EL DESCONOCIDO

Aquella mañana Franz despertó con un molesto dolor de cabeza. Un sueño demasiado ligero, que le había proporcionado un descanso insuficiente, le pesaba todavía con fuerza. Demoró unos minutos debajo de la cobija, sin ánimo para levantarse. Tenía tiempo; siempre lo tenía. Sería cosa de un pequeño esfuerzo; apartar aquella mole y tomarse un café rápido, aunque se quemara la lengua, como acostumbraba pasarle. Después, una ducha rápida y saldría de casa impecable, con el estómago vacío, sólo con aquel café.

En el recibidor se cruzó con Mirta, la conserje.

-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?

Aquel interrogatorio lo dejó sorprendido. Supuso que se trataba de una broma; era imposible que no lo reconociera. En cualquier caso, Mirta nunca había estado demasiado cuerda; siempre había sospechado que algo no funcionaba bien en la cabeza de esa mujer; que debía de haber conseguido su empleo a través de oscuras influencias. Sin embargo, cuando a su azoramiento ella, lejos de reír, estalló en gritos y amenazas de llamar a la policía, comprendió que aquella locura no era inofensiva y se apresuró a abandonar el edificio.

Ya en la calle sintió frío. Pese a que el día estaba soleado y el termómetro de la farmacia de la esquina marcaba los 25ºC, se le erizó el vello. Notó con extrañeza que la gente se apartaba cuando iba a pasar por su lado; lo miraban con desconfianza, con aprehensión. No comprendía aquella hostilidad solapada que le mostraban sus conciudadanos. Nunca había sido un tipo sociable; es más: despreciaba a la mayoría de las personas; las consideraba superficiales, aún sin necesidad de cruzar una palabra. Pero sabía mantener las formas: silencio y mirada al frente. Lo que se encontraba ahora, en cambio, era un hondo desprecio, aún más inexplicable por lo repentino.

Se disponía a entrar en el edificio de la compañía donde trabajaba cuando el portero lo interceptó:

-Disculpe, caballero, ¿a dónde va?

-Gerhard, soy yo, Franz.

-¿Quién es usted? ¿Cómo sabe mi nombre?

-Gerhard, ¿no me reconoce?

-No, señor. No lo reconozco y no lo conozco. Para reconocerlo antes tendría que conocerlo.

-Soy Franz Kaufen, trabajo en el departamento de contabilidad. ¿Cómo es posible que me diga que no me conoce? Vengo todos los días a la oficina desde hace quince años; yo ya trabajaba aquí cuando usted se incorporó, hace cinco.

-Caballero, no sé cómo sabe usted mi nombre. Lo que sí sé es que usted no trabaja aquí. Le ruego que se marche, o me veré obligado a llamar a la intendencia.

Definitivamente, había algo que no iba bien. Empezó a pensar que la reacción de Mirta no había sido tan absurda; al menos, si lo era, lo era tanto como la de Gerhard. Y luego aquellas miradas que lo juzgaban; esas personas que huían de su lado antes de cruzarse con él. Decidió hacer un último intento:

-¡Pero esto es absurdo -gritó, indignado e impotente-! ¡Por favor, llame al director de la empresa; él le confirmará que trabajo aquí!

-¡No pienso molestar al señor director sólo porque un lunático me lo pida! ¡Haga el favor de marcharse! ¡Se lo advierto!

En ese instante dos hombres uniformados de azul oscuro, con porras y pistolas a los costados, se acercaron:

-¿Qué sucede? ¿Algún problema -preguntó uno de ellos-?

-Este señor dice que trabaja aquí desde hace quince años. No lo había visto en mi vida, pero él asegura conocerme; me ha llamado por mi nombre. ¿Alguno de ustedes sabe quién es?

Los dos agentes lo miraron detenidamente con semblante serio y desconfiado. Franz no necesitaba que emitieran su veredicto.

-¿De verdad también van a decirme ustedes que no me conocen? Usted es Ulrich von Staufen; estuvimos hablando ayer. Cuando salí de la oficina nos fuimos a tomar un café; me contó que su mujer está embarazada.

El interpelado sintió rabia al oír tales palabras.

-¡¿Quién es usted!? ¡¿Cómo sabe mi nombre!? ¡¿Quién le ha dicho que mi esposa está embarazada!?

-Caballero, hágame caso y márchese -intervino el portero, conciliador-. Usted parece una buena persona. Le sugiero que descanse y que en cuento se encuentre mejor vaya a un médico. De momento creo que debería agradecer su buena suerte y no abusar más de nuestra paciencia.

*Escrito presentado a reto del grupo Nada nos detiene. Autor de la dinámica: Franz Kafka.

**Comentarios del grupo:

Noemí: muy bueno, pero me queda la intriga de qué le pasó, si era algo en la cara, o directamente estaba transformado en algo que no era humano

Javier: Muchas gracias, Noemí. Lo escribí deprisa; tenía varias ideas en la cabeza. Por otra parte, la historia no está acabada. Pensé en “El proceso” y en “El castillo.”

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/05/2022.

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