UN SENTIMIENTO AMBIGUO

Pasa el tiempo y continúo enfrascado en la misma lucha; en este continuo vaivén de sensibilidades, tan aferrado a la vida, tan anhelante de la muerte. Acaso sea por ello que en momentos como éste, cuando me siento aquejado de dolencias que me privan del sueño; cuando mi propio peso cae hasta peligrosas cuotas, en medio de la angustia y de la desesperación se abre en mí una sonrisa sardónica, con un resquicio de satisfacción, por sentir que el abismo se abre para acogerme. Es como si sintiera que la vida no me pertenece, que incluso no tengo derecho a ella. Es curioso. Es como si los años de desventuras me hubieran llevado a despreciarme de tal modo, a tener la autoestima tan baja, que deseara la muerte de una manera casi religiosa. Lo pienso y me rebelo contra esta idea. Puede que haya desprecio por la vida; puede que haya incluso desprecio por mí mismo. Pero lo de un sentimiento religioso es algo que me ataca los nervios.

En cualquier caso, estos días, cuando me siento privado del sueño y me veo forzado a arrastrar los días en medio de un profundo malestar, hasta el punto de llegar a sentirme liviano, como pronto a adormecerme y perder toda conciencia, lo he sentido como algo grato; quizá algo así como el drogadicto que pierde la conciencia durante unas horas por efecto del estupefaciente.

Creo que la idea que reposa en mi mente es que no merezco la vida; que, dados los continuos contratiempos que he tenido, he llegado a interiorizar algún tipo de culpabilidad que me lleva a querer darme castigo. Y creo que esto no ees algo nueva; lo tengo desde hace mucho. Ya de niño pensaba en ese dolor como algo que me hermanaba con quienes lo pasaban mal; ello me hacía sentirme igual, más cerca de esa gente. Quizá influyera la religión en todo eso, por mal que me pese; o quizá sea un trastorno nervioso arrastrado desde la infancia por los malos tratos.

Otra hipótesis que acude estos días a mi mente es que se trate también de sentirme más cerca de mi prometida, esa mujer maravillosa, que también tiene una salud delicada. Cuando la he visto sufrir me he sentido culpable; he pensado que una criatura tan adorable no se merecía tal sufrimiento; y hubiera deseado hacer míos sus dolores. Es por ello que quizá aquí adquiera una mayor actualidad este mórbido placer en el dolor, por sentir que de alguna manera me hermanaba a ella; que, si ella, que tanto vale, se debate en una situación complicada, yo, que nada valgo, no me quede a la zaga; que, si uno se extingue, el otro no permanezca para llorar su ausencia.

También es cierto, sin embargo, que en los momentos críticos me acobardo; que hago cuanto está en mi mano por evitar el naufragio, por más que éste avance imparable, debido a una salud ya de por sí quebrada. Es ésa la eterna lucha en que me debato, incapaz de decantarme por cortar los finos hilos que aún me mantienen ligado con el mundo de los vivos. Y así, a medida que el tiempo sigue su curso, mi salud, en medio de los azotes tan virulentos que sufre, cada vez más mermada, se deteriora a una velocidad mucho mayor de lo habitual. Pronto regresaré a los hospitales; pronto volveré a yacer en una de esas camillas, con un gotero pendiendo sobre mí, con una vía en el brazo; pronto volveré a sentir ese olor tan familiar, esos gemidos de dolor y esos lamentos; pronto volveré a ver esos pasos apresurados de los médicos y de los enfermeros. Acaso esta noche me acometa una vez más el insomnio; acaso una nueva mala digestión me prive del sueño, como sucede tan a menudo. Cada percance es un gran paso que me aproxima a ese desenlace, amado y temido.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/12/2021.

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