EL OTRO PROCESO (II)

Transcurrieron dos meses sin que las pesquisas realizadas por K dieran resultado alguno. Por más que se esforzó, no consiguió conocer la causa de su proceso; fue incapaz, por tanto, de elaborar su defensa. Los intentos infructuosos por sacar algo en claro de todo aquello, no obstante, dieron como resultado que sin percatarse de ello empezara a asumir la culpa, por más que ignorara el fondo del asunto. Si había sido procesado, si lo señalaban por la calle con dedo inquisidor, con mirada desconfiada, debía ser por una buena razón; y la razón era que era culpable.

Una mañana regresaron a su domicilio los agentes que se habían presentado meses atrás con unas maneras tan insolentes. En aquella ocasión había querido abofetearlos y echarlos de casa, pero se vio en inferioridad de condiciones; el solo contra dos hombres fornidos. Después hablaron; y el laconismo de su discurso, a la par de lo desconcertantes que eran sus palabras y la aciaga perspectiva de verse envueelto en un proceso cuyas consecuencias podían ser funestas, le heló la sangre y le obligó a contener la rabia.

Tras aquella primera ocasión, ahora, por contraste, K los recibió con indiferencia. Sabía que venían a llevárselo; y sabía lo que ello significaba. A pesar de todo no opuso resistencia. Tan pronto los vio, sin necesidad de que dijeran palabra ni dieran orden alguna, K cerró la puerta y salió escoltado por los dos hombres a través de las calles de la ciudad, en ese instante desérticas, aunque algunos curiosos espiaban tras las cortinas de las ventanas; con una trémula mano la apartaban para observar siquiera por unos segundos al reo que era conducido por sus captores. Caminaron por espacio de una hora bajo un cielo oscuro, encapotado; un aire frío y húmedo los azotaba a cada paso. Se adentraron en un descampado alejado de la ciudad, donde nadie ya los veía. El suelo estaba repleto de piedras y guijarros; sólo en mitad del terreno, diferenciado del resto, podía disstinguirse una plataforma, un túmulo de rocas. Tan pronto lo vio, K se encaminó hacia él sin necesidad de que lo forzaran. Sabía que aquello era el final, que no tenía escapatoria. Tampoco había pensado en huir siquiera; de haber siddo así, lo habría hecho antes de emprender el camino con tanta pasividad y resignación. No. No tenía sentido huir. Era culpable, y debía pagar el castigo por su falta.

Sin mirar en ningún momento a los agentes, se paró frente al túmulo, se arrodilló y apoyó la cabeza en la roca superior, la que estaba arriba del todo. Los hombres se dirigieron hacia él con semblante adusto, imperturbables; ya junto a él, se llevaron la zurda al cinturón y extrajeron de los mismos sendos puñales. Maquinalmente, sin mediar palabra, con el mismo silencio mortecino que los había caracterizado desde su llegada, se abalanzaron sobre el recluso y comenzaron a clavarle las dagas por todo el cuerpo, mientras el condenado gritaba y se retorcía de dolor. La sangre brotó a raudales de las heridas y tiño de un color oscuro el suelo entorno de lo que en pocos segundos no fue más que un cuerpo exánime.

Una vez cumplido su cometido, los agentes se alejaron, satisfechos por el deber cumplido. Sin lugar a dudas habían hecho una gran labor; habían realizado su trabajo de manera incuestionable. Habían ejecutado a un reo, que sólo por serlo era indudablemente culpable. Sólo así podía mantenerse la estabilidad del Imperio: había que acatar las órdenes manadas de arriba sin cuestionarlas. Al fin y al cabo, ellos no eran nadie para cuestionar nada; era preferible obedecer como buenos sirvientes y garantes de la disciplina.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

08/01/2022.

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