GÉNESIS (XXIII)

Así concluyó aquella reyerta. En apariencia todo volvió a la normalidad; Lilith calmó sus nervios y Adán sació su sed de venganza. Continuaron frecuentando Sodoma gozaron de sus cuerpos como hasta los comienzos de la cólera del hombre, cuando se mostrara inapetente a las mañas de las dos amazonas por seducirlo. Ya nada había que ocultar; Lucio y Adán cogían delante de ellas y del resto y lanzaban estridentes gemidos de placer, proporcionales a sus descomunales miembros. Sin embargo, a ninguno de los cuatro pasaba desapercibido lo que había ocurrido; y menos que a nadie, a las dos hembras, que se sentían ultrajadas y heridas en su amor propio. Y, si externamente se había reestablecido la paz, en el fondo tal incidente había sido la semilla que daría origen a la sempiterna y acerada lucha de sexos.

Se sucedieron los años y los gemelos alcanzaron la pubertad; y en ese punto, con las hormonas desbordadas, acosaban a sus hermanas, que se defendían bravamente, como correspondía a las dignas sucesoras de Lilith. En más de una ocasión habían acercado sendas ramas al fuego para, empuñadas como antorchas, acometer a los chamacos, que, si bien en el día a día tendían a ignorarse el uno al otro, hacían frente común para disfrutar de la carne de aquellas niñas, que con bravura los acometían, resplandeciendo en sus pupilas un ardor semejante al que caldeaba la cueva. Las jóvenes dormían una junto a la otra, muy apretadas, con las armas preparadas para defenderse si en medio de la noche eran atacadas. Los gemelos, impotentes al comprobar que se les escapaban dos presas que en principio se les antojaban fáciles de domar, no podían hacer otra cosa que regar la selva con su propia simiente y ejercitar sus bíceps en ello, mientras a prudente distancia y amparadas por el follaje, las descendientes de Lilith contemplaban la escena y se regocijaban con el patético espectáculo que les ofrendaban ambos varones. Éstos frecuentaron Sodoma junto a sus padres; los vieron gozar en medio de aquellas bacanales y se sintieron tentados a participar de las mismas, algo a lo que les alentaban sus progenitores; mas los hijos albergaban escrúpulos que les impedían gozar de sus cueerpos con otras personas delante de ellos, por más que hubieran hecho además de querer coger con sus hermanas, quizá porque en el fondo sabían que éstas eran inaccesibles.

Fue entonces cuando, alentados también por los deseos de independencia propios de la edad, tomaron la determinación de dirigirse a Gomorra, el poblado vecino, hermanado en costumbres plenamente al otro. Sabían que ahí podrían saciar sus instintos y apagar el fuego que los devoraba por dentro con otras personas, con jóvenes de su edad. Ahí surgieron las primeras disputas serias entre Caín y Abel. Ya no necesitan colaborar por una carne que se les resistía y que les azotaba salvajemente; ahora se hallaban bien provistos de todo cuanto pudieran codiciar. Así, pese a que no había motivo aparente de discordia, pese a que no competían, por hallarse ambos bien aprivisionados, la realidad era muy otra: el uno siempre ambicionaba lo que poseía el otro como un botín de incalculable valor; y, si en algunas ocasiones ponían freno a sus rivalidades por las ansias de coger, la mayoría de las tardes terminaban enfrentándose delante de todos en medio de un espectáculo lamentable. Muchas noches llegaban a la caverna con los cuerpos plagados de heridas; sus padres, aterrados, les preguntaban, mas ellos respondían que había sido consecuencia de encontronazos con las fieras. Los padres, no obstante, albergaban sospechas de que aquello no era así, y pidieron a Lucio que los vigilara.

Entonces se descubrió la verdad de todo aquello: Los gemelos rivalizaban por el apareamiento. Caín se había prendado de un hermoso mozo que cogía con Abel; a escondidas trataba de seducir al bello Jonás, mientras su hermano, que veía las tretas de aquél, se encabritaba. Llegaron a las manos, y Caín estuvo a punto de perforarle el orto con una punta de sílex. Todo habría terminado en tragedia de no haber sido por la oportuna intervención de Lucio, que los escoltó de regreso a la caverna y relató lo sucedidoj con todo lujo de detalles. Los padres estaban aterrados por oír aquella información; las hermanas, en cambio, no podían contener las risas, que las hacían llorar de puro gusto.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

18/10/2021.

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