CAFÉS DE INVIERNO

Ya había anochecido. Se le hacía raro, pero agradable; las seis de la tarde y apenas quedaban unos rayos de luz, que, perezosos, se resistían a retirarse, y daban al horizonte un toque encarnado, como agonizante. Esa estampa le embriagaba, así como la oscuridad plena. Lástima que esa situación no fuera permanente; que desde esa misma tarde los días empezaran a alargar y cada vez fueran más las horas de sol. Contrariamente a muchas personas, que estimaba serían la mayoría, se sentía más a gusto en medio de la crudeza del invierno, con sus fríos gélidos y sus tinieblas; poder dormir abrazado a las mantas y en el silencio de su soledad. Nada de eso podía ofrecerle el verano, tan alejado y distante del estado quebradizo de su alma moribunda, que buscaba en el crepúsculo el reflejo de su inquietud, de su pesadumbre. A menudo se sentaba frente a una taza de café amargo y humeante y lo saboreaba con calma, con la mirada perdida en la lejanía, resguardado en el interior de un bar, junto a la ventana, alumbrado por una tenue luz.

Estar en la calle era diferente. No bastaba que anduviera bien abrigado; por el mero hecho de estar quieto se congelaba. El café estaba caliente, pero ello no le compensaba; tenía que abrasarse para no quedarse helado; y así no podía disfrutar como antes, cuando gozaba durante un cuarto de hora, ensimismado.

Cuánto habían cambiado las cosas en los últimos seis meses. Las autoridades, cada vez más restrictivas, iban estrechando el cerco contra aquéllos que se resistían a acatar esas órdenes veladas bajo el paraguas del bien común; ese mandato imperativo para someterse a algo que desde el principio había considerado una charada. Había demasiados cabos sueltos en esa historia; no pensaba dar su brazo a torcer; no tan fácilmente. Tenía sus derechos, su vida. Ellos lo sabían; e iban por él y por todos los suyos; les seguían los pasos y coartaban su libertad de movimiento.

Echó una ojeada al interior del local; estaba prácticamente vacío. Nadie le diría nada si entraba. Al fin y al cabo, tenía su consumición; y en eel interior no había nadie a quien pudiera contaminar con sus ideas subversivas. Debía actuar con decisión; agarrar su café y entrar en el local sin pedir permiso, como algo natural -pues al fin y al cabo lo era, y él estaba convencido de ello-. Sin embargo, tan pronto como llegó al umbral de la puerta, la atronadora voz del camarero le hizo detenerse.

-¡Espere! ¿Me enseña su pasaporte, por favor?

-Me he pedido un café. Fuera hace frío; quisiera tomármelo dentro, como he hecho en los últimos cinco años.

-No me cuente su vida. Si tiene frío, ése es su problema. No se puede entrar al local sin pasaporte.

-¡Esto es un atropello! ¡Tengo mis derechos!

Le espetó al camarero, ya sin poder contenerse. No podían obligarle a inyectarse aquella sustancia experimental; pero podían hacerle la vida imposible si no accedía a ello. Sabía a lo que se enfrentaba; era una lucha de David contra Goliat y toda su familia. Privarse de los cafés en las tardes de inverno era lo más suave que le podía pasar, y ya estaba perdiendo los nervios; el gobierno aún podía apretar mucho más; tenía un amplio margen. Ni se planteó la posibilidad de tratar de huir de aquel Estado totalitario. ¿Adónde iba a ir? No era que no conociera a nadie, sino que aquel poderoso monstruo extendía sus tentáculos por todo el orbe. Estaba sudando pese al frío; la rabia hacía que se le hinchara la vena del cuello y que una ceja le temblara nerviosamente. Su interlocutor, impasible, como un mero autómata que sólo cumple órdenes, respondió.

-Sí, señor. Usted tiene sus derechos, pero la ley es la ley; y la ley prohíbe acceder al interior de los locales sin pasaporte.

-Y usted transige con esa ley porque quiere. Es una ley injusta, que segrega y estigmatiza.

-No la sigo porque quiera; la sigo porque si no lo hago me sancionan. Además: el gobierno lo hace para protegernos.

-¡Para protegernos! ¿Y usted cómo lo sabe? ¿De verdad se cree todo lo que le cuentan?

Seguía sudando, pero había empezado a temblar.

-¿Y por qué no me lo iba a creer? Me cuesta el mismo trabajo creérmelo que no creérmelo. Por otra parte, ¿por qué iba a ser mentira? Y aunque lo fuera: eso es algo que no me interesa; eso sólo puede causarme problemas.

-¡Ése es precisamente el problema -exclamo colérico el otro, que arrebatado por la furia había lanzado con fuerza el café contra el suelo-! ¡Que todos ustedes son unos cobardes! ¡Este país es una mierda porque todos ustedes acatan sumisamente lo que les dicen desde arriba y no se lo cuestionan por pereza mental; porque no quieren tener problemas con las autoridades y porque prefieren vivir en la ignorancia! ¡Viven narcotizados por el fútbol y los programas basura! ¡Ven películas mascadas por la élite, con mensajes implícitos, y se los tragan todos! ¡Y eso por no hablar de esos informativos tendenciosos que acatan tan servilmente!

Habló de un tirón, casi hasta quedarse sin aliento. Tenía los ojos inyectados en sangre, clavados en el otro. Lo conocía de otras ocasiones; le había servido muchos cafés, siempre de un modo afable y cortés, como es propio de quienes desempeñan bien su oficio. Nunca habían tenido lo que se dice una amistad, pero su trato continuo le había llevado a presuponer una reacción más comprensiva por parte del otro. Aunque en su fuero interno lo despreciara como a vil chusma, confiaba en que tuviera un mínimo de consideración. Ahora se sentía traicionado.

-Está bien, caballero -repuso el otro con frialdad, con la mirada fija en el suelo, como si buscara los añicos-. He tratado de ser comprensivo, pero usted ha abusado de mi paciencia; me ha roto un vaso y me ha ensuciado el suelo. Le permito que se vaya; así que váyase antes de que me arrepienta y llame a la policía. No quiero que me pague el vaso; no quiero que me pague el café. Sólo quiero que se largue y que no vuelva por acá.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

21/12/2021.

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