CELIA

Por allá viene Gustavo, siempre con su boina tan característica. ¿Qué carajo hacés agarrando la mano de Celia, boludo? ¿Es que acaso no te das cuenta de que podría ser tu hija? Pero vos siempre igual; te resistes a envejecer; o a admitir que sos viejo, que no es lo mismo. ¿Es que no te das cuenta de que llega a ser grotesco ver a un hombre como vos, con la mitad de la barba encanecida, junto a una jovencita a la que casi doblás en edad? Pero en fin… Supongo que no me queda otra que aceptarlo. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de degenerados y de enfermos; y nuestra pequeña sociedad bonaerense establecida acá no iba a ser menos. Quizá hasta debería agradecer que la degeneración venga por ahí, y no por otro sitio.

Pero, si Gustavo es un degenerado y un enfermo, ¿qué debo decir de vos, Celia? Porque Gustavo no te lleva a la fuerza; te agarra de la mano porque tú se lo permites, como queda patente por esa sonrisa angelical que siempre te conocí; la misma que lucías aquella noche en la disco y que dejó embelesada a Paula. Cómo me ignoraron las dos durante toda la noche. ¿Y por qué no acudiste al día siguiente? La buena de Paula te estuvo esperando con ganas; parecía completamente evadida de todo; me ignoraba como si no existiera, mirando a todas partes en busca de tu fino talle, de tu cabellera rubia y de esa voz tan dulce. Confieso que, si se me hizo duro que Paula me ignorara, en cambio me supuso un gran alivio no verte; era como tener la certeza de que había desaparecido mi gran rival. Por ello podrás imaginar cuál fue mi chasco cuando una semana más tarde volvimos a coincidir los tres; un chasco tan grande como grande y espontáneo fue el grito de alegría que lanzó Paula al verte. ¿Acaso tu ausencia fue porque quisieras refugiarte en tu soledad? ¿Porque te encontraras enferma? Nos contaste que las obligaciones te habían obligado a viajar; que habías estado ocupada. No te creí ni una palabra. Saltaba a la vista que Paula te interesaba tanto como tú a ella; pero eso no era suficiente. Necesitabas hacerte valer, que notara tu ausencia, por más que te murieras de ganas por volver a verla, para que luego te valorara aún más. ¿O es que acaso crees que no sé lo que pasó luego? ¿Acaso crees que ignoro que se acostaron mientras Paula y yo aún éramos pareja? Lo que más me dolió fue que me lo ocultara y que ni siquiera me invitara a tomar parte en sus aventuras.

Y miráte ahora. Parece mentira. Después de la historia con mi esposa, me cuesta entender hasta qué punto te has degradado, cómo has llegado a aceptar a un sujeto como Gustavo. Si me costó asimilar lo tuyo con Paula y verte con buenos ojos, como una niña inocente y caprichosa, una perdida de buen corazón, como mi esposa, con su mismo espíritu aventurero y loco, pero más joven, luego aprendí a tomarte verdadero afecto, como un padre a su hija; por eso ahora me alegra tanto que acudas a nuestras reuniones y verte con tu hermosa sonrisa; y por eso ahora me duele tanto verte en manos de Gonzalo. Vos valés mucho más que eso; podrías tener a cualquier hombre y a cualquier mujer; no necesitás plegarte a los deseos del primer viejo que se te cruza. ¿o es que actuás así porque en el fondo sos una mujer insegura? ¿Necesitás de un adulto que te domine y que te fije las reglas? ¿De alguien que te diga cómo debés vivir? Si así fuera, mejor hubieras continuado con Paula; es mucho más atractiva, menos vieja y más cuerda que el alcohólico de Gustavo.

*Relato basado en la novela 62. Manual para armar.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/12/2021.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s