LAS GALLINAS

*Texto presentado al sexto Mundial de escritura por el equipo Nada nos detiene. Segunda consigna: mi barrio.


Cuando me mudé, el mío era un barrio normal; estaban las típicas gallinas que por la mañana despertaban a todos los vecinos con sus agudos gritos que iban de punta a punta de la calle para informarse de cómo habían pasado la noche, de a qué hora había regresado el hijo, de si la niña ya estaba embarazada, o de cuántos cuernos ostentaba en su reluciente calva el tan amado esposo.
No puedo negar que ese ambiente tan pueblerino me atraía, por más que en mi fuero interno aborreciera a esas cotillas incorregibles; por más que las maldijera cuando me arrancaban del sueño con sus chillidos desaforados para hacerme partícipe involuntario de unas vidas que no me importaban un soberano carajo; por más que las fulminara con la mirada cuando las reconocía en medio del paseo, aún sin haberlas visto. Identificaba esos timbres de voz con la sagacidad de un experto; y mis centelleantes pupilas actuaban como si fueran ametralladoras que dispararan contra ellas. Mi pequeña venganza era imaginar que reventaban sus tripas y que no volverían a despertarme.
Sé que puede sonar contradictorio, pero la naturaleza humana es muy compleja; a menudo acabamos amando aquello que por fuerza de la costumbre se nos vuelve familiar. Aquellas gallinas desprovistas de plumaje, por otra parte, tampoco poseían maldad; en su ignorancia y en su inocencia se expresaban de aquella manera tan espontánea. Y su familiaridad estaba reconocida por el marido, que paseaba todas las mañanas con su esposa, luciendo orgullosamente su cornamenta como un trofeo; o acaso era ella misma la que esbozaba una alegre sonrisa después de que su cónyuge hubiera buceado entre diversas faldas. Acaso lo ignoraba; pero en la mayoría de los casos callaba y mascaba pacientemente la venganza.
Durante muchos años mi barrio fue como la aldea gala que se resistía a la asimilación de los romanos; es decir: de la ciudad. Pero un día se nos acabó la pócima; y fue entonces cuando perdimos la inocencia.
Continúan existiendo esas mujeres incansables que inundan las calles con su vocerío; mas no son ellas quienes me despiertan ahora, sino los adolescentes con la música a todo volumen o con sus motos con un ruido ensordecedor; o las carcajadas estúpidas de ellos y de ellas. Ahora es a esos chamacos a quienes dirijo mis miradas de odio; pero éstas no esconden ninguna simpatía, como pudiera ocurrir con las benditas gallinas; esos niñatos no alberan inocencia alguna, sino una estupidez supina. Antes pensaba que con los años madurarían, pero lo descarté cuando hallé adultos que, lejos de enmendarse, habían evolucionado en su proceso de degradación.
Al principio pensaba que a esos críos les iría bien pegarles con una docenaa de libros por lo menos, para ver si así les entraba en la cabeza un poco de esas letras; pero hoy no. Hoy sé que el único correctivo posible es el del cuchillo o las balas, como las que utilizan los traficantes de órganos del piso de arriba, cuya buena moza ya le ha abierto las piernas a toda la finca para que podamos apreciar la hermosura de sus atributos; o la banda de sicarios con la que trabajo, buena gente, que por un módico precio hace un trabajo limpio, sin la menor huella. Un día cualquiera aparece uno tirado en medio de un jardín, con el cuerpo infestado de moscas y un corte en el costado, por donde ha manado la sangre hasta el suelo. Quienes hallan el cadáver exhalan un grito de horror, muy distinto al de las apacibles gallinas; pero nadie nos ve. Y en caso de vernos se les olvida.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/11/2021.

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