JOSÉ TRIGO, POR FERNANDO DEL PASO

Era…

Era un hombre…

Era un hombre de cabello encarrujado y entrecano. Tenía tantos años. Treinta y cinco, cincuenta. Cincuenta y cuatro trenes salen todos los días de la vieja estación de Buenavista y yo los cuento como cuento sus años.

Cuento los años y las cosas, como muelle, como patio de carga, garrotero, báscula de piso. Como torres de vigilancia, como ménsulas de señales: todo aquello que vio llegar a José Trigo en un tren de carga a estos llanos olvidados que son los de Nonoalco-Tlatelolco en Ciudad de México, que un día de mayo de hace muchos años lo vio caminar por los campamentos con una caja blanca al hombro, que una tarde de difuntos lo vio correr bajo el puente y perder un zapato, que una noche de un mes de diciembre de un año bisiesto lo vio de rodillas en Santiago Tlatelolco. Lo vio una vieja gorda y bruja. Lo vieron Todos los Santos. Lo vieron tres guardacruceros de las calles de Fresno, Naranjos y Ciprés. Lo vio un carpintero de la calle del Pino. Lo vio una mujer que viajó en una grúa. Lo vio un hombre que acicalaba un puñal. Lo vio un albino de piel de muévedo. Lo vio un ferrocarrilero de uniforme azul y anteojos ahumados. Lo vio la Virgen de Guadalupe. Y lo vi yo.

Como lo vi, un hombre de cabello encarrujado y entrecano y sin embargo bigote lacio y blanco como sentado en el muelle de un patio de carga y como mascando algo como que me miró después de restregarse los labios y los bigotes con un papel mojado de babas, lo cuento. Él me vio llegar de lejos, en el amanecer de un once de enero de un año bisiesto de hace muchos años. Me miró y no me miró, porque el sol -¿o la luna?- le daba en los ojos y yo estaba en sus ojos caminando entre las vías oxidadas de durmientes podridos donde hacía mucho tiempo no corrían los trenes de carga que desde mil novecientos veintiocho llegaban a la antigua estación de Nonoalco, donde había un a bodega de más de seis mil metros cuadrados, donde había cinco vías con capacidad para ciento sesenta carros: yo cada vez más grande en sus ojos, él cada vez más grande en los míos, y los dos que nos miramos, y yo que le pregunto:

-¿José Trigo?

Y él como mirando más arriba de mi cabeza, donde el humo de las chimeneas de fábricas de jabón, de vidrio y de cerveza se confunde con el humo de la vieja locomotora de maniobras que cambia los carros de carga de una vía a otra, de una espuela a otra, a diez kilómetros por hora, y con el humo del tren que arrastra carrotanques petroleros de grandes cúpulas de aluminio y furgones llenos de manzanas y góndolas que llevan arena, grava y piedras, y con el humo del fuego de un basurero donde hace muchos años yo vi, cuando pasaba por los llanos de Nonoalco preguntando ¿José Trigo? un cráneo de conejo en un cerro de cáscaras de naranja y una paloma muerta y un par de zapatos rotos y un haz de leña atada con un vencejo y un niño desnudo que orinaba agitando los brazos y que no respondió cuando yo pregunté ¿José Trigo? el día en que un hombre en un muelle o en un carril arrodujado y entre cansado y gangoso manducando me miró por arriba de mi cabeza y me dijo:

-¿José Trigo?

Era un hombre. Era un hombre cada vez más grande y cada vez más viejo y de rostro cada vez más iluminado por el sol que me daba en la nuca cuando yo caminando era cada vez una sombra más grande que vi un día en que yo estaba sentado en un caaril o arrodujado y que me miró y me preguntó ¿José Trigo? mientras gruesos y lentos goterones de sudor escurrían de mi frente de cabellos cabalgantes con el viento y se empañaban: con el polvo de balastro, de herrumbre, de hollín y de hierbas polvodeoro insuave rubio por el sol y barrían los surcos salcochados de mi piel resquebrajada:

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s