AL PIE DEL CAÑÓN

-Carlos, tengo un problema. Necesito pedirte un favor muy grande. Si no fuera necesario no lo haría; pero estoy desesperada. Se trata de Rosita.

¿Un favor? Desde luego. No escatimaría en esfuerzos. Tan pronto vio el nombre de Laura en la pantalla del celular, sintió que un hormigueo le recorría el cuerpo. Nunca había tenido el valor de decirle lo que realmente sentía; siempre con el eterno miedo al fracaso, a cerrarse definitivamente la puerta. Mejor aguardar a que ella diera el paso; estar siempre ahí, al pie del cañón, y ganársela poco a poco. Lo malo era que había esperado mucho; se le habían adelantado; se decía que Rosita debía haber sido hija suya. Se quedó helado cuando Laura le anunció su compromiso. La noticia del embarazo quizá le impactó menos; al fin y al cabo, era lo más normal en un matrimonio. En cambio, cuando se sucedieron los meses y empezó a verla decaída, atormentada por el naufragio de su matrimonio, sintió un conflicto: por una parte, la dicha de ver que ella lo buscaba; que él era su confidente, siempre atento para consolarla y cederle su hombro para secar las lágrimas; por otra, el remordimiento por la alegría que experimentaba ante aquélla a la que amaba. Pero -se decía- los acontecimientos venían solos; él no los provocaba. Era una deesgracia para su amiga, pero le abría las puertas para ocupar el lugar que siempre había anhelado.

-Ramón me marcó esta mañana; quiere que nos veamos esta noche; me pidió que llevara a Rosita. No sé, Carlos; hay algo que me huele mal en todo esto. Las últimas semanas estuvo muy agresivo. Me apresuré con la denuncia y me marché a casa de mis padres con la niña. Desde entonces sólo la ha visto en el punto de encuentro. Nunca le ha demostrado afecto alguno; y ella, como es lógico, tampoco. Y ahora me pide que nos veamos y que lleve a la criatura. Quizá pienses que estoy paranoica; pero de Ramón me espero cualquier cosa. Quisiera saber qué es lo que quiere, por qué me cita para vernos y me pide llevar a Rosita. Tengo una corazonada que me reconcome, pero quisiera tener la certeza. Lo que quiero decir es que… -hablaba agitada; la voz se le cortaba, como presa de ansiedad. Carlos aguardaba a que recobrara la compostura sin decir palabra-. temo que quiera secuestrarla. Aunque no sienta nada por ella; sólo por hacerme daño. ¡Ay, Carlos! ¡Perdóname! ¡Metí la pata al casarme con ese tío! ¡Qué ciega estaba! Carlos, cariño -aquella palabra fue como una caricia. La sentía tan mal, pero al mismo tiempo tan cerca de él, que se sentía embriagado de dicha-, ¿podrías venir esta noche al «Kafcafé», por favor? Me gustaría que estuvieras; que te sentaras en una mesa un poco alejada, pero lo suficientemente cerca para vernos y ser visto. Si sabe que estás ahí no se atreverá a nada. Recuerdas dónde digo, ¿verdad? En la calle «Bolívar». Es curioso que quiera que nos veamos ahí, porque es donde nos conocimos; imagino que pensaría que así iba a bajar la guardia. De no haber pasado todas las cosas que han pasado en los dos últimos años, me habría puesto melancólica; habría creído que desea volver. Pero no. Ya sé que no es posible. Carlos, cariño -de nuevo esa palabra resonaba en su oído con ese timbre suplicante y a un tiempo, por raro que pareciera, sensual en la suave y dulce voz de ella-, no me falles, por favor. La cita es a las 20. Acude cinco minutos más tarde y búscanos.

-Tranquila, Laura; todo saldrá bien. Ahí estaré. Sabes cuánto os quiero a ti y a Rosita; es como una hija para mí. La quiero mucho más que ese malnacido.

Colgó y fue a prepararse para el encuentro. Aquellas palabras le brotaron del corazón. Sólo después de cortar se dio percató. Esta vez no reparó en si había sido correcto, en cómo las tomara ella. Él estaría ahí, como lo había estado siempre: al pie del cañón. Al lado de ella y de la que debía haber sido su hija. Sacó una camisa blanca del armario y de la mesita de noche extrajo una navaja; comprobó el mecanismo de apertura y se la guardó en uno de los bolsillos de los vaqueros.

*Texto presentado a la tercera ronda del Mundial de esscritura por el grupo Nada nos detiene. Consigna propuesta por el compañero Guillermo Antonio Gheno García.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/11/2022.

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