EL PASAPORTE COBICHO

-Disculpe, caballero, ¿adónde va?

-Venía a tomarme un café.

-¿Tiene usted el pasaporte?

-No.

-Lo siento mucho, pero en ese caso no podemos atenderle.

-¿No pueden? ¿O no quieren?

-No podemos, señor; las leyes nos lo prohíben.

-Pero uno es libre de seguir las leyes o no hacerlo. Uno acata una ley porque quiere, porque sabe que si no lo hace puede salir perjudicado; pero cuando uno tiene la posibilidad de no hacerlo, a menudo ignora unas leyes que en muchos casos son absurdas o convencionales. ¿O acaso usted no ha cruzado nunca un semáforo en rojo? Por supuesto, ésa es una infracción menor; hay gente que lo hace a pesar de que haya vigilancia policial, y la policía no hace nada al respecto. Pero lo que quiero decirle, a fin de cuentas, es que uno tiene la capacidad de elegir; no hay ninguna ley que sea universal. Al fin y al cabo, las leyes son elaboradas por seres humanos; y los mismos que las redactan son los primeros en saltárselas.

-Caballero, esas disquisiciones filosóficas no vienen al caso.

-Claro que vienen. Usted me dice que no pueden atenderme, y yo le digo que sencillamente no quieren.

-Está bien. Si prefiere verlo así, no queremos.

-Eso es lo triste: que son siervos del sistema. Se creen libres, cuando a decir verdad viven amedrentados, sacados de fábrica, como quien dice. Les han dicho que no se puede alzar la voz, que no se puede protestar, y ustedes callan; toman las leyes como algo absoluto. Y yo le pregunto: ¿qué ocurre cuando una ley vulnera mis derechos y coarta mis libertades? ¿Acaso estoy obligado a acatarla, a costa de mi perjuicio? Ahora vengo a tomarme un café, algo completamente normal, y usted, influido por el sistema, me mira con suspicacia; y lo primero que hace, después de conocer mis intenciones, es preguntarme si tengo el pasaporte cobicho; y ante mi respuesta, redobla sus suspicacias y se niega a atenderme.

-Caballero, es mi obligación. Y le comunico que debería dejarlo para atender a otros clientes.

-Por supuesto; no esperaba otra cosa. Trabajar como un autómata, obedecer con los ojos cerrados. ¿Libertad? Qué cosa es ésa? ¿Para qué la quieren? Más bien les estorba. Es más fácil dejar que les guíen sin cuestionarse nada. Es como si tuvieran una zanahoria delante de las narices y caminaran con la absurda idea de alcanzarla. Por más que avancen, no la atraparán nunca, porque la hortaliza pende de un hilo y se desplaza al mismo ritmo que ustedes; y lo más triste es que ustedes no se enteran.

-¡Caballero, se está usted extralimitando!

-Por supuesto. La verdad es incómoda; la mentira es mil veces mejor. Las religiones nos dan un gran ejemplo de ello. Si tuvieran inquietudes, si se atrevieran a leer a los grandes pensadores, si usaran los libros para ilustrarse más que para sostener mesas cojas o matar moscas, se cuestionarían hasta qué punto deben actuar como un mero rebaño; entonces serían verdaderos espíritus libres. Pero no. Ustedes no son libres; ustedes son lacayos. Creen que son libres porque en su estúpida arrogancia quieren hacerse la ilusión de que piensan de manera independiente, cuando en realidad son todos una panda de borregos. Y en cuanto ven que alguien se atreve a discutir los dictados del sistema, ustedes, que viven oprimidos sin saberlo, atacan a los que se desvían de la norma. Es realmente patético. Se van restringiendo nuestras libertades, hasta que finalmente se nos aniquile. Y usted, muy señor mío, es cómplice de ese crimen, de ese atropello.

-Vaale; como usted quiera. Yale he dejado que se desahogue. Ahora márchese. Le he aguantado mucho más de lo que le habría aguantado otra persona. No voy a tolerar más impertinencias.

-Tranquilo; no se sofoque. Ya me voy; no quiero que sufra una crisis y que su bienestar personal se vea perjudicado por mis palabras. Usted viva cómodo en su burbuja. No ha hecho más que confirmar algo que me esperaba, porque lo he visto en muchos otros lugares; y aún me espera lo peor. Me hundiré para regocijo de quienes así lo han determinado. Usteed y los suyos lo verán con indiferencia; o incluso es posible que lo aplaudan; no lo sé. Imagino que depende de lo absorbido que esté uno. Adiós.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/01/2022.

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