GÉNESIS (XXXI)

A la mañana siguiente, temprano, se presentó Lucio con Katiochka frente a la cueva donde yacía escondido Caín. Un fuerte olor mana de su interior; un olor pestífero que incomodó a la joven, que se llevó la zurda a la nariz para protegerse de semejantes efluvios.

-Aguarda acá; yo volveré enseguida. A juzgar por semejantes olores, es obvio que Caín está aquí; pero no temas. Aunque ahora te parezcan fuertes, con el paso de las horas te acostumbrarás y te parecerán menos molestos. Además: cuando todo haya terminado y se haya restablecido la normalidad, la peste desaparecerá. Pero ahora tengo que conseguir un poco de comida; ese desgraciado debe de estar ambriento. ¡Ozú, pero qué hermosa eres! ¡Cómo se nota que tienes buenos genes! Pero no me entretengo más. Además: más vale que esto acabe lo antes posible.

Lucio se ausentó por un breve intervalo, cosa de una media hora. Cuando regresó, su hija permanecía sentada en el suelo, a los pies de la caverna. El dios se presentó con un bisonte muerto agarrado por las patas. Katiochka, algo más resignada al olor, había apartado la zurda y ahora trazaba en la arena pequeños círculos concéntricos, luego yuxtapuestos a otros, para distraerse.

-¿Qué? ¿Aún no ha salido? Así me gusta; buen chico. Que me haga caso. De lo contrario, muy probablemente ahora estaría muerto. Pero ahora vamos a asar este bicho, que nos vendrá muy bien a los tres, y luego ya pasaremos a la faena. Enciende el fuego; yo iré a sacarlo de la madriguera.

En el preciso momento en que Lucio entraba en la cueva, halló a Caín de pie, camino de la salida, con una cuerda entre las manos y expresión angustiosa. Nunca lo había visto así; ni siquiera cuando el viejo estuvo a punto de matarlo; ni cuando la divinidad le increpó por su fratricidio. Lucio, con la mirada turbia, observando la cuerda, lo interrogó:

-¿Qué haces? ¿Adónde vas con eso?

-¡Déjame en paz! ¡Ya no lo soporto más! ¡La he cagado! ¡Ya no volveré a ver a mis padres! ¡Nadie me aceptará! ¡Necesito acabar con esto!

Gritó, mientras se precipitaba hacia la salida desesperado. Lucio lo interceptó cuando pasó por su lado, lo sujetó por los brazos y lo zarandeó.

-¡Quieto ahí! ¡Sí! ¡La has cagado! ¡Pero no tanto como el hijo de la chingada que te dejó esa marca tan asquerosa en la frente! ¡Ahora haz el favor de escucharme bien -le gritó, mientras lo observaba a los ojos con una mirada seria y penetrante-! Ahí afuera está Katiochka. Ni yo ni su madre la hemos obligado a venir; lo ha hecho por voluntad propia; y encantada, además. Lo único que pide es que después de comerle el conejo te la cojas. De modo que todo son facilidades; se te borrará la marca y la gente volverá a aceptarte. En cuanto a tus padres, no tienes el porqué de preocuparte. Les conté lo que había sucedido. Tu madre casi se muere de la pena; pero después les conté que sodomizaste al viejo y se sintió muy orgullosa de ti; y más porque les dije que Abel veneraba al viejo. Así que ya sabes: si te portas bien, mañana mismo podrás volver a verlos; o esta noche, si nos damos prisa. Katiochka está asando un bisonte; imagino que debes de tener un hambre atroz. Conque ahora desayunamos con calma, le comes el coño y te la cojes. ¿Entendido?

Caín, que al principio había escuchado los reproches de su salvador con incredulidad, manchadas sus mejillas por lágrimas de pesar, veía cómo el color regresaba a su cara. A medida que el discurso del otro había ido progresando, sus esperanzas también se habían restablecido, hasta el punto de esbozar una amplia sonrisa. Satisfecho por recobrar una vida que ya consideraba perdida, dejó caer la cuerda al suelo y abrazó a Lucio.

-¡Menos mal! ¡Llego a tardar unos segundos más y te encuentro ahorcado de un árbol y con buitres a tu alrededor! ¡Es la segunda vez en dos días que te salvo la vida!

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde el fuego de mi perversión.

17/11/2021.

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