EL MONO GRAMÁTICO, POR OCTAVIO PAZ

Después de haber leído a Fernando del Paso y a Elena Poniatowska, sin abandonar México he decidido retomar a Octavio Paz para continuar adentrándome en las profundidades de este maravilloso país que siempre me ha cautivado, aún antes de conocer de sus brillantes escritores y de saber que la mujer más especial que hay reside en esa tierra, a un tiempo tan lejana y tan próxima. Cuanto más conozco la realidad mexicana, más me fascina; y no puedo sino hacer mías las palabras de Chavela Vargas de que «Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana».

El mono gramático es un poema en prosa; pero es mucho más que eso. A través de sus exquisitas líneas, Octavio Paz se adentra en la antigua ciudad de Galta, en la India, donde fue embajador; y, con ello, hace un concienzudo análisis filosófico de la vida, que lleva a pensar en los mitos griegos referidos por Platón, por Hesíodo y por otros poetas clásicos, así como ideas órficas, pitagóricas o epicúreas, pero que debe de hacer referencia también a la filosofía budista, tan bien conocida por el propio Paz. A través de sus páginas, la obra plantea la unidad del todo, del Universo; el ir y venir de la materia, que se transforma incesantemente, con el gran vértigo que ello conlleva. Hay puntos que recuerdan al mito de Dionisos y su descuartizamiento para reintegrarse en ese todo originario; pero ello también evoca la teoría del eterno retorno de los griegos y de Nietzsche. Y aún más: la obra apunta incluso al problema del lenguaje para definir los conceptos, puesto que cada cosa es única; sólo podemos hacer abstracciones; y por ello el lenguaje es insuficiente, siempre una mentira necesaria. Otra vez Nietzsche. Y Wittgenstein.

No alcanzo a definir y a explicar bien los contenidos del libro. En cualquier caso, es fundamental; exquisito. En una o dos semanas haré una relectura:

Frases que son lianas que son manchas de humedad que son sombras proyectadas por el fuego en una habitación no descrita que son la masa oscura de la arboleda de las hayas y los álamos azotados por el viento a unos trescientos metros de mi ventana que son demostraciones de luz y sombra a propósito de una realidad vegetal a la hora del sol poniente por la que el tiempo en una alegoría de sí mismo nos imparte lecciones de sabiduría tan pronto formuladas como destruidas por el más ligero parpadeo de la luz o de la sombra que no son sino el tiempo en sus encarnaciones y desencarnaciones que son las frases que escribo en este papel y que conforme las leo desaparecen:

no son las sensaciones, las percepciones, las imaginaciones y los pensamientos que se encienden y se apagan aquí, mientras escribo o leo lo que escribo:

no son lo que veo ni lo que vi; son el reverso de lo visto y de la vista -pero no son lo invisible: son el residuo no dicho,

no son el otro lado de la realidad sino el otro lado del lenguaje, lo que tenemos en la punta de la lengua y se desvanece antes de ser dicho, el otro lado que no puede ser nombrado porque es lo contrario del nombre:

lo no dicho no es esto o aquello que callamos, tampoco es ni-esto-ni-aquello: no es el árbol que digo que veo sino la sensación que siento en el momento en que voy a decir que lo veo, una congregación insubstancias pero real de vibraciones y sonidos que al combinarse dibujan una configuración de una presencia verde-bronceada-negra-leñosa-hojosa-sonoro-silenciosa;

no, tampoco es esto. Si no es un nombre menos puede ser la descripción de un nombre ni la descripción de la sensación del nombre ni el nombre de la sensación:

el árbol no es el nombre árbol, tampoco es una sensación de árbol: es la sensación de una percepción de árbol que se disipa en el mismo momento de la percepción de la sensación de árbol;

los nombres, ya lo sabemos, están huecos; pero lo que no sabíamos, o, si lo sabíamos, lo habíamos olvidado, es que las sensaciones son percepciones de sensaciones que se disipan, sensaciones que se disipan al ser percepciones, pues, si no fuesen percepciones, ¿cómo sabríamos que son sensaciones?, sensaciones que no son percepciones no son sensaciones, percepciones que no son nombres, ¿qué son?

si no lo sabías, ahora lo sabes: todo está hueco

y apenas digo todo-está-hueco siento que caigo en la trampa: si todo está hueco, también está hueco el todo-está hueco;

no, está lleno y repleto, todo-está-hueco está henchido de sí, todo lo que tocamos y vemos y oímos y gustamos y olemos y gustamos, todas las realidades que inventamos, todo lo que tejemos y destejemos y nos teje y desteje, instantáneas apariciones y desapariciones, cada una distinta y única, es siempre la misma realidad plena, siempre el missmo tejido que se teje al destejerse: aún el vacío y la misma privación son plenitud (tal vez son el ápice, el colmo y la calma de la plenitud), todo está lleno haasta los bordes, todo es real, todas esas realidades inventadas y todas esas invenciones tan reales, todos y todas, están llenos de sí, hinchados de su propia realidad;

y apenas lo digo, se vacían; las cosas se vacían y los nombres se llenan; ya no están vacíos, los nombres son plétoras, son dadores, están henchidos de sangre, leche, semen, savia, están henchidos de minutos, horas, siglos, grávidos de sentidos y significados y señales, son los signos de inteligencia que el tiempo se hace a sí mismo, los nombres les chupan los tuétanos a las cosas, las cosas se mueren sobre esta página pero los nombres medran y se multiplican, las cosas mueren para que vivan los nombres;

entre los labios el árbol desaparece mientras lo digo y al desvanecerse aparece: míralo, torbellino de hojas y raíces y ramas y tronco en medio del ventarrón, chorro de verde bronceada sonora hojosa realidad aquí en la página:

míralo allá, en la eminencia del terreno: míralo, entre la masa opaca de los árboles, míralo irreal en su bruta realidad muda, míralo no dicho:

la realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad, realidad quee no habla ni dice no es realidad;

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