HERMOSA QUIMERA

*Texto presentado al Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene. Tercera consigna: Un no lugar.

HERMOSA QUIMERA
Reconozco estas paredes, este edificio; reconozco hasta el acento de las personas que me rodean, con las cuales no tengo trato, mas cuyas conversaciones, o siquiera palabras aisladas, llegan hasta mis oídos. Tampoco escapa a mi conciencia este aire cálido, ni esta indumentaria colorida, ni esos rasgos indígenas. El caso es que no recuerdo haber dado el paso definitivo, el que venciera mis escrúpulos para llegar a este lugar tantas veces añorado.
En la fachada del edificio puedo leer «Hospital español». Pienso en la ironía de encontrarme tan lejos de mi patria con un hospital que ostente dicho nombre, y en que éste sea el primer inmueble que vean mis ojos tras llegar a tan anhelada tierra, mi paraíso perdido. Nunca consigo librarme de los hospitales; adondequiera que voy, ahí hay uno esperándome. Preso de la curiosidad, entro en él, sólo para ver a sus trabajadores y a los pacientes, fijarme en sus rasgos; ver cómo es por dentro, leer las indicaciones, comprobar si hay términos diferentes a los que se emplean en mi país; y, sobre todo, oír ese dulce acento que tanto me embriaga.
Atravieso los pasillos y asciendo las diferentes plantas con creciente curiosidad. «Urgencias», «Rayos X», «Sólo personal autorizado» son carteles que desfilan ante mí con indiferencia. De repente siento un pequeño escalofrío cuando leo «Oncología». ¿Cómo olvidar todos los meses que pasé al filo de la muerte? Huyo como si hubiera visto un fantasma. «Digestivo» ¿Cómo no? ¡Todo un clásico!, me digo para mis adentros, como si se tratara de una famosa canción. En los últimos años había tenido innumerables problemas; capaz que terminaba por pedir consulta, aunque fuera por no perder la costumbre.
Continué mi recorrido. Llegué hasta «Maternidad». Veía médicos que se afanaban con la misma diligencia que ya había visto en mi ciudad; futuros padres que conversaban animadamente entre ellos; personas que no se habían visto nunca y que probablemente no volverían a hacerlo, pero que en ese instante supremo se veían unidas por los dulces nervios y la dicha de la paternidad cercana. Cuánto tiempo llevaban con sus esposas, cómo las habían conocido. esperaban una niña o un niño, qué nombre le pondrían, eran los temas recurrentes.
Absorto por la hermosa imagen que me ofrecían esas personas, me sorprendió un médico que se me acercó con una amplia sonrisa; vestía la típica bata verde, con un gorrito y guantes azules. Cuando estuvo plantado frente a mí, con su acento sureño me dijo:
-«Felicidades, don Carlos. Todo ha salido bien. Ha tenido una niña preciosa. Su esposa está recuperándose; enseguida podrá entrar a verlas».
No sabría describir el efecto que tales palabras produjeron en mí. Aquel hombre hablaba con plena seguridad de lo que decía, como si no hubiera ningún error, como si yo fuera el padre de una bella y adorable criatura; como si mi esposa, la mujer por la que había hecho tan largo y anhelado viaje y a quien aún ni siquiera había podido ver, hubiera sido la que hubiera dado a luz. Intenté balbucear alguna palabra de protesta por no comprender lo que me decía aquel hombre, pero no conseguí emitir ningún sonido articulado; y él, parado ante mí, me seguía mirando con su flamante sonrisa.
La luz comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana; los ruidos de afuera me golpeaba con su amarga insolencia. Y yo me empeñaba en apretar la almohada contra mi cabeza, afanoso por ese sueño que me brindaba la posibilidad de gozar lo que la vida real se obstinaba tercamente en negarme; por esa inigualable esposa, por esa querida hija y por ese futuro de bien merecida dicha para los tres; un futuro que sólo dentro de mi sueño podía consumar.

Autor: Javier García Ninet, un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/11/2021.

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