PROTOTIPO DEL PERFECTO PENDEJO

Me decidí a escribir la presente entrada por un pequeño incidente que me aconteció hoy, hace un par de horas. Haré todo lo posible para que la exposición sea clara; aunque admito que el discurso será un poco distorsionado; no tendrá la diafanidad con que se formó en mi mente segundos después del altercado. Lo defino así, porque el sujeto con el que tropecé estuvo a punto de quebrarme los huesos. Sin embargo, sería un error por mi parte si me limitara a narrar un mero suceso; ello no daría cuenta del título -que presenta, por cierto, una aliteración curiosa de los fonemas P y R-. Lo que ocurrió fue un caso particular; mas antes de exponerlo cabe ir a lo general, para saber de dónde surge esta clase de personajes, y que así pueda comprenderse todo mucho mejor. Así pues, procedamos con un concienzudo y sesudo análisis:

Primeramente, mencionar que en gran cantidad de individuos -cada vez más-, los expertos han localizado una malformación en el cromosoma 15, que desde temprana edad empieza a modificar su estructura molecular, hasta adquirir la forma de zzz. Dichos individuos se caracterizan por una atrofia considerable de la capacidad analítica y de la crítica; a todos ellos les embarga una profunda pereza mental; se rigen por un comportamiento imitativo y por una simpleza de discurso que ofende a quienes tenemos unas pocas luces. Los antropólogos lo han calificado como la subespecie stultus maximus.

Los stulti maximi no se separan de su dispositivo móvil; viajan con él a todas partes, como si fuera un apéndice de su cuerpo. Lo grave del asunto es lo absortos que se encuentran ante dicho aparato; no pueden apartar la vista de la pantalla ni estar sin teclear de manera compulsiva, como si estuvieran teniendo un orgasmo y con los dedos estuvieran tocando el punto G de la pareja. Se les puede ver en el metro a cualquier hora, quemándose la retina por la menor pendejada; luego se levantan de su asiento como autómatas cuando el tren ha llegado a su destino, sin dejar de teclear. Los homines illustres, que tradicionalmente copaban estos ambientes, ocupados en leer interesantes libros, han sido poco a poco desplazados, hasta el punto de que su supervivencia como subespecie se ve ciertamente amenazada. En cuanto a los stulti maximi, no importa lo que ocurra. No importa que el niño quiera jugar o que esté llorando; se le amenaza o se le pega, si hace falta, para que no perturbe el bienestar de estos seres; su entrega completa a sus adorados celulares.

Pero ahí no acaba la caracterización de los stulti maximi. Si salen a hacer deporte, el móvil les acompaña, por supuesto; lo llevan sujeto al brazo como una inmensa ampolla, o como un recipiente donde han guardado sus pocas neuronas; lo consultan mientras corren, y hasta escriben. Y, si paran para caminar y recobrar el aliento, no alzan la mirada al frente para disfrutar del paisaje y de los sonidos de la naturaleza, sino que mantienen la cabeza gacha, en actitud penitente, orándole al dios de la cibernética que les habla a través de la pantalla. Y aún más: los individuos afectados por esta extraña malformación del cromosoma 15 pueden estar junto a su pareja e ignorarse mutuamente; su contacto es estrictamente sexual, con vistas a obtener un poco de placer diario que aporte un mínimo sentido a su miserable existencia y para la procreación de seres tan miserables como ellos.

Como ya se dijo, los stulti maximi carecen de capacidad crítica y se rigen por la burda imitación. Si la moda marca el uso del patinete eléctrico, ellos se suman; si se potencia una determinada red social, se lanzan como una manada de borregos a utilizarla.

Pues bien: esta mañana quiso el azar que me cruzara con uno de estos sujetos. Claro que, teniendo en cuenta que son multitud, lo difícil habría sido no cruzarme con uno. Pero bueno…

Estaba paseando por el río de mi ciudad cuando tropecé con un stultus maximus. El sujeto iba montado en uno de esos patinetes motorizados, y un perro corría desesperado detrás de él. La escena me indignó por el sufrimiento del pobre animal; y, acostumbrado a que la gente me ignore, le grité: ¿Por qué no va el perro en el patín y tú corriendo? Para mi sorpresa, al poco tiempo me sentí interpelado. El sujeto había frenado; ahora se me acercaba en actitud amenazante. ‘¿A que no me lo dices a la cara?’ Puesto que no le había dicho nada insultante, no tuve inconveniente en repetírselo. Creo que le molestó que no le hubiera dado una excusa para tatuarme sus huellas dactilares en la cara. ‘¿Has tenido animales alguna vez?’, me preguntó; le respondí afirmativa y tranquilamente. Colérico, frenó a un pobre tipo que andaba por ahí para decirle que yo le había increpado por estar torturando al perro; el otro, que imagino que no podía creerse lo que veía, se preguntaba en qué momento había decidio pasar por nuestro lado; y yo, divertido, le inquiría a mi presunto homicida a qué venía meter en la discusión a un desconocido. El stultus maximus, exacerbado, no dejaba de gritar y de emplear el pobre vocabulario que le permitía su mermado cerebro, sin permitirme la réplica. Yo, consciente de que ya había hecho suficiente con librarme de la eutanasia, me sentía extrañamente calmado, regocijado por aquel espectáculo bochornoso que estaba dando el sujeto en cuestión. Cuando terminó, se alejó profiriendo una serie de improperios que no merece la pena mencionar. Era un ejemplo prototípico de stultus maximus.

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

30/03/2021.

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