¡VIVA LA REPÚBLICA!

El 14 de abril de 1931 el pueblo español estalló. Lanzó un grito de rabia, émulo del que diera la diosa Atenea en el momento de su alumbramiento. Eran las primeras elecciones municipales y autonómicas después de la dictadura que había asolado al país durante los últimos siete años, impuesta por el general Primo de Rivera con la vergonzosa connivencia del rey Alfonso XIII. Tras aquel acto despreciable y abominable, el pueblo acudió en masa a las urnas y contravino las leyes tácitas, el sistema del turno instaurado por Cánovas hacía casi medio siglo para asegurar la permanencia de la monarquía bajo un barniz supuestamente democrático. Si en 1873 el Parlamento había votado por la República como única salida posible al atolladero en que se hallaba el país, ahora era la propia ciudadanía la que volvía a enviar a los Borbones a Francia.

Sin embargo, en cáncer del país se había extendido por todo el cuerpo del enfermo en una suerte de metástasis; por más que se pretendiera acabar con él, sus raíces eran tan hondas que, tan pronto se le cortaba una cabeza, le surgía otra, como a la Hidra de Eracles. Tan pronto como se les expulsó, los Borbones empezaron a urdir el nefasto golpe que habría de sangrar a la Nación durante una década.

La Segunda República llegó cargada de esperanza. Más allá de sus errores, debidos a la inexperiencia y casi al inesperado triunfo en las urnas frente a una monarquía que se había burlado del pueblo desde los tiempos de Fernando VII, hubo una gran ilusión. España fue uno de los primeros países en reconocer el sufragio femenino, algo en lo que tuvo un papel importantísimo la política Clara Campoamor, que tuvo que debatir y enfrentarse encarnizadamente contra la mayoría del hemiciclo, que se oponía a ello; conocida es su controversia con otra de las grandes pensadoras, Victoria Kent, quien consideraba que las mujeres aún no estaban preparadas para gozar de ese derecho.

El otro gran logro fue la universalización de la educación, que hasta el momento había estado en manos de la Iglesia Católica y que desde la Constitución de 1931, una de las más progresistas y modernas del mundo, ponía en manos de los docentes. En un país todavía con pocos maestros para ejercer función tan importante y con un sistema de carreteras tan deficitario, con muchos pueblos aislados en las montañas, muchos fueron los que hicieron grandes esfuerzos, de ambos sexos, por llegar hasta esas localidades aisladas y repartir eso tan valioso y que tanto incomoda a los reaccionarios: conocimiento.

Pero la monarquía había extendido muy bien sus tentáculos, y desde el inicio de la República se dedicó a desestabilizarla. Su brazo más importante, el ejército, se vio favorecido, irónicamente, por una reforma de la propia República, que, consciente del grave problema que suponía la macrocefalia, el exceso de altos mandos, redujo su número. El primer golpe vino en 1932, de manos del general Sanjurjo. El intento fue abortado, pero continuaron los hostigamientos a la República, que se veía imposibilitada para articular una reforma agraria que repartiera la tierra en lotes suficientes para la multitud de campesinos que poblaba un país eminentemente feudal y atrasado.

El resultado fue la victoria de la derecha en 1933. Los dos años siguientes supusieron la polarización y la radicalización en dos frentes. Después de que la derecha se dedicara a deshacer toda la labor del PSOE, en 1936 todos los partidos se agruparon en dos bloques. La consigna en la derecha era clara: tomar el poder en las urnas o en los cuarteles. La coyuntura internacional les era favorable. Una crisis económica mundial había hecho aflorar los movimientos nacionalistas en todo el mundo; los Borbones y los militares españoles buscaron el apoyo de nazis y de fascistas.

Las elecciones de 1936 las ganó el Frente Popular. La derecha puso en marcha entonces su sangriento plan. Ya no sería nada como lo del 23, sino una dictadura cruel, con una guerrra larga, de desgaste, para minar la moral republicana y sembrar el terror. La idea, tal como recoge el brillante historiador Paul Preston -vid. «El holocausto español», ed. Debolsillo– era dar una lección para que el pueblo no osara volver a protestar y que no cuestionara el papel de los supuestos pilares del Estado; esto es: monarquía, ejército e iglesia. De hecho, el discurso de los golpistas fue mostrarse como los defensores de un orden natural, que había sido violado por los republicanos en 1931.

El golpe que estalló el 18 de julio de 1936 no sólo supuso una guerra que duró tres años con su correspondiente genocidio. El Estado de guerra no se levantó hasta 1947, dos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial; ello permitía al régimen todas las arbitrariedades para exterminar a posibles opositores y continuar sembrando el pánico para conseguir su macabro plan de atemorizar a las generaciones presentes y las venideras. Los nombres de Clara Campoamos y del último presidente, Largo Caballero, por poner uun ejemplo, quedaron borrados de la memoria; miles de españoles tuvieron que exiliarse para rehacer sus vidas en América Latina, fundamentalmente México, y en Europa; en la misma Europa que los había traicionado y había contribuido con su dejación a semejante barbarie. La educación volvió a estar en manos de la Iglesia, esa institución medieval y retrógrada que se encargó en todo momento de lavar conciencias y de robar a quienes ya lo habían perdido todo. España, en suma, reprocedió un par de siglos gracias a esa Europa y a esos gringos que se sienten tan escandalizados por lo que pasa hoy en Ucrania; los mismos que se callan ante las atrocidades que se produceen en Yemen, o las que llevan a cabo ellos mismos es otros países. Y lo gracioso es que en 1939 Alfonso XIII no recuperó el trono. Todo el circo que orquestó sirvió para que otros se quedaran con el botín.

Hoy, a 91 años de aquel gran día, todavía soñamos con la III República. ¡Viva la República!

Autor: Javier de García y de Ninet.

Un bohemio romántico.

Desde el ardor de mis ovarios.

14-04-2022/15/04/2022.

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