UN CASO INSÓLITO

*

-Emiliana González Pacheco, mujer, cincuenta y cinco años, casada, procedente del pueblo de X, en el Estado de Veracruz. Profesión: prostituta. Causa del ingreso: se le quedó atascada una botella en la vagina. ¿Alguno de ustedes puede explicarme cómo carajo llegó ese artilugio a sus partes mas íntimas?

El médico levantó la mirada del informe médico en el preciso instante de esbozar la pregunta, sorprendido, sin dar crédito. Se llevó el índice de la zurda al puente de la nariz y se ajustó los lentes, mientras aguardaba respuesta de alguno de sus ayudantes.

-No, señor. Nos atuvimos a las cuestiones médicas, como usted nos ha dicho tantas veces; no quisimos entrar en trivialidades. Por otra parte, el caso en sí no ofrece ningún misterio; es una simple operación.

El médico dirigió al otro una mirada como de reproche; de ironía, incluso.

-¿No quisieron entrar en trivialidades? ¿Eran datos irrelevantes? Ya veo. Aprenden rápido -dijo, mientras volvía a bajar la mirada para releer el informe-. Entonces, si no le hacen esas preguntas, ¡¿Quién carajos me va a traer el chisme!?

-Lo sentimos mucho, señor. Eso se lo dejamos a usted.

Respondió maquinalmente el ayudante que había tomado la palabra, un hombre corpulento, de 1’80 de estatura, con rasgos marcadamente indígenas. El médico se alejó de los suyos y se encaminó hacia el quirófano con la mirada adusta y el ceño fruncido. No tenía por costumbre aparecer mientras el paciente permanecía despierto. Es más: solía rehuir el contacto; sólo se dejaba ver cuando la ocasión lo requería de urgencia o para tramitar en alta. Aquel caso le había llamado fuertemente la atención.

Cuando entró en el quirófano identificó al instante a la mujer, una mujer con el cabello ensortijado, teñido de rojo. La enfermera se disponía a inyectarle la anestesia.

-¡Espere! ¡Suelte esa aguja!

-Pero doctor, me dijeron que viniera a preparar a la paciente.

-No importa. Será sólo cosa de cinco minutos; la paciente no va a morirse por eso. Aguarde un momento, por favor.

La enfermera se alejó desconcertada. Entonces el médico se dirigió a la mujer que yacía tendida en la camilla:

-¿Cómo lo hizo? ¿Cómo es posible que una botella acabara incrustada en su vagina? ¿Estaba llena o vacía? Y, si era lo primero, ¿qué era lo que contenía?

-¿Usted es el doctor, verdad? ¡Usted me salvará!

Respondió la mujer, ignorando sus preguntas. Parecía completamente enajenada; había en su voz un tono de desmesurada alegría y de optimismo desenfrenado, acaso obedeciente a una crisis nerviosa. El médico hizo una mueca de desdén y prosiguió:

-¿Acaso ha oído alguna de mis preguntas? ¿Me entiende cuando le platico?

-¡Pues claro que le entiendo, doctor -respondió la mujer con la misma efusividad que antes-!

-¿Y bien? ¿Va a contarme qué fue lo que ocurrió? Necesito todos los detalles para poder salvarla.

-Pensaba que lo mío no era una operación de cuidado.

-Siempre decimos lo mismo para tranquilizar a los pacientes. Pero le garantizo que, si no me cuenta lo que sucedio, esta noche dormirá el sueño eterno.

-¡Si usted supiera, doctor…! ¡Este oficio es una mierda! Una tiene que acostarse con cualquier tipo por un puñado de pesos, porque la economía no está para hacer distinciones. Hay una familia que alimentar.

-¿Y su esposo está de acuerdo en que usted ejerza la prostitución?

-¿Por qué no?

El médico abrió los ojos desorbitadamente, sin comprender.

-Verá… Si yo tuviera un diamante de treinta quilates, no se lo dejaría a nadie, porque lo más seguro es que la persona a quien se lo dejara no me lo devolviera.

-Entiendo, pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo?

El médico bajó la cabeza, a la par que se llevaba la zurda a la frente. Le iba a costar extraer la información mucho más que la botella.

-¿Cómo llegó esa botella a su vagina -le inquirió en tono áspero-?

-Verá, doctor: como ya le dije, esta profesión es muy complicada; una no puede escoger a los clientes. Y mi esposo, por otra parte, tampoco pasa demasiado tiempo en casa; él tiene sus propios negocios. Pero una también tiene sus necesidades.

-¿Y no le basta con su trabajo?

-No es lo mismo, doctor. Eso es algo maquinal; yo abro las piernas, gimo…

-No es necesario que especifique tanto; creo que ya sé cómo funciona. Cuando le dé el alta, le pediré su número por si algún día necesito sus servicios.

-A usted se los haría gratis -respondió con la mirada chispeante y una voz sensual. El médico, impasible, la miraba con seriedad.

*Relato basado en un hecho real.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/01/2022.

2 comentarios en “UN CASO INSÓLITO

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