SÓLO LA PUNTITA (XIIII)

Tras tan airada discusión, se decidió hacer tabla rasa de lo ocurrido. Eso sí: las dos mujeres quedaron gratamente sorprendidas por la reacción de su hombre; y así se lo hicieron sentir tan pronto como los ánimos se hubieron templado. Adán, esperanzado por las palabras de aquélla a la que consideraba fuente de todas sus desgracias, aquélla a quien había hecho tan severos reproches, aguardaba ansioso el momento en que conociera al misterioso personaje de quien le dieran noticia y el lugar que le habían descrito. Pero en ese momento, tras una discusión tan reciente y tan agria, no era oportuno regresar. Las mujeres, además, necesitaban un ligero descanso; y más Eva, tras la experiencia que había vivido. En lo sucesivo sería Lilith quien de alguna manera ocuparía su puesto y satisfaría las necesidades de él, al menos hasta que dieran a luz a la nueva camada. Eso sí: ambas continuarían participando de manera conjunta de aquella que tan eufemísticamente llamaban «libaciones».

Llegó la estación de las lluvias. Densas nubes poblaban el cielo y teñían el bosque de tonos oscuros; los truenos hacían retumbar las paredes de la cueva, cual bramidos enfurecidos de los dioses, acaso como señal de rabia e impotencia de aquél que los había desterrado, que observaba incrédulo cómo aquéllos de los que se había deshecho con furia prosperaban a pesar de todo; y -lo que era más humillante-, en alianza con aquél a quien tanto detestaba.

Aquella noche el poderoso aullido de los truenos se confundió con los gritos de dolor de Lilith, que alborotó aún más a los pequeños, que la acompañaron con sus lloros. Eva tuvo que salirse de la cueva con los chamacos y aguardar a que acabara todo, mientras Adán hacía lo posible por atenderla en el trance. Pasada una hora nació una hermosa niña. La madre, exhausta, por fin pudo descansar; entonces Eva regresó con sus hijos, que moraban curiosos a la recién nacida.

-Venga, cariño, que ya ha acabado todo -le dijo cariñosamente, mientras le acariciaba la frente-.

-¡¿Que vale la pena -preguntó Lilith, en medio de un jadeo, mientras recobraba el resuello-!? ¡Serás hija de la chingada! ¡Una vez y no más! ¡No pienso volver a pasar por esto!

-Vamos, mujer, no seas exagerada, que yo parí dos.

-Sí. Y casi te mueres -intervino Adán-.

-¡Cómo eres tú también -dijo Eva, girándose hacia él-! Está bien que lo pasé mal, pero creo que vale la pena. Ahora tengo a mis dos angelitos.

-Sí. Y yo soy el que se deja el aliento para cazar mamuts.

-No te quejes, que así te mantienes en forma.¿Y cómo vas a llamarla -le preguntó a Lilith-?

-Anne Marie.

-¡Anne Marie! ¡Qué bonito nombre!

-¡¿Anne Marie!? ¿Qué nombre es ése? Espero que no me des un razonamiento etimológico como el que me hizo Eva para los nombres de los chamacos.

-No; no hay ninguna razón etimológica. Es sólo que me gusta como suena. ‘Anne Marie’ -repitió con una mirada soñadora y triunfante-. Pero ya os digo: una y no más. A partir de ahora seré más cuidadosa. Prefiero un buen oral y ahorrarme la sorpresita de después.

-Di que sí. Que yo tampoco puedo hacer más de lo que hago; ya son muchas bocas que alimentar. Que mientras los chamacos no crezcan no me pueden ayudar; y vosotras estáis ocupadas con ellos.

-Por cierto -intervino Eva-: ahora que Lilith ha salido de cuentas, quizá sería buena idea que fuerais al poblado. A mí ya me queda poco; y entonces se me hará más complicado quedarme sola con otra criatura.

Así lo decidieron. Al día siguiente, aprovechando una ligera tregua de las lluvias, salieron a mediodía. El camino estaba húmedo y fangoso; el agua se acumulaba en las hojas y en el suelo. Lilith caminaba delante con la pequeña colgada al pecho; se abría paso a grandes zancadas, mientras Adán la seguía a escasos pasos con una azagaya.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

27/09/2021.

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