UNA CUESTIÓN DE HONOR

Se sentía tranquilo. A decir verdad, no recordaba una noche más apacible que la que había pasado; una noche en que había dormido de un tirón, con un sueño profundo; con el sueño de los justos, como solía decirse. Pensó en esa frase y se dibujó en sus labios una mueca de ironía y de desdén. «El sueño de los justos», se dijo para sí. ¿Cuántas personas habían tenido un sueño tan profundo como el suyo después de haber cometido un asesinato, un robo o una violación? Y él mismo, ¿Se merecía ese sueño perturbado y pesado que había arrastrado durante los últimos años? Y, en última instancia, ¿qué significaba eso de ser justo? ¿Obedecer una serie de normas convencionales?

Abandonó aquellas reflexiones y se sirvió el desayuno, quizá el último. No era un gran tirador; lo sabía. Sus posibilidades estaban al cincuenta por ciento, quizá menos. Entonces, ¿por qué había aceptado batirse en duelo? La pregunta de por sí era absurda; él mismo había provocado las circunstancias que desembocaron en el desafío. Ni por asomo se le ocurriría anular la cita; y no por una cuestión de orgullo o de principios, sino porque él mismo así lo había buscado. Se sentía aliviado de que en aquella ciudad aún se permitieran los duelos, esa muestra de honor donde los dos rivales hacían gala de su gallardía y exponían sus vidas al arbitrio de la pólvora y las pistolas. Ahora bien, si sus posibilidades eran tan bajas, ¿por qué había querido correr riesgo semejante? Quizá porque el riesgo para él no existía; porque lo concebía todo como abocado a la muerte, a la destrucción, a la extinción. Nada tenía sentido. No había diferencia entre morir esa mañana o dentro de treinta años; entre que en una hora una bala le atravesara el pecho y lo dejara tendido en el suelo, o sucumbir en medio de dolorosos achaques, sin apenas poder moverse. La única diferencia estribaba en el cómo y en el cuándo. Siempre había visto esos lances medievales desde una óptica romántica; siempre había envidiado a aquellos hombres que con una mezcla de locura y estupidez no vacilaban en poner su vida en manos de la suerte, tan seguros se sentían de sí mismos, pese a que uno de ambos por fuerza debía equivocarse. Si lo pensaba fríamente, los motivos que llevaban a tales disputas eran absurdos; pero, si lo pensaba fríamente, todo lo era. Y, así las cosas, batirse era una forma como cualquier otra de morir.

Lo más difícil había sido encontrar padrinos dispuestos a ser testigos del duro lance; sus amigos se habían negado casi en rotundo a ser partícipes de aquello; por todos los medios habían tratado de convencerlo de que renunciara a aquello que todos, salvo él, concebían como una locura, como un suicidio encubierto. Recordaba con ternura a aquél que, exaltado por la noticia, empezó a gritarle, presa de la cólera y del miedo, para terminar con las mejillas anegadas en lágrimas, fruto de la desesperación. Él, que no daba su brazo a torcer; él, que lo mantenía con la misma firmeza con que pretendía mantenerlo en el campo de tiro, no renunciaría a su momento romántico, a riesgo de que le costara la vida. Mas, conmovido por la reacción furibunda de su amigo y por las cálidas lágrimas que inundaban su rostro, le restondió en tono jocoso que no se propasara en sus palabras, si no quería que también a él lo desafiara.

Todo era inútil; no había manera de convencerlo, ni él podía conseguir que sus amigos comprendieran su visión romántica y al tiempo nihilista de la vida. Sin embargo, aquél que tan duramente le había increpado terminó cediendo, por la misma fidelidad que le profesaba. Cumpliría su voluntad, ya que había agotado todos los recursos y el otro estaba dispuesto a llevar a cabo el duelo a toda costa. Él mismo, de hecho, se encargó de hablar con otro amigo para que fuera el segundo testigo. Ambos estarían a su lado en aquel momento, quizá el último, para poder despedirlo. Y, dada su condición, hicieron lo posible para que se suspendiera, mas la otra parte tampoco cedió; respondió que él era el agraviado, y que no cejaría en su empeño por restablecer el honor, a menos que el infractor se humillara le pidiera perdón.

Tomo un sorbo a su café humeante y observó con una mirada nostálgica a través de la ventana. El día permanecía gris; había estado lloviendo de madrugada, y un viento frío recorría las calles. Los elementos parecían unirse para aportar su grano fúnebre a la jornada y empañarla, del mismo modo que habían quedado empañadas las mejillas de su amigo, y del mismo modo que quedarían empañadas las de los deudos de la víctima, fuere quien fuere. Lo único que le preocupaba era que el momento tan ansiado se suspendiera por unas pocas gotas y por un poco de barro. Si eso ocurriera, ¿tendría la misma férrea voluntad de ese instante para acometer el desafío de nuevo?, ¿La tendría la otra parte?, ¿Se echarían atrás sus amigos? Sólo quería que no surgiera ningún imprevisto.

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

24/02/2022-25/02/2022.

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