despierto si oigo pasos; temo que ya haya llegado mi hora; que un agente va a abrir la puerta de mi celda y me van a sacar con la misma brutaliddad con la que me encerraron, me lleven al patio de la prisión y ahí me ejecutará un pelotón de fusilamiento. Pero no. Pasan los días y mi final no llega. Ahora creo que sencillamente esperan que me pudra; que me consuma en medio de la desesperación. No necesitan gastar balas; es más fácil esperar. La reclusa morirá por el remordimiento de haber engañado a las autoridades. Eso les ahorrará una mártir.

Y la verdad es que les está dando resultado. Pese al tiempo que llevo sin mirarme en un espejo, sé que estoy muy demacrada. Me fallan las fuerzas; siento que la vida se me escapa. Quiero pensar que a mi padre no le ha pasado nada; que los agentes que me detuvieron y me torturaron , al despojarme con tanta rabia de mi ropa, olvidaron comprobar mi documentación. Imagino que fue lo que ocurrió; por eso la rabia con la que me sumergieron en el agua helada; pero yo sabía que no les daría ningún nombre.

Lo único que me ha quedado ha sido escribirte mi historia en estos trozos de papel higiénico con ayuda de un bolígrafo, lo único que pude guardar en el vestido antes de desprenderme de él. Contarte mi vida me ha ayudado a sobrevivir durante todo este tiempo, a pesar de las penalidades. Sólo deseo que el papel no se estropee y que la tinta no se corra, y que consigas leerlo todo. Porque, si lo lees, es porque estás en la celda contigua a la mía; y, si es así, aunque no sepa tu nombre, ni el color de tu piel ni el de tus ojos, ni el timbre de tu voz, quiero que vivas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s