UNA MIRADA AL ABSURDO

¿Para qué vivir?

Era una pregunta que, pese a lo intrincada y deprimente, desde su temprana infancia albergaba en lo más recóndito de su ser. Mucho antes de oír hablar de aquello que ahora conocía como nihilismo, se comportaba como un pensador de dicha raigambre. ¿Cuál podía ser el sentido de la existencia -si era que de verdad lo había-, si, una vez transcurrida una determinada cantidad de tiempo, que podría varias entre unos pocos días y unas cuantas decenas de años, ese yo apolíneo, esa particularidad individual, se perdía para diluirse para siempre en el todo dionisíaco y no dejar rastro alguno de su paso por el mundo? Cuanto más lo pensaba, más absurdo le parecía todo; y, cuanto más larga era la vida de uno, mayor sería su apego a la misma y mayor dolor le causaría desprenderse de la misma. Bien era cierto que no todas estas ideas se había dado cita en sus mientes en su infancia; que, si al principio sólo habían aparecido algunas en forma embrionaria, arrancándolo del sueño con cálidas lágrimas en las que se mezclaban el miedo y la indignación por lo inevitable, el grueso de su pensamieento se había ido desarrollando día a día, año a año, con el apoyo de desgarradoras experiencias y unos estudios que de alguna manera le habían reconfortado, al hallar en otras personas inquietudes que desde hacía mucho le habían azotado.

También se le antojaba curioso que, si bien es doloroso desprenderse de la vida, para quienes pasaban por una existencia angustiosa debía ser una experiencia liberadora; mas, si así lo era, ¿por qué no se atrevía a dar el paso? Desde luego, sus años atesoraban un sinfín de desdichas. Si algo debía reprochar a su ateísmo, a esa ausencia de un Dios a quien culpar de su suerte, era que no podía vaciar su cólera en nadie. Por otra parte, recordaba con sarcasmo aquellas enseñanzas recibidas de niño, cuando le decían que toda buena persona recibía una recompensa por parte de la vida a sus buenos actos. Una risa sardónica resonaba con estrépito en su interior ante semejante pendejada. Durante años había sido un ser inocente; había puesto siempre la otra mejilla, como los buenos cristianos, y había mirado el lado bueno de los demás; y, en cambio, esa vida que debía haberle recompensado lo había tratado con desprecio. Ahora era él quien trataba con desprecio a la vida. Cuando lo pensaba fríamente se decía que aquello era absurdo; que no se podía culpar a un ser abstracto de nada. Sin embargo, en su frustración necesitaba culpar a alguien para desahogarse; pensar que había alguien en quien poder volcar su furia. Qué bien le habría venido un Dios omnipotente.

Y, no obbstante, pese a los sinsabores de la existencia que llevaba a cuestas, se negaba a ponerle fin. Si no tenía nada que agradecerle a la vida y sí, en cambio, mucho que reprocharle, ¿por qué no cortar con ella? Era como no tener el valor suficiente para abrir el gas, para clavar el cuchillo, para saltar del puente, para arrojarse a la carretera. Total: tarde o temprano tendría que morir. ¿Para qué esperar, cuando su vida estaba abocada al fracaso desde el mismo instante de su surgimiento? Una salud quebrantada, una suerte infausta… Durante años había tenido esperanzas de que algún día todo cambiaría, pero ya no. Si toda existencia era de por sí absurda, la suya aún más si cabe, puesto que había perdido la sonrisa y la ilusión. ¿Por qué no podía deshacerse de esa red que lo apresaba? Cuanto más lo pensaba, más absurdo lo veía todo y más anhelaba su disolución en el todo dionisíaco.

Por otra parte, qué superioridad tan grande veía en el hecho de ser dueño de su vida; en, si no había podido elegir el vivirla ni cómo vivirla, sí poder escoger, en cambio, cómo terminarla y cuándo terminarla. Era su acto de heroñismo, el único que le permitía reivindicarse a sí mismo, por paradójico que ello fuere, mediante el postrer acto de su existencia, el último de la misma, antes que permitir que ésta se extinguiera por sí sola en medio de la angustia y de crueles enfermedades; en vez de ver cómo todo su ser se reducía hasta quedar consumido por el abismo.

Autor: Javier García Ninet.

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

08/12/2021.

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