GÉNESIS (XIX)

-¡¿Que te va a pasar una pensión!? ¡¿Entonces de qué te quejas!? ¡Si no tienes que hacer nada!

-¡¿Cómo que de qué me quejo!? ¡¿Cómo que no tengo que hacer nada!? ¡Si no hubiera sido por los lloros que le capté al vuelo al pobre de Lucio y porque él mismo fue a contármelo todo, habría cuidado de Katy con mis propios esfuerzos, como hija mía; tendría que salir todos los días de caza para mantener a una niña cuyo padre era otro, porque tú no me habrías dicho nada; ni tú -bramó, girándose de pronto hacia Eva-! Y ahora no tendré que esforzarme en cazar más, pero igualmente tengo que perder el sueño cada vez que se despierta la criatura y empieza a berrear. Eso sí: del cobro de la pensión os ocupáis vosotras; todos los días tenéis que ir a Sodoma a que os dé seis libras de carne. Vais con toda la caterva de chamacos, pegáis un par de polvos y volvéis.

-¿Y tú? ¿No quieres venir? Pensaba que te gustaba -preguntó Lilith-.

-Es posible que os acompañe de vez en cuando, pero no con tanta frecuencia; yo no estoy tan hambriento de sexo como vosotras; y a mí la caza me deja agotado. Además: ya no tengo el ímpetu juvenil de los primeros años.

-¡Venga ya! ¡Sigues siendo un bravo semental -exclamó Eva, mientras le acariciaba el miembro y lo incitaba a un nuevo trío de sexo salvaje-.

Pasaron las semanas y las mujeres quedaron a cargo del abastecimiento, sorprendidas por la actitud de Adán, aunque al mismo tiempo satisfechas por la libertad que tenían para abrir las piernas a cualquiera y dar rienda suelta a sus instintos más desenfrenados. Esporádicamente iba Adán, que se separaba de ellas para unirse a otras personas; les causaba más morbo alternar con la gente de allá. Al fin y al cabo, al regresar a la cueva ya podrían coger entre ellos. La mayoría de las vecees, sin embargo, se quedaba.

***

-No comprendo. ¿Por qué te gusta quedar a escondidas? La primera vez me dijiste que te había dolido, que te había violado… Me llamaste de todo.

-¿Y qué otra cosa podía hacer? Con Lilith delante no esperarías que le diera el gustazo de hacerle creer que me había gustado.

-¿Entonces te gustó?

-Fue el mejor polvo de toda mi vida.

¿Y por qué quieres que nos veamos a escondidas? ¿Por qué no quieres hacerlo público?

-La venganza es un plato que se sirve bien frío, querido Lucio. Tú serás una divinidad y nos podrás ofrecer la inmortalidad, pero yo soy quien se lleva las hostias; y eso me hace espabilar. Si te tienen por alguien asustadizo y piensan que no hay el menor trato entre nosotros, que te aborrezco por haberme penetrado y por haber embarazado a una de mis esposas, bajarán la guardia; y así serán más fáciles de dominar. Y dime: ¿no te parece divertido que piensen que te tengo ojeriza y que nosotros, en cambio, estemos acá cogiendo tan ricamente cuando se nos antoja? Lo de Sodoma es más divertido, en cuanto que uno se excita con los gemidos de los demás y con esas expresiones de éxtasis en los ojos; pero también hay que estar pendiente de los chamacos, de calmarlos si rompen a llorar. Aquí, en cambio, todo es silencio; no oímos más que nuestras propias voces, amplificadas por el eco de las paredes.

-Veo que la carne de mamut, los frecuentes polvos y la presión de convivir con esas dos amazonas te ha aguzado el ingenio.

-Quién sabe. Es posible que a fin de cuentas tuvieran razón; que fuera mejor renunciar a todo por el conocimiento, como hicieron ellas; y que yo, cuando tomé el fruto prohibido, en el fondo también lo codiciara. Pero bueno… Basta ya de cháchara. Metemela, que estás cañón.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

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