GÉNESIS (XXIIII)

Desde aquella tarde, los gemelos no volvieron a concurrir juntos a Gomorra; procuraban acudir a distintas horas, y a veces uno se desviaba a Sodoma. Por más incómodo que se les antojara coincidir con sus padres y con sus hermanas, más violento se les hacía ver al otro; en especial a Abel, que sentía cierto pavor ante su hermano. En el caso de Caín, sin embargo, se sentía más seguro de sí mismo; las veces en que se habían enfrentado lo había dominado; sabía que, a menos que intervinieran terceros, podría doblegar a aquel ser a quien tanto despreciaba, por más que los uniera un lazo de sangre.

No obstante, en ocasiones se daba el caso de que coincidieran. Entonces se observaban a distancia, caminando a través de las polvorientas calles del poblado. A sus espaldas las parejas se besaban con ardor, apoyadas en las paredes de las viviendas, o se unían en el suelo, jalonadas por una pasión desenfrenada. Ellos caminaban lentamente, con la mirada atenta a esos cuerpos sudorosos que se agitaban y gemían salvajemente, con poderosos gemidos que los excitaban cada vez más, hasta que detenían su marcha; quien deambulaba así entonces se aproximaba al grupo que había localizado, posaba con delicadeza su mano en el seno o en la nalga de uno y se unía a los demás.

Pero bien podía pasar que antes de que eso ocurriera, antes de que uno de los dos localizara el grupo oportuno, coincidieran sus miradas desde la distancia, separados apenas por veinte metros. Entonces no importaban los gemidos que los rodeaban, ni los cuerpos que se agitaban víctimas de la pasión; nada más existía durante unos segundos para ambos, sino el otro, como si el silencio se hubiera adueñado de todo. Abel mantenía la mirada de su hermano; trataba, al menos, de no dejarse intimidar, de que el otro no se percatara de su pavor; pero era inútil. Astuto como era, Caín sabía que el otro le temía. Habían vivido juntos desde niños, y tenía a su hermano por un pusilánime y un ser vil; ese carácter tan lambiscón que siempre le había conocido le repugnaba. De no ser por Lucio, que constantemente los vigilaba, habría arremetido sin piedad contra aquél a quien ya hacía tiempo que había dejado de considerar hermano.

Pero la vigilancia no podía ser constante; y en algún momento tenía que estallar la furia que los enfrentaba. Caín, que había llegado al punto de no tolerar la convivencia bajo el mismo techo, hizo un fardo con pieles de bisonte y lo ató a una rama para cargar con él en busca de un terreno solitario, acaso más próximo al poblado, hasta que pudiera asentarse en esa tierra junto a algún mancebo o con una bella hembra; y en los alrededores de la zona, mientras la oteaba en busca del lugar adecuado para montar su campamento, divisó a Abel, que se dirigía a Gomorra. Sin nadie que pudiera impedirlo, se aproximó sigilosamente hacia él, con idea de acometerlo. Sin embargo, el otro se percató de su presencia; y, antes de que le diera alcance, arrancó a correr. Pero Caín lo superaba no sólo en fuerza, sino en velocidad, y pronto le dio caza como a una presa; no en vano había tenido siempre una vida atlética.

-¿Adónde vas, hermanito? ¿Qué pasa? ¿Por que tiemblas? ¿Ya no me miras tan desafiante como antes? ¿Es acaso porque ahora no tienes a nadie para protegerte -preguntó Caín con una risa maliciosa, con el ceño fruncido. Sus ojos enrojecidos delataban sus intenciones, la rabia acumulada contra el otro, que a duras penas trataba de sobreponerse-?

-Déjame en paz, Caín. Si me haces algo, nuestros padres no te lo perdonarán.

-¿Nuestros padres? He tenido que renunciar a todo por no verte. ¿De verdad crees que me importa?

-Eres injusto conmigo. Jonás me quería a mí; tú me lo robaste.

-No te quería tanto, por lo que se ve. Estaba contigo, pero luego me conoció a mí y se dio cuenta de que el original era mucho mejor que la copia; que uno tiene lo que hay que tener y que el otro no es más que un cobarde.Y el caso es que todavía te atreviste a ponerme la mano encima, como si creyeras que podías hacerme algo. Qué escaldado que habrías salido de no haber intervenido Lucio.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico:

desde el fuego de mi perversidad.

20/10/2021.

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