UN CASO INSÓLITO (II)

-En cualquier caso, aún no me ha aclarado lo sucedido.

-Como ya le dije, doctor, una no es de piedra; y al acabar la jornada, después de haberse metido de todo y haber tragado mucho más de lo que usted puede imaginar, una necesita desahogarse.

-¿Puede ir al grano, por favor? No tenemos todo el día.

-Creía que quería todos los detalles.

-Sí; pero usted lo desgrana todo con la meticulosidad de un matemático. Necesito información, pero también debo operarla, tanto por su bien, para que no sufra una infección cuyas consecuencias serían desastrosas, como por el de otros pacientes, para que el quirófano quede disponible. Tenemos otras operaciones programadas.

-Comprendo…

Pues, como le decía, necesitaba darme un gusto para quitarme el mal sabor que me dejaron esos tipos. Y entonces se me ocurrió que podía masturbarme con una botella.

El médico volvió a abrir desmesuradamente los ojos.

-¡¿Me está usted diciendo que se metió voluntariamente una botella en la vagina sólo para darse placer!? ¡¿Y por qué no utilizó un dildo, como hace toda mujer con dos dedos de frente!? ¡Si al menos hubiera utilizado una banana o un pepino…!

Había bajado la voz para no ser excesivamente indiscreto, pero su tono era de claro reproche.

-Ay, doctor, ahora no puedo ni moverme; que, si pudiera, apartaba las sábanas para que usted contemplara mi tesoro. Pero bueno… En unos minutos lo verá por sí mismo y entenderá por qué tuve que emplear una botella. Le aseguro que quedará satisfecho.

Respondió la mujer, con una sonrisa lasciva. El médico se llevó el pulgar y el índice de la zurda a la sien, agachó la cabeza y cerró los ojos.

-¡Ave María Putísima! ¡Qué pendeja!

-¿Cómo dice?

-Y dígame -continuó el médico, ya en voz alta, como si no hubiera oído-: ¿qué tipo de botella era?

-Una botella de cristal, de vino tinto.

-¡¿Se metió una botella de cristal ahí!?

-Un Ribera del Duero, doctor. Espero que no haya pasado nada con el vino; tuve que trabajar mucho para poder comprarla -respondió ella, con su resplandeciente sonrisa-.

-Ya imagino los esfuerzos que tuvo que hacer -volvió a cuchichear el médico-.

-¿Cómo dice?

-¿Se metió una botella en la vagina? ¿La botella era de vino? ¿El vino era Ribera del Duero? ¿Y estaba por abrir? Señora, tenemos que hacer todo lo posible por salvar ese vino. Si todo sale bien, compartiremos la botella. ¡Enfermera -gritó, al tiempo que giraba la cabeza para que ésta le oyera. Cuando la tuvo al lado, prosiguió-! Todo listo. Prepare a la paciente.

Acto seguido, el médico salió del quirófano y se encaminó con mirada circunspecta y abstraída a su despacho, donde aguardaba su equipo. Tan pronto como lo vieron entrar por la puerta, se levantaron para conocer las novedades que les traía su jefe. Éste cerró la puerta a su espalda:

-¡Es increíble! ¡Esa mujer está completamente loca! ¡Se metió una botella de vino en la vagina ella misma! ¡Para masturbarse! ¡Y un Ribera del Duero, nada menos!

Los cuatro ayudantes abrieron los ojos y la boca como platos.

-¡Así como me miran ustedes es cómo me quedé yo! Ahora tenemos que ver si el vino está en buen estado; si así es, nos repartiremos la botella. La paciente no tiene el porqué enterarse de eso; sencillamente le diremos que se agrió y que la tuvimos que tirar. Que vuelva a abrir las piernas para comprar otra. Así aprenderá a valorar el buen vino.

Pasadas dos horas, el médico y su equipo regresaron al despacho cargados con la botella. El jefe se sentó, extrajo un sacacorchos del cajón del escritorio, la abrió y se sirvió un poco en un vaso de plástico que tomó de la estantería; acto seguido, se lo llevó a los labios y lo cató. A continuación emitió su veredicto:

-Excelente; la sustancia no se ha dañado. Sírvanse; hemos hecho un buen trabajo.

Transcurrió otra hora cuando se dirigió de nuevo a sus ayudantes:

-Bueno, la mujer hace rato que espera; que alguno de ustedes vaya a darle el informe del alta.

-¿Por qué no va usted, como de costumbre -inquirió una mujer de tez morena y cabello ondulado-? Es lo que marca el protocolo.

-Ni hablar. Esa mujer está loca. Tenían que haber visto cómo me miraba; parecía deseosa de absorverme por la vagina. Si pregunta por mí, díganle que me secuestró un cártel, que me dió un infarto, que me trasladaron a España… Lo que quieran, salvo darle noticias que le permitan localizarme. Quizá si van los cuatro sea más fácil persuadirla. Y, si se pone muy pesada, le revientan la botella en la cabeza.

Ya salían los ayudantes del despacho cuando el médico los interpeló nuevamente con un estruendoso grito:

-¡Eh -los ayudantes se giraron; él los miraba amenazadoramente-! ¡Les advierto que el que le dé mi dirección o mi número no volverá a ejercer la medicina en toda la República!

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

17/01/2022.

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