GÉNESIS (XVIII)

El nacimiento de Lucas fue menos doloroso que el de los gemelos; Eva se sintió gratamente sorprendida de la rapidez con que había dado a luz. El único problema, o el que más parecía afectarles, era cómo asistir a Sodoma con la regularidad que tenían pensada. A menudo acudían con los niños, pero resultaba complicado; alguien tenía que hacerse cargo de ellos, aunque a menudo era el propio Lucio. Al fin y al cabo, él era el organizador de todo; ya andaba sobradamente servido de sexo; perfectamente se podía conceder un descanso para contemplar a los demás. Aquello le permitía, además, evadir con mayor facilidad los constantes intentos de Lilith de resultar embarazada de él; estaba demasiado ocupado con los chamacos para coger. La astuta mujer, sin embargo, tramó una treta para hacerse con él. Nada tenía de ingeniosa; era tan simple como pedirle a su amiga que cuidara a los pequeños durante media hora; que, a cambio, ella disfrutaría de orgasmos divinos y que, lejos de aquella promesa de que no tendría más hijos, le daría otro sobrina, pues la consideraba como a su hermana.

Asediado por ambas mujeres, Lucio se sintió incapaz de negarse. Quizá en otra circunstancia habría buscado el apoyo del propio Adán, que tanto se había quejado de ellas; pero sabía que, después de la experiencia pasada, no le prestaría la menor ayuda. Es más: haría lo posible para que sus esposas estuvieran pendientes del otro y lo dejaran a él libre de copular con quien quisiera. Lucio, desamparado, terminó por dar su brazo a torcer.

-Uno y no más, ¿entendido? Como salgas embarazada de gemelos yo me desentiendo.

-Vamos, Lucio, cariño, no empieces tú tambien. Con lo cariñoso y alegre que eres, no te pega esa actitud tan adanesca -le respondió Lilith en tono juguetón. Eva sonrió, divertida.

Fue una jornada memorable. Adán batió su propio récord; diez coitos con otras tantas personas, no todas las cuales habían sido mujeres; había decidido poner en práctica aquel consejo de su costilla que en un principio desechara tan tajantemente, y había gozado de una manera especial. Eva, que había dado un descanso a su furor uterino, se dedicó a disfrutar del espectáculo de los demás; y Lilith, por otra parte, le había prometido un sabroso cunilingus para la noche. En cuanto a ésta, gozó como una posesa y se llevó a la cueva su ansiado embarazo, un embarazo divino que nueve meses después daría a luz a la dulce Katiochka.

-Desde luego, eres única para poner nombres -dijo Adán.

-¡A que sí! ¿Te gusta?

-No sabría decirte. Gustarme, gustarme…

-¡Ay, Eva, qué emocionada que estoy! ¡Tenías razón! ¡Es muy bonito esto de ser madre! ¡Y ya estamos a la par!

-¿Cómo? ¿Olvidas que yo también parí? Tengo tres, querida; te gano por uno.

-Bueno, un momento, queridas -interrumpió Adán con un tono irónico-: antes de que os enzarcéis en una hipotética guerra reproductiva, os comunico que vuestro hombre se planta.

-¡¿Cómo -preguntaron ambas al unísono-!?

-Que no pienso tener más hijos. Y aún gracias que soy tan pendejo que acepto cargar con Katy (te parece bien que la llame así; se me hace más fácil), que ni siquiera es hija mía.

-¿Cómo puedes decir eso? ¿Y tú cómo lo sabes -inquirió Lilith-?

-Empiezo a pensar que Lucio no es más que un pobre diablo. Sodoma es un lugar maravilloso; ahí puedes coger delante de todos, como vosotras mismas me contásteis. Y eso también permite enterarse de ciertas cosas. Trataba de metérsela a uno cuando oí cómo acosabas a Lucio para que te cogiera por delante; e incluso él mismo fue después a contármelo. Por unos minutos hasta me dio lástima; fue como una venganza. Me dijo que si me ocupaba yo de la educación y del mantenimiento de la criatura me pasaría una pensión alimenticia. En verdad que daba pena. ¿Y decís que es una divinidad? Para que veáis lo que acojonáis, que hasta a las divinidades les hacéis la vida imposible.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

08/10/2021.

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