UNA CONCIENCIA TRANQUILA

*Sexto relato presentado al sexto Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene. Última consigna: veinte años más tarde. Tomo ideas de Crimen y castigo y de Confesiones del estafador Félix Krull y el protagonista de El castillo:


Recostado en el cómodo diván de la sala, alumbrado tan sólo por la tenue luz mortecina que manaba de la lámpara de araña que pendía del techo, Joseph reposaba en medio de aquella meditabunda soledad, protegido por su gabardina del aire gélido de la noche, que inevitablemente se filtraba por los pequeños resquicios que había en su cabaaña y helaba las rústicas paredes. El aire estaba viciado, confundido con el humo que brotaba del puro que placenteramente fumaba el señor K; daba fuertes bocanadas al mismo y cerraba los ojos, tanto para protegerlos como para gozar más de ese sublime momento y abismarse en el recuerdo de lo que habían sido sus últimos años; esos años repletos de gloria y de bellos e inolvidables golpes, la memoria de los cuales era lo único que le quedaba en el otoño de sus días, cuando, con los cabellos encanecidos y el cuerpo debilitado, aguardaba con paciencia el final de sus días. No se avergonzaba ni se arrepentía de nada; sabía que todo cuaanto había hecho a lo largo de las dos últimas décadas era lo que verdaderamente le había dado sabor a su existencia; y era por ello que en esos postreros instantes podía asistir a la despedida sin pesar, sólo con una sonrisa de satisfacción y una mirada serena.
No habría sido posible nada de aquello de haber tomado esposa. Bien lo sabía; y por ello había renunciado de buen grado a las comodidades que sus más allegados le sugerían tan a menudo. No; él no estaba hecho para una vida convencional. Prefería sentirse libre, sin la limitación que suponía tener a alguien cerca. Tampoco le suponía esfuerzo alguno; los sentimientos no cabían en su esquema de valores. Pese que guardaba cierta consideración por aquellas personas que le profesaban un determinado afecto, en el fondo consideraba que ese carácter era un síntoma de debilidad; que la fortaleza residía en el individualismo, en no precisar de la ayuda de otros más que en casos puntuales. En el caso de que lo deseara, por unos pocos billetes podía trabar contacto con una mujer; pasar unos minutos de fría pasión, tan gélida como el viento que silvaba raudo afuera, y disfrutar del sexo como de una transacción comercial más.
Porque eso era lo que había sido su vida, a fin de cuentas: un constante intercambio. Vendía su fuerza, su astucia; los demás compraban aquella sagacidad. Se reservaba el derecho de aceptar los encargos, previo análisis de los mismos, para calibrar la posibilidad de cumplirlos con éxito o incluso si eran dignos de él. Era un profesional; quería que todo lo que hiciera fuera una obra maestra; por eso se cuidaba mucho de escoger a sus víctimas. Y es que el señor K había hecho del mundo del crimen un arte.
Del mismo modo que consideraba los sentimientos como propios de personas débiles, también era partidario de eliminar a aquéllos que veía como un estorbo; aquéllos cuya existencia era parasitaria. Tenía a esas gentes como seres ruines de la más baja estofa, muy por detrás de aquéllos que derramaban lágrimas por accesos de ternura o de dolor. Si a éstos los tenía por inferiores, a los otros los veía como un horrible cáncer de la sociedad, el cual había que extirpar sin contemplaciones, antes de que continuara infestándolo todo.
Al principio le causó cierta impresión comprobar que era capaz de matar. Ése había sido su primer golpe, hacía treinta años, cuando se deshizo sin contemplaciones de aquella maldita usurera que pretendía cobrarle tan alto precio por un modesto cuartucho en el centro de Mosscú. Todavía con las manos manchadas de sangre, huyó de la recámara dejando el cadáver en el suelo, a la espera de que otro de los inquilinos del inmueble lo hallara, y desapareció. El corazón le palpitaba desbocado; tardó mucho en serenarse. Después de aquello, sin embargo, ya no volvió a ser el mismo. Había descubierto hasta dónde podía llegar. Y no sólo eso: le había producido placer; había visto en ello una acción de poder y de justicia; se había reafirmado a sí mismo frente a aquel ser tan despreciable que lo consumía como una sanguijüela. Entonces decidió que, si no podía conseguir que el mundo fuera un lugar mejor, al menos haría cuanto estuviera en su mano para liberar a su entorno de toda esa inmundicia.
¿Cuánto le quedaría de vida antes de expirar su último aliento? Ni se lo planteaba. Sólo se limitaba a descansar en su diván, frente a la estufa de leña que ardía sin pausa, mientras soñaba despierto con aquellos días lejanos. Se tenía a sí mismo por un héroe anónimo e incomprendido; por alguien a quien el mundo debía mucho, aunque no lo apreciaran. Pero sabía que algún día, aunque él ya no estuviera y tuvieran que pasar muchas generaciones, las mentes más preclaras sabrían valorar en su medida sus actos no como vulgares crímenes propios de una mente enferma, sino como actos de justicia perpetrados por una mente privilegiada.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/11/2021.

6 comentarios en “UNA CONCIENCIA TRANQUILA

    1. Muchísimas gracias, Ana! Una compilación de textos! Me encantaría. Y una novela…! Eso es mi sueño! Ojalá lo consiga algún día, pero de momento los nervios me bloquean.
      En cuanto al protagonista de este relato, sí, es un narcisista; pero hay ideas de Dostoievski y de Mann que me parecen interesantes, al menos desde el punto de vista teórico, igual que la idea del superhombre de Nietzsche.

      Le gusta a 1 persona

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