GÉNESIS (XXI)

Así transcurrieron los años. Adán y Lucio cada vez intimaron más profundamente. Las mujeres, al principio preocupadas por el esposo, llegaron a trocar su sentimiento por el de enfado; pues, aún ignorando lo que ocurrría, en su fuero interno habían empezado a albergar fundadas sospechas de que su hombre algo les ocultaba. Lejos estaban ya los días en que su bravura viril se había desatado con ellas; ya no había manera de que su gran general se irguiera ante sus caricias ni ante sus besos; sus palabras melosas, sus susurros plagados de lascivia, se daban de bruces contra el muro de la indiferencia de aquél, que, para colmo, había dejado de visitar el poblado, que ahora se había convertido en la principal fuente de goce de las hembras. Sin embargo, pese a la supuesta abstinencia, Adán no sólo gozaba de una gran salud, sino que se le veía de un excelente humor. Desde luego, algo sucedía a espaldas de ellas, que no reconocían al hombre ingenuo y bobalicón al que habían tratado al principio; al semental que las había hecho enloquecer como a fieras salvajes. Seguras de que había algo que se les ocultaba, una tarde fingieron marchar hacia Sodoma, mas en realidad merodearon por los alrededores de la cueva, al acecho de lo que hiciera su hombre. Pasaron cerca de tres horas cuando las mujeres, ya cansadas y haciendo denodados esfuerzos por mantener calmadas a las criaturas, por fin notaron un cambio. Fue Lilith quien lo advirtió, mientras Eva ponía orden entre los cachorros; Caín acababa de hacerle una mueca burlona a Abel.

-¡Eva! ¿Ése es Lucio -Preguntó en un susurro. La otra alzó al instante la mirada-?

-¡Ave María putísima! ¡Pues sí! ¡Es él!

Todavía no dieron la voz de alarma. Fue Lilith quien se levantó de entre la maleza para acercarse con sigilo a la cueva a ver lo que ocurría. El presentimiento que con veloz agudeza había captado su agudo ingenio cobró fuerza cuando oyó los primeros gemidos, ya en las proximidades de la caverna. Pese a todo, cada vez más aterrada, siguió avanzando, queriendo apartar de su mente la imagen que poco a poco se iba formando; mas ésta no hizo otra cosa que afirmarse cuando, tras el andamiaje de ramas y piedras, observó a Lucio tendido a cuatro patas, penetrado bravamente por Adán. Abrió enormemente los ojos y al instante exhaló un grito.

-¡Eva! ¡Corre! ¡Ven!

¡Adán -exclamó la otra-! ¡¿Cómo has podido!? ¡Y tú, Lucio!

-¡Ja -respondió Adán con una sonrisa triunfal-! ¿Qué hacéis aquí? Os creía en Sodoma.

-¡No vengas ahora con esas! ¡Así que era por eso que no querías coger con nosotras! ¡Con lo preocupadas que nos has tenido -le reprochó Lilith-!

-Desde luego, habéis estado muy preocupadas; por eso os íbais todas las tardes a coger a Sodoma; y por las noches os comíais el mejillón la una a la otra -repuso Adán-.

-Una cosa es que nos preocupemos por ti, y otra muy distinta que dejemos de vivir. Además: inexplicablemente tú cada día estabas más feliz. Y ahora comprendemos por qué.

-Habéis tardado mucho en daros cuenta. Menos mal. Ha sido muy divertido, pero ya empezaba a cansarme de esperar; me moría de ganas por ver vuestras caras. Desde luego, coger con Lucio es una experiencia maravillosa, pero ver el careto que se os ha quedado no tiene precio -replicó Adán, que no dejaba de reír. No había llegado al orgasmo, pero en esos momentos no le impostaba-.

-¿Y tú, Lucio, cómo nos haces esto? ¿Cómo te prestas a semejante treta y no nos dices nada -inquirió Lilith-? Me conoces de más tiempo que a Adán; por este cabrón el viejo me expulsó y tú me acojiste. Pensaba que éramos íntimos.

-Y lo somos, mujer; no te me pongas en plan melodramático. Pero compréndeme tú también, por favor: soy débil. ¿Qué quieres que haga cuando me ponen delante tan delicioso chorizo ibérico?

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

14/10/2021.

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