GÉNESIS (XXVIII)

-¡Joder! ¡Esta mancha no se va! ¡Y lo peor es la peste! ¡Y eso que me he limpiado con los pocos pelos que le quedaban al viejo!

-Déjame que te mire eso -repuso Lucio con calma. Tenía el semblante serio y concentrado, pero tuvo que echar la cabeza hacia atrás por la peste penetrante que surgía de la mancha-. ¡Joder! ¡A saber qué mierda come ese puerco! Pues no sé si te la voy a poder limpiar. Desde luego, que no te abran las puertas en las casas por ser un homicida no lo sé; pero con esa peste ya te aseguro que hasta los perros huirán de ti.

-¡Pero si sólo es mierda! ¡Debería irse con agua!

-A saber lo que este psicópata pueda haberle echado. Es que tú también te has pasado cuatro pueblos. Mira que matar a tu hermano… Admito que a mí tampoco me caía bien; era un capullo y un cobarde. Pero de ahí a matarlo hay un trecho. Además: podrías haberte parado a pensar en tus padres.

Lucio frotaba afanosamente la frente de Caín con todo cuanto se le ocurría; le puso tierra y la lavó con agua, pero la mancha continuaba; y la peste, también.

-Ya no podíamos vivir juntos; por eso me fui. Pero era injusto que yo me fuera por su culpa y que él continuara gozando de todas las comodidades.

-Que no lo toleraras era tu problema. Él no te echó. Tu gran problema, Caín, es que eres muy irascible. Eres con mucho el más inteligente de tu familia, pero con tus nervios te echas a perder. He intentado ayudarte y protegerte, pero ahora mismo me lo estás poniendo muy difícil. Para empezar, no sé qué voy a hacer con la pinche mancha. Y que conste que hago todo lo posible y que me esfuerzo por no desmayarme de la peste.

Pese a su temperamento arisco, Caín asentía sumisamente a las palabras de Lucio; era el único al que siempre había respetado; no en vano había tomado partido por él en la lucha de éste contra el tal Yisus. Pero ahora, después de haberle salvado la vida lo veneraba.

-En vaya lío te has metido ahora. Podrías habértelo pensado mejor antes de cargarte a ese desgraciado y haber regresado. Y en menudo lío me has metido a mí también. ¡A ver ahora cómo les explico a tus padres que has matado a Abel! ¡A quien más temo es a tu madre! ¡Es capaz de sacarme los ojos por no llegar a tiempo para frenar tu locura!

-Puedo acompañarte, si quieres.

-¡Quía! ¡Te pegará de hostias hasta matarte! Olvídalo. Aguantaré el chaparrón como mejor pueda. En cuanto a ti, tendrás que olvidarte de coger y de relacionarte con nadie por una temporada; si alguien te ve, o saldrá huyendo, o tratará de matarte. Mi consejo es que permanezcas aquí escondido una temporada; yo te traeré lo que necesites.

-¿Y qué hay de la mancha?

-Eso es lo más complicado de todo. Creo que ya sé cómo quitártela. La solución es cómica y trágica a un tiempo; y a mí va a darme todavía más dolores de cabeza que la muerte de Abel. Esto es producto de una divinidad; y la única solución puede venir de otra divinidad. El líquido que te limpiará la frente no será agua común y corriente, sino el flujo vaginal de tu hermana Katiochka, que es hija mía.

-¡Ja!

-¡No te rías, mamón -gruño amenazadoramente Lucio. Su voz áspera reflejaba la seriedad con que tomaba el asunto. Caín cesó al instante en su alegría-! ¡A ver cómo lo hago yo para convencer a Lilithh y a Katiochka! ¡Si tu madre no me saca los ojos, quizá lo haga cualquiera de ellas! ¡O las tres a la vez! ¡Y queda que accedan! ¡Porque, si no acceden, te quedas con la pinche marca escondido en tu cueva para siempre!

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversidad.

25/10/2021.

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