VANITAS VANITATIS

Todo era mera ilusión, vana fantasmagoría. Llegar a esa conclusión lo había lastimado. El día en que descubrió la futilidad de su propio ser, cuando apenas era un niño, aquella verdad irrefutable le dolió por su crudeza. Verse abocado a desaparecer, que su ser se confundiera con la nada, le desesperó. Más adelante aquel sentimiento se trocó por el de la frustración. Se sintió engañado. Nadie le había pedido permiso para empezar a vivir, nadie le había preguntado si quería nacer; y ahora, después de forzarlo a enfrentarse a ese mundo tan absurdo y a un tiempo difícil, descubría que tampoco estaba en su mano elegir cuándo abandonarlo; y eso en caso de que decidiera hacerlo algún día por voluntad propia. Recordaba aquel chiste ácido referido a la existencia como la comida que se servía en un restaurante: raciones demasiado pequeñas y una comida asquerosa. Así sentía su propia vida: como un plato de comida lleno de mierda. ¿A quién imputar el flagrante delito de lanzarlo a ese juego estúpido? En realidad, los únicos criminales eran sus padres, quienes habían tomaado la caprichosa decisión de perpetuar sus genes en otro ser. Vanitas vanitatis. Era el eterno problema: personas con una autoestima tan baja, que para superar sus complejos jugaban a ser dioses. Al fin y al cabo, también ellas habían pasado por eso; también a ellas les habían obligado a nacer y nadie les había consultado. Lo malo era que, incapaces de desquitarse con sus progenitores, cometían las mismas injusticias que ellos. Se sentían realizados por el mero hecho de tener criaturas que les debieran la existencia, la supervivencia, el bienestar; buscaban darle sentido a su triste vida con los abrazos que recibían de sus hijos y con los que a su vez les proporcionaban. Por lo que a él respectaba, había tardado en perdonarles aquel acto. Dentro de lo que cabía, no eran más que unos inconscientes; y lo que le ocurría no era más que una fatalidad de tantas. Si sus padres habían actuado con vanidad y tenían comportamientos prepotentes, incluso, al menos le habían dado una buena educación y se habían preocupado por él; podría haber tenido peor suerte en ese aspecto. De todos modos, siempre que se daba la ocasión les recriminaba su inconciencia. No era sólo que aquél hubiera sido un acto egoísta, sino que su salud estaba terriblemente mermada desde el primer día; eran casi diarias las visitas al hospital. Se veía en una cuerda floja; en cualquier instante se apagaría su llama, ésa que siempre había alumbrado con una luz tan tenua y mortecina.

Bien visto, esos sería lo único bueno. Sabía que no era la respuesta que necesitaba, pero de alguna manera le conffortaba: saber que su existencia, desde el principio llena de dolor y absurda, como todas, tendría el mismo fin que el de las personas que se regodeaban de sus vidas; que aquéllos que le habían hecho daño y le habían llenado sus días de lágrimas; aquéllos que habían cavado en su alma un oscuro agujero lleno de lúgubres tinieblas, se extinguirían en medio de una angustia similar a la suya.

Se llevaba las manos a las sienes y se alborotaba los cabellos cada vez que pensaba en todo ello. Continuaba mirando a través de prismas, de caleidoscopios. ¿Cómo sobrellevar el peso de su desdicha si no era así? Sabía que le faltaría el valor para tomar la decisión final, el control de su existencia y ponerle fin; un fin que, después de cuarenta años, ya lo vislumbraba cerca. No creía que le quedara ni una década; su cuerpo, siempre maltrecho, le estaba dando muchos avisos desde hacía ya demasiado tiempo. Y, por si fuera poco, estaba esa bomba de relojería que le acompañaba casi desde su nacimiento; esa fatal bomba que estaba a punto de paararse. Por suerte, se decía, nada existía; todo era mera ilusión; un pedazo de fatalidad.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

26/12/2021.

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