VENCEDOR DE LA MUERTE. VERSIONADO.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, internado en la habitación de este hospital; no sé siquiera dónde me encuentro. Hace apenas unas horas que recuperé la conciencia, pero los médicos son muy reservados; se me acercan con una sonrisa conciliadora y me dicen que no haga esfuerzos por hablar; que descanse. «Ha tenido usted mucha suerte; otros no podrán contarlo. Ahora procure relajarse. Cuando tenga fuerzas ya hablaremos.» Eso es lo que me dijo aquel tipo regordete de mediana estatura, con sus gruesos lentes calados y con un bigote imponente, a juego con sus largas patillas; debía de tener ya unos sesenta y estaría próximo a la jubilación, a juzgar por las canas que se acumulaban en las sienes, unos de los pocos cabellos que rodeaban su reluciente calva. Tenía unos ojos pequeños que me miraban con picardía; unos ojos azules que me traían a la memoria ese cielo tan inmaculado, libre de nubes, donde me embarqué una mañana de noviembre, confiado en aquel tiempo tan apacible que nos auguraba un vuelo sin complicaciones; un azul mucho más claro que ese otro que también acudía a mis mientes cuando las pupilas de ese bondadoso hombre entrado en años me observaba; un azul que más bien era oscuro, y que estaba mezclado con un regusto amargo y angustioso. Por más que la mirada de ese señor tratara de aportarme calma, lo cierto es que entonces me provocó zozobra.
No por nada en particular; nada malo hacía aquel médico tan comprensivo, amante de su vocación y de sus pacientes, según intuí por su tono relajante cuando me preguntó con su dulce acento caribeño si tenía hambre; si quería que me sirvieran ya la comida. Un acento muy lindo, como no podía ser de otra manera; siempre me han encantado esos acentos. Aquél en concreto debía de pertenecer al país adonde me dirijía en mi vuelo; o tal vez no. Los países caribeños y centroamericanos creo que comparten acentos parecidos; o yo, al menos, tiendo a confundirlos; y el médico, por otra parte, podía ser originario de ahí, pero encontrarse -y enconarme yo, por tanto- en otro lugar. Como quiera que sea, aquel acento tan melódico, acompañado por el azul que brotaba de sus ojos, me ayudó a rememorar los últimos acontecimientos, antes de perder la conciencia: Había tomado un vuelo a principios de noviembre, como ya dije, con objeto de encontrarme con mi cara mitad y cumplir así nuestro anhelado sueño. Todo en mí eran nervios aquella mañana, tanto por las ansias de ver a mi prometida como por tener que afrontar un viaje de doce horas, toda una eternidad; no sabía si lo soportaría. Visto con perspectiva, aquello era toda una experiencia muy romántica: cruzar el charco para hallar la felicidad en la figura de aquella mujer sin par; realizar algo que de alguna manera me hacía pensar en una gesta de un caballero medieval. A ello contibuían las palabras de mi amada, que evocaba a menudo los versos de aquel gran poema del insigne Rubén Darío, «la princesa está triste»; y me tenía como su príncipe vencedor de la muerte.
Desde luego, aquella madrugada me convertí en doble vencedor cuando se desató una fuerte tormenta que nadie había sabido predecir; y ahí, en medio del gran océano, nuestro poderoso caballo alado vaciló, sacudido por feroces vientos, como si fuera un títere con el que jugara un dios maligno. Todavía creo estar oyendo los gritos de pánico de mis compañeros; aún veo el equipaje de mano rodando por el aire; algún bolso me golpeó. Yo, sin embargo, no tengo noción de haber reaccionado; creo que me quedé paralizado. Lo único que puedo reconstruir con la imaginación es que naufragamos, pero nada más. Ignoro cuántos sobrevivimos y cuántos perecieron engullidos por las voraces aguas.
Pasados dos días, aquel médico entró con su eterna sonrisa y me dijo:
-«Buenos días. Tiene usted visita».
Aquellas palabras me desconcertaron; nadie podía tener noticias mías en aquel lugar. Iba a decir algo cuando el médico salió y en su lugar entró la mujer a la que ya consideraba mi esposa. Llevaba un vestido rojo muy corto que le favorecía; resaltaba más el tono dorado de su piel. Se me acercó sonriendo, pero sin poder evitar que se le escaparan las lágrimas, imagino que en parte fruto de la felicidad; en parte, por verme en tal estado. Me abrazó con ternura, cuidando de no hacerme daño. Fue la primera vez que sentí sus oscuros cabellos contra mis mejillas; la primera vez que aspiré con pasión su aroma; la primera vez que mis labios saborearon los suyos y que nuestras lenguas se entrelazaron.
-Amor, ¿qué haces aquí? -alcancé a preguntar cuando nos hubimos serenado, mientras ella sacaba un pañuelo de su bolso para secarme las lágrimas, mientras con otro se sonaba-.
-Supe lo de tu accidente; creí que me moría. Llamé a todos los hospitales y di tus señas, pero no conseguía dar contigo. Estaba destrozada. Es muy duro no saber siquiera si la persona a la que amamos está viva o muerta. Si me hubieran dicho que habías muerto, me habría dolido terriblemente, pero habría tenido una certeza. Cuando por fin me dijeron que estabas aquí, tomé el primer bus. Desde entonces he venido a diario; me alojo en casa de unos parientes. Se me escapó un grito de alegría cuando ese buen hombre me dijo que habías despertado; pero imagínate mi desilusión cuando me dijo que aún debía esperar unos días para verte. Al final conociste el hospital español -dijo, forzando una sonrisa-.
-No es posible. De tantos hospitales como hay debían traerme a éste. Soñe que un día lo visitaba, pero en unas circunstancias muy distintas; no era por mí, sino por ti. A decir verdad, mi sueño era muy confuso. Yo había acabado de llegar; aún no habíamos tenido tiempo de vernos siquiera; pero me daba un paseo por el centro, llegaba a la zona de maternidad y me salía al encuentro un médico que me llamaba por mi nombre y me decía que todo había salido bien; que habías tenido una niña muy hermosa.
-Desde luego es un sueño raro; pero lo que está claro es que te hace ilusión ser padre, por más que lo niegues. Es posible que el sueño que tuviste fuera premonitorio -dijo, ilusionada con una maternidad a la que yo siempre me había opuesto. Mi sueño había avivado sus esperanzas por tener un hijo; y yo, siempre tan reacio, veía tambalearse mi resistencia. Aún haría objeciones; no daría con facilidad mi brazo a torcer. Sin embargo, sabía que la batalla estaba de antemano perdida. Lo había sabido desde que aquel sueño me asaltara, por más que no hubiera querido reconocerlo; pero aún más después de contemplar el brillo de su mirada y la bella sonrisa de esos labios que hacía unos minutos había tenido el honor de catar-.
-Pero amor, no me siento preparado. Me encantan los niños, pero no para criarlos; sería un padre horrible; no tengo paciencia.
-Los niños te encantan, como tú mismo has dicho; eso es suficiente. Serás un gran padre. Además, no estarás solo; los criaremos los dos.
-¿Los? ¿Ya no te conformas con uno, que hablas en plural?.
-Uno sólo se aburirría; mejor dos.
Me acariciaba las manos con suavidad y cada poco me besaba, mientras yo dejaba que su voluntad poco a poco me venciera, del mismo modo que yo había vencido a la muerte.
Al fondo de la sala había una repisa donde habían amontonado mi ropa. Le pedí a mi prometida que me acercara los pantalones. Cuando lo hizo, saqué de uno de los bolsillos una cajita y la abrí frente a ella. Los dos anillos de plata de su interior hallaron como respuesta el brillo en sus ojos, y nuevas lágrimas que como veloces ríos fluían por sus mejillas.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/11/2021.

3 comentarios en “VENCEDOR DE LA MUERTE. VERSIONADO.

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