UNA CUESTIÓN DE HONOR (II)

Su mirada se perdía a lo lejos, confundida con aquel cielo encapotado. Lo observaba con nostalgia, con un cierto pesar; sus pupilas se adentraban en aquellas nubes oscuras, tenebrosas, y escrutaban el dolor que anidaba en ellas. No. Era imposible que se celebrara el duelo; descargaría con fuerza de un momento a otro. Lástima. De nuevo la espera; de nuevo el temor de que no se celebrase.

Se sentía aletargado, como si todo hubiera perdido su sentido. Cierto que no era la primera vez que le acometía sensación semejante; mas no por ello podía dejar de pensar que algo cambiaba, que aquello era un punto de no retorno. Y es que se había acostumbrado a esa vida insulsa, a esa existencia que colindaba con la muerte, de fronteras tan frágiles, tan difusas.

Era como si levitara, como si todo su cuerpo se hiciera más ligero. Quizá porque nada tenía sentido; así lo pensaba desde hacía años. Por eso no había vacilado en provocar aquel desafío; por eso se sentía tan calmado y había pasado tan buena noche, por la conciencia de que nada perdía si la bala del otro lo atravesaba. Esperaba que fuera un impacto certero y definitivo; no quería una simple herida que lo enviara al hospital, donde seguramente tendría que permanecer días enteros sin apenas moverse, lleno de incomodidades, rodeado de todos aquellos hombres y mujeres de batas blancas, el olor a desinfectante y todas las imágenes decrépitas que le acompañaban: personas moribundas, tendidas en camillas, presas de la agonía, con la muerte dibujada ya en sus rostros; quejas lastimeras de los familiares y un continuo y desesperado ir y venir por los pasillos. Conocía aquello de memoria; había pasado la mayor parte de su vida en esas clínicas. Ya estaba acostumbrado, en la medida en que alguien podía acostumbrarse a esa situación. Y no quería volver a pasar por aquello. Si transcurrida la primera tanda ninguno hubiera conseguido darle al otro y los jueces pretendieran dar por concluido el lance, con el pretexto de que ambos contendientes habían dado prueba de su valor, protestaría, para que la sangre acabara por empañar la tierra.

De repente se percató de que estaba viéndose como víctima; que, pese a que su vida estaba en juego, estaba dispuesto a entregarla hasta con desprecio. Se batiría, sí; pero no lo haría por demostrar nada a nadie ni por conservar un honor que ni tan sólo sabía si alguna vez había tenido. Se batiría por la muerte, por esa única calma que deseaba, por ese descanso a la punzante angustia que desde hacía años le perseguía.

Se dirigió a la cómoda y agarró la pistola que reposaba sobre ella. Lo hizo con un movimiento lento, medido. La acarició con ternura, como se acaricia a un ser querido; la abrió para comprobar que estaban todas las balas en su sitio y permaneció pensativo durante unos minutos, con los ojos incrustados en el arma homicida. Una llamada lo sacó de su ensimismamiento; dejó el revólver de nuevo sobre la mesa y apresuró el paso hacia la mesita baja que había junto al sofá. Era uno de sus amigos, que le telefoneaba para confirmarle sus temores: el duelo se había suspendido. Las previsiones meteorológicas preveían que las lluvias persistieran unos tres días más; habría que esperar cuatro para que el lance tuviera lugar. Demasiado, dijo para sí. Con voz apagada agradeció la información y colgó. Regresó hasta el sofá, se sentó y agarró el arma. Puso el índice en el gatillo y extendió el brazo, como si apuntara a algún blanco indeterminado; permaneció así unos segundos y luego lo flexionó hacia sí para poner el cañón pegado contra su pecho, a la altura de donde creía que estaría el corazón. Era ahí done debía recibir el impacto, el lugar más seguro. Imaginaba que sería como sentir un pinchazo, más punzante y más ardiente.

No; no podía hacerlo. No tenía ninguna seguridad de que aquello saliera bien. Si fallaba, le aguardaba una muerte agónica. Su única esperanza de que todo concluyera y que se apagaran las luces de sus días estaba en que el plomo de aquél al que había ultrajado lo alcanzara.

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/03/2022-03/03/2022.

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