ENCUENTROS (IN)ESPERADOS

Aquella tarde tomé el metro de las 18:02 para ir hasta el complejo deportivo de La Petxina. Cuando llegué, después de recorrer medio camino a pie, eran algo más de las 19. La gente aguardaba delante de la puerta de unna sala donde Polgar concedía una entrevista; me uní a ese medio centenar de personas y anduve correteando por los alrededores del edificio. Me causó cierta emoción ver a unos diez metros de mí a Leontxo, que hablaba con un compañero del trabajo.

Pasados unos minutos vi que un chico empezaba a llamar a la gente; sólo serían atendidos quienes se hubieran inscrito en la red. Podría haberle pedido a alguien que me dejara entrar en su compañía, pero no me atreví a tanto; me conformé con ver a Polgar a distancia y con ojear los murales de la sala, donde se homenajeaba el nacimiento del ajedrez moderno en 1475, precisamente en Valencia; se caracterizaba por la nueva fuerza que adquiría la dama.

La mesa redonda fue en una sala amplia, y ahí sí que pude asistir, pese a no estar apuntado. Junto a Leontxo García y Miguel Illescas estaba un tal «Garzón», historiador del ajedrez, y una mujer que pintaba poco o nada; creo que era la concejala de deporte. Leontxo habló sobre la importancia del ajedrez a nivel neuronal, como un medio de trasar o prevenir el alzheimer; además, trató el caso de las hermanas Polgar y volvió a destapar el debate de la diferencia entre hombres y mujeres, si era una cuestión genética o social; él se inclinaba por lo segundo, dado el caso de las hermanas húngaras, en especial el de Judith, que durante muchos años fue la octava de la clasificación mundial de la FIDE; las tres participaron en la Olimpíada de Tesalónica de 1988, cuando Judith tenía sólo doce años, y le arrevataron la medalla de oro a las todopoderosas soviéticas. Garzón hizo un interesantísimo repaso de la evolución desde el ajedrez arábigo al moderno. Y, relacionado con ello, Illescas proponía una mutación: una pieza llamada dragón, que combinara los movimientos de álfil y de caballo; de esa manera, además, se podría escapar a toda la teoría, al menos por un tiempo.

Yo estaba sentado en la cuarta fila. Al acabar la charla fui uno de los que se acercaron. Saqué el libro El cuadrado mágico, de René Mayer, que había comprado en Benasque en 2012, dedicado y firmado por el mismo autor, un tipo muy amable. Habría sido más decoroso presentarme ante Polgar con su propio libro, pero no lo tenía; de hecho, el de René Mayer era mi único libro de ajedrez. Si hubiera habido un puesto de venta ahí mismo, lo habría comprado; pero no lo había.

Polgar se estaba dejando fotografiar; aquello me dio esperanzas. No obstante, en cuanto le acerqué el libro lo miró con atención y lo rechazó para acto seguido dirigirse hacia la salida. Quien sí que me lo firmó sin pedírselo fue Illescas; aquello me pareció narcisista, pero me hizo gracia. En cuanto a Leontxo, fue muy accesible; me dijo que después. Salió y lo seguí junto a otros; afuera lo vi desmontar. Cuando terminó se fotografió junto a algunos y a otros firmó autógrafos, entre ellos a mí. Después me dio la mano y, abandonando mi discreción y recuperando mi habitual estulticia, con una sonrisa de idiota profesional, le dije: «Muchas gracias. Me encanta su canal». «Por muchos años», me respondió. Creo que no se creía lo que tenía delante.

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mii soledad.

18/05/2022.

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