HISTORIAS DE LA PUTA MILI

*

Era una noche cálida de junio. Después de un largo día de entrenamiento, el cuerpo agradecía el descanso, si bien no fuera en esos incómodos catres repletos de chinches, que hacían que uno se despertara con el cuerpo lleno de picaduras. Así era el ejército. Se trataba de endurecer a los reclutas a toda costa, «enseñarles a ser hombres», como estúpidamente se decía; que aprendieran a aceptar estoicameente todas las adversidades. Aquello era un entrenamiento; si estallaba una guerra, debían estar preparados para afrontar situaciones mucho peores que ésa. Quizá tuvieran que dormir al raso, bajo una lluvia torrencial que los calara; y debían acostumbrarse a acatar las órdenes de sus superiores sin protestar. Con esa excusa muchos abusabar de su posición y se extralimitaban, con tratos humillantes y vejaciones de todo tipo. En su caso había tenido suerte; no había tenido que lidiar con ningún jefe prepotente; y eso que en más de una ocasión se había fugado para asistir a clases en la Universidad o pasar horas con su novia. Al fin y al cabo, no había elegido el servicio militar; estaba ahí forzado, como tantos otros. Ahí, en medio de aquellos militares vestidos de lechuda, hacía suyo aquel comentario chistoso de Woody Allen: No me aceptaron en el ejército; fui declarado inutilísimo. En caso de guerra sólo podía ser prisionero.

Cansado, con la fina manta cubriéndole las tiernas, yacía sobre la cama cuando se presentó el alférez en el campamento. De repente se encendieron las luces y todos los soldados se desperezaron lentamente en medio de prolongados bostezos. Poco a poco recobraban la conciencia y fijaban la mirada en aquel hombre bajito y tímido que los observaba casi con una disculpa en los labios por haberles roto el sueño. ?Cómo odiar a ese pequeño hombrecillo? Uno no sabía qué pensar. Por una parte, los había despertado en medio de la madrugada; por otro, todos sabían de su bondad y de sus preclaras intenciones. Con su voz aflautada se dirijió a ellos, tratando de recobrar la compostura:

-¡Atención! ¡A formar! ¡Vístanse! ¡Vamos a hacer marcha!

Aquello era un despropósito. Ni tan siquiera el pobre hombrecillo tenía la culpa de aquello; él sólo era un mandado, el último eslabón de la jerarquía. La orden había surgido del capitán, ese ser despreciable que focalizaba los odios de todos los reclutas.

Los soldados formaron en fila de a uno Él, que se había ganado la condición de cabo primero, tendría el honor de abrir la marcha; sus compañeros le seguirían; y el alférez cerraría el grupo a la cola. Entonces, furioso porque se le privara del tan merecido descanso, hizo gala de su buena condición física y de su puesto en el ejército para imprimir un ritmo fuerte. Avanzaba a grandes zancadas, con un paso ligero, que los demás se esforzaban en seguir, para lo cual debían realizar un notable esfuerzo. Uno de los más damnificados fue el alférez, ese hombrecillo tímido que con su baja estatura debía redoblar sus pasos para no quedar descolgado. Desesperado por no poder seguirr la marcha, por el agotamiento y el dolor que ello le producía, gritó desde el otro extremo de la fila para que el cabo disminuyera el ritmo; le pidió que fuera más despacio. Sin embargo, ya fuera por la lejanía, ya fuera porque el cabo estuviera sumido en suss pensamientos y no oyera su voz; ya fuera por el ansia de desquite, pese a que aquel pobre hombre fuera inocente, el cabo continuó con su paso ligero.

Aquella madrugada el cabo se ganó un buen descanso, como muchos otros. Algunos, en cambio, se resintieron por la velocidad que había imprimido a la marcha. Entre éstos se hallaba el alférez, que terminó en la enfermería, con los pies llenos de llagas. Al día siguiente el cabo, compadecido, acudió a hacerle una visita. Al fin y al cabo, en toda guerra hay daños colaterales, se dijo.

*Relato basado en una historia que me contó mi padre.

Autor: Javier de García y de Ninet.

Un bohemio romántico.

08/02/2022.

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