LA LLAMADA

¿Cuánto había dormido? ¿Cuatro? ¿Cinco horas? Desde luego no habría sido mucho tiempo. Si de normal lo dominaban los nervios cuando debía afrontar un trance importante, aquella noche, atenazado por aquella duda, sintió que el sueño le abandonaba.

Ahora se encontraba tendido en el lecho, cubierto por las mantas, pero con los ojos abiertos. Aún no había amanecido; las únicas luces que se filtraban por las rendijas de la persiana eran las de las farolas, que aún demorarían una hora en apagarse. Las voces de la calle le llegaban todavía como meros murmullos; los ruidos de los vehículos semejaban el cuchicheo de dos amantes furtivos. Se sentía abatido; su cuerpo ardía por la falta de sueño. Y después de todo era posible que sus nervios fueran por nada. Consultó el reloj de la mesita de noche. Las 7:50. En diez minutos abriría la clínica; calculó que tendría que esperar unos veinte para hacer la llamada.

Ya había tecleado el número de la clínica; sólo tuvo que pulsar para iniciar la llamada. Al cabo de pocos segundos le respondió el contestador automático, una voz femenina que le advertía de los horarios para los diferentes servicios: recogida de resultados, extracciones y consulta por especialidad. Cuando terminó el discurso, se produjo un corto vacío, llenado al cabo de poco por los pitidos intermitentes en espera de la comunicación. Así estuvo durante al menos un minuto, hasta que la llamada se cortó por falta de respuesta.

Frustrado por el intento fallido, reprimió su agresividad. Contrariamente a lo que era habitual en él, disculpó el fallo; consideró que la sanidad se encontraba ya demasiado saturada como para que personas como él incordiaran a los trabajadores por simples consultas. Pese a todo, se sentía demasiado débil como para bajar a la clínica; prefería no hacerlo si no era estrictamente necesario; quería que antes le confirmaran que reunía las condiciones necesarias para la realización de la prueba.

Telefoneó en diversas ocasiones, siempre con el mismo resultado. Le mortificaba la idea de tener que levantarse y vestirse para ir a hacerse los análisis y encontrarse al punto con que no se lo permitían. Sin embargo, por más que le cargara no recibir respuesta a sus llamadas, había algo que lo compensaba de sus reiterados fracasos; era esa voz femenina, anónima, que a cada instante le repetía el mismo discurso. Se preguntaba quién la habría grabado, si sería capaz de identificar a la mujer. Por el timbre de voz se la imaginaba de mediana edad, seria, imponente. Era un tono que le agradaba, que de algún modo le seducía. Pensaba en cómo serían sus facciones, en si se ajustaría al retrato que de ella se había hecho. En cualquier caso, aunque llegara a saber quién era, nunca le diría nada; siempre quedaría en algo meramente platónico.

Embelesado por aquella voz, volvió a telefonear. Ya casi había olvidado el motivo de la llamada; le importaba más oír aquellas palabras asépticas, indiferentes. Llegó a concebir la posibilidad de colgar tan pronto terminara el contestador para al instante iniciar una nueva llamada. Si al principio llegó a sentir un conato de irritación porque no le respondieran, ahora le aterraba que lo hicieran. Si así sucedía, se perdería para siempre la posibilidad de escuchar aquella voz tan melódica. Si volviera a telefonear, el número quedaría registrado, y no podría dar una explicación razonable a su comportamiento. Por otra parte, su salud estaba muy mermada. Era agradable y relajante escuchar esa voz, fantasear incluso con la mujer que había detrás de ella; pero sabía que le urgía hacerse aquellos análisis y salir de dudas cuanto antes; averiguar cuál era el resorte de su cuerpo que fallaba y descubrir si aún tenía arreglo. Por otra parte, se dijo en un arrebato de lucidez, quizá fuera su propio agotamiento el que le llevara a fantasear de esa manera, a actuar con semejante demencia.

Volvió a pulsar el botón de llamada y escuchó el contestador. Segundos después, otra voz femenina, que en su pesado letargo llegó a identificar con la misma con la que se había estado deleitando durante un cuarto de hora, le reespondió:

-Clínica Sorolla. Dígame.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

14/12/2021.

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