RECORDANDO A KAFKA

No sé por qué en estos últimos días me ha venido a la cabeza la imagen del gran escritor checo. Imagino que es porque, en mi estúpida y absurda soberbia, en muchos aspectos me siento identificado con el genio pragense, por más que no pueda estar a au altura en cuanto a calidad literario; y creo que eso me duele. Por lo demás, desde el principio ambos adolecimos de una muy mala salud, que a su vez es posible que influyera en nuestros caracteres retraídos y pesimistas. Kafka se relacionó con un selecto grupo de personas; y su fuerte personalidad, por otra parte, le llevó a imprimirle un sello de talento a toda su obra; una obra, a la que, por otra parte, se dedicó con devoción. Según afirma en sus diarios, la literatura era en él una necesidad; escribía por pasión, por una urgencia del alma; y se lamentaba cuando su trabajo le restaba tiempo para ella. En cuanto a mí, nacido en otro tiempo y en otras circunstancias, no puedo quejarme de dicha falta; en todo caso, me quejo de la falta del talento de que él disponía y de no ser capaz de escribir un mísero libro.

En medio de su profunda soledad, que lo llevó a tener una intensa amistad únicamente con Max Brod, quien estaría a su lado en sus últimos momentos y sería su albacea, Kafka también amó. Ahí están las cartas a Milena, donde se muestra un sentimiento sincero por una mujer a quien consideraba especial por su fuerte carácter, quizá como en su día opinó el propio Nietzsche acerca de Lou Salomé. En ambos casos quedó en algo platónico, si bien en el de Kafka se vislumbra una cierta correspondencia; aunque nunca llegaba a más, debido a la independencia de Milena y a que ésta era consciente de la situación enfermiza del checo y a su carácter nervioso y pesimista, tal como se lo hizo saber en confianza al propio Max Brod.

En medio de esta situación tan difícil, llena de amores imposibles, de fracasos y de decadencias, también veo cierta afinidad conmigo mismo. También yo he amado a una mujer especial. Quizá el uso del pasado dé pie a equívoco, porque el sentimiento permanece; la sigo amando. La similitud con los casos anteriores es que, aunque aquí pueda hablar de una correspondencia plena, la consumación es tan difícil, que temo que el resultado final sea igualmente platónico, viéndonos ambos obbligados a vivir de nuestros sueños, renunciando a la posibilidad de ser felices.

Así, incapaz de emular a Kafka en la literatura, por más que me sienta identificado con él por nuestro carácter y mala salud, creo que a lo más que aspiro es a convertirme en uno de los personajes de sus obras; acaso uno de esos que lucha por sus objetivos y que acaba sucumbiendo ante la vorágine de la fatalidad. ¿Qué le hubiera ocurrido a Joseph K si Kafka hubiera terminado El castillo? Seguramente lo mismo que a K y a Gregor Samsa. Como dichos personajes, yo quisiera una vida normal, acaso anónima, pero con los goces típicos de la mayoría de la gente, sin problemas para sobrellevar el día a día, con una ilusión por la que levantarme cada mañana, en vez de aguardar la muerte casi como una salida a tanta angustia. Porque, por otra parte, si soy incapaz de la calidad literaria de Kafka, me consta que perfectamente podríamos tener el mismo final. Antes de cumplir los 41 se eclipsó aquella vida prodigiosa, atacada por la tuberculosis desde hacía unos años. Poco queda ya para que alcance esa edad; y, francamente, a tenor de las informaciones que me han llegado y de cómo está reaccionando mi cuerpo desde hace unos pocos meses, perfectamente podría acabar todo para mí en breve tiempo.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

22/11/2021.

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